La luz que entra cada día por la ventana hace mucho más que iluminar. Alicia Vázquez, psicóloga de Respira Project, explica por qué el cerebro le presta tanta atención: «Es una de las principales señales que utiliza nuestro cerebro para saber cuándo debemos estar despiertos y cuándo es momento de descansar». Con menos luz sube la melatonina, la del sueño, y baja algo de serotonina, la del ánimo.
No todo el mundo experimenta este cambio de la misma manera. «Existe una gran variabilidad individual, de manera que estos cambios estacionales pueden afectar a unas personas más que a otras, especialmente en función de cómo responda cada organismo a las variaciones en la exposición a la luz», señala Vázquez. Pero septiembre añade algo más que la luz: «No solo cambia progresivamente la luz, también cambia nuestra vida. Septiembre nos devuelve de golpe a la rutina, a las obligaciones y a un ritmo de vida que quizá no siempre nos resulta tan amable».
«También hay muchas personas que viven este cambio de una manera positiva y refieren sentirse incluso mejor con la llegada del otoño», matiza Vázquez. Cada persona lo vive a su manera: influyen el carácter, lo vivido, las circunstancias de ese momento concreto. No es raro encontrar a alguien que espera el otoño con ganas, ni tampoco a quien lo asocia de inmediato con el fin de algo bueno. Esa diversidad de respuestas es, según Vázquez, tan real como la propia influencia biológica de la luz.
La luz, la temperatura y la vuelta al trabajo no van cada una por su lado. «Los tres factores pueden influir, pero no lo hacen de manera aislada, sino que se van sumando e incluso pueden reforzarse entre sí», explica Vázquez. Menos luz altera el sueño y la energía, el frío reduce el tiempo al aire libre, y la vuelta a horarios y obligaciones exige al cerebro un proceso de adaptación que necesita tiempo.
Tres factores que se refuerzan entre sí
Esa acumulación en un periodo corto es lo que más pesa. «Septiembre, de alguna manera, concentra muchos cambios a la vez: dejamos atrás unos horarios más flexibles, retomamos obligaciones y responsabilidades, cambia la temperatura, disminuyen las horas de luz y también nuestros hábitos», detalla Vázquez. Esa concentración de cambios es lo que puede provocar más cansancio, estrés o variaciones en el estado de ánimo en algunas personas.
«Somos seres que estamos constantemente adaptándonos a los cambios y necesitamos cierto tiempo para reajustarnos», señala Vázquez. ¿Cuándo hay que preocuparse de verdad? «Si vemos que ese cansancio, esa falta de motivación o tristeza se mantienen, son muy intensos o empiezan a afectar a nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestro sueño o nuestra capacidad para disfrutar, entonces sí sería recomendable consultar con un profesional».
La aceptación como estrategia
Vázquez destaca un concepto por encima de los demás: la aceptación. «Vivimos en una sociedad que parece exigirnos estar siempre bien, tener energía, estar motivados. Pero la vida no funciona así», explica. No se trata de resignarse, sino de dejar de luchar contra cómo se siente cada una: «Quizá ahora estoy más cansado, me cuesta más volver a la rutina y no pasa nada».
La atención es la segunda herramienta que propone. «Allí donde ponemos nuestra atención, nuestra experiencia cambia», resume Vázquez. Centrarse solo en lo perdido, se acabaron las vacaciones, otra vez madrugar, empeora la vuelta. Dirigir parte de esa atención hacia lo que también aporta bienestar, el gimnasio, un café de siempre, un reencuentro, cambia la experiencia sin necesidad de fingir un entusiasmo que no se siente.
¿Es septiembre un fenómeno psicológico real o una etiqueta demasiado cómoda? Vázquez invita a mirar con cuidado. «Ponerle un nombre a lo que nos ocurre nos ayuda a comprenderlo, pero otras veces puede convertirse en una forma de justificarlo y dejar de preguntarnos qué está pasando realmente», advierte. La pregunta que propone hacerse es directa: «¿Esto que estoy sintiendo tiene que ver realmente con septiembre o septiembre simplemente está poniendo de manifiesto algo que ya estaba ahí?». Si el malestar se mantiene o interfiere en el día a día, pedir acompañamiento profesional sigue siendo la mejor forma de averiguarlo.











