Ángeles Castillo

«Me encanta Ed Sheeran, pero después de la polémica ya no tengo ganas de ir a su concierto». ¿Te ha ocasionado la actitud del cantante un dilema moral? El rapero estadounidense Macklemore fue excluido del Loop Tour del británico tras apoyar ardientemente a Palestina sobre el escenario. A continuación, se produjo el efecto dominó. Se retiraron de la gira otros teloneros y su propia banda. Él se ha defendido con el argumento, tachado de equidistante y cómodo, de «no soy cómplice, elijo no hablar públicamente».

Y aunque este sábado ha vuelto por primera vez al escenario después de toda la polémica, y ha pedido perdón ante el público por sus «errores», calificando de «injustificable» la actuación de Israel en Gaza, hay quienes siguen pensando que sus disculpas llegan tarde y mal.

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Hace unos días nos hacíamos la pregunta de si puede y debe la música ser apolítica. Y ahora queremos preguntarnos hasta dónde debemos practicar las verdades, o sea, la coherencia, desde el punto de vista de la psicología. ¿Cómo conciliar la inclinación que sentimos hacia un artista con el enfado que pueden causarnos sus palabras o la ausencia de ellas? ¿Hay que separar el arte de la vida y al artista de la persona? ¿No trasciende el arte la realidad?

En opinión de Leticia Martín Enjuto, que dirige el Centro de Psicología que lleva su nombre en Valencia, «una de las cosas que podemos experimentar relacionada con la polémica de Ed Sheeran y Macklemore es lo que conocemos como disonancia cognitiva, que aparece cuando tenemos dos pensamientos que parecen difíciles de mantener al mismo tiempo». Es un querer y no querer que nos lleva al callejón sin salida. Ante esta contradicción, «nuestra mente intenta encontrar una explicación que reduzca el malestar. A veces, empezamos a justificar al artista; otras, podemos llegar al extremo contrario y sentir que todo lo que ha hecho pierde valor».

El artista y su obra

Incluso, añade Martín Enjuto, «podemos acabar preguntándonos si seguir escuchando sus canciones significa, de alguna manera, estar apoyándole en todo lo demás». Pero ¿no estamos llevando esto demasiado lejos? Esta psicóloga general sanitaria considera que «ser coherentes con nuestros valores no significa necesariamente estar de acuerdo con todo lo que hace una persona que admiramos. Esto es importante porque si exigimos una coincidencia absoluta, probablemente nos resultaría difícil encontrar a alguien a quien admirar».


Ed Sheeran durante un concierto en Londres.


GTRES


Pasando de la teoría a la práctica, «podemos disfrutar de una película y no compartir la visión del mundo de quien la dirige. Podemos leer a un escritor con el que discrepamos en determinados asuntos. Podemos escuchar a un cantante cuyas opiniones políticas son diferentes de las nuestras». Y eso, sin embargo, «no quiere decir que nuestras convicciones no importen, ni que tengamos que pasar por alto aquello que consideramos importante». Sería cuestión «de conseguir separar diferentes aspectos de una persona y decidir qué lugar ocupa cada uno de ellos para nosotros», agrega.

Céline y Houellebecq

Aquí habría que citar, salvando las distancias, el ejemplo extremo del Viaje al fin de la noche (1932), de Louis-Ferdinand Céline, una pieza literaria de primera, novela de culto incluso, y su controvertido autor, antisemita confeso, colaboracionista, partidario de los totalitarismos y firmante de libelos como Bagatelas para una masacre (1937). Con Céline y sus textos, siempre está candente el debate sobre si es posible separar la ideología y la catadura moral de un artista de su obra.

Bueno, en el panorama actual, hay otro francés que también acostumbra a avivar estos fuegos, Michel Houellebecq, a quien le han llovido las críticas por misógino, racista e islamófobo, mientras se han celebrado sus novelas Las partículas elementales (1998), Plataforma (2001) o El mapa y el territorio (2010) y se le proclamaba el nuevo enfant terrible de las letras.

Vivir con contradicciones

«El problema aparece cuando llevamos la necesidad de coherencia al extremo. Porque entonces podemos terminar revisando absolutamente todo lo que consumimos. Quién está detrás de una canción, qué dijo una persona hace diez años, a quién sigue en redes sociales, qué marca ha utilizado, qué ha apoyado públicamente». Esa búsqueda, plantea Leticia Martín Enjuto, puede convertirse en «una especie de examen permanente, y el resultado puede ser agotador. No porque tener valores sea un problema, sino porque intentar vivir sin ninguna contradicción es, sencillamente, imposible. Somos personas, no sistemas perfectamente coherentes».

Lo importante, a su modo de ver, es que «la decisión sea nuestra y responda a nuestros valores, y no únicamente a la necesidad de demostrar ante otras personas que somos coherentes». Seguidamente, pone sobre la mesa otro asunto, y es el hecho de que «no todos los desacuerdos tienen la misma importancia. Puede haber cuestiones en las que simplemente pensemos diferente y otras que toquen directamente principios que consideramos fundamentales. No es necesario establecer una única regla que sirva para todo el mundo».

Ser fan y poner límites

Es lo que la psicóloga Virginia Frutos, que publica estos días el libro Psicología zombi: Sal del modo automático y recupera tu vida (Vergara), llama «los valores como suelo». A su juicio, lo que hay que preguntarse es «hasta qué punto ese artista con su actitud está tocando esos principios que nos organizan». Porque si es así, continúa, «es muy difícil sostener eso». En resumen, según Frutos, «se trataría de ver hasta qué punto lo que hace o dice te duele de verdad porque mueve tu suelo, o simplemente es algo con lo que no estás de acuerdo, pero reconoces que su trabajo es fantástico, y ahí sí puedes diferenciar».


El rapero Macklemore durante un concierto en Francia.


@MACKLEMORE


Otro aspecto que saca a relucir la autora de Psicología zombi es que «en el fenómeno fan hay una identificación, un vínculo y una admiración. Y no es lo mismo vincularse con esa persona desde una necesidad o una carencia que desde la abundancia. En el segundo supuesto, se pueden tomar decisiones desde la libertad y poner límites. En el primero, resulta difícil precisamente por la idealización». Confundimos al artista con la imagen que nos hemos construido de él. «Aceptar esto puede ayudarnos a colocar las cosas en su sitio», aclara Leticia Martín. Y luego está una verdad incontestable: «El arte mueve emociones y nos lleva a sitios insospechados», en palabras de Virginia Frutos.

Stefan Zweig y su silencio

El caso Sheeran, que no es el de Céline ni el de Houellebecq, nos recuerda -de nuevo, con las debidas reservas- al del escritor austriaco Stefan Zweig, autor de una obra monumental. Empezando por los Momentos estelares de la humanidad (1927) y siguiendo por El mundo de ayer (1942). Sus libros habían sido prohibidos en Alemania y era un pacifista convencido y hasta radical, pero lo llamaron cobarde por no condenar expresamente el nazismo, como intelectual, como exiliado y como judío. Fue durante el XIV Congreso Internacional de los P.E.N. Clubs, celebrado en Buenos Aires en septiembre de 1936. Y nos dejamos en el tintero su triste final.

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