Ana Calvo


Ana Calvo


Esta historia comienza fruto de una casualidad y un enfado. O, más bien, de una preocupación. Como madre y como mujer. Nace de la búsqueda inocente de un regalo para mi hija de seis años y cómo un simple juguete ha desencadenado una conversación sobre los peligros de trasladar a la infancia preocupaciones adultas como los cánones de belleza establecidos, la relación con el ejercicio y la percepción del propio cuento. Sí, los juguetes que cuentan calorías existen.

Pero pongámonos en situación. Mi hija nos había pedido un skip-ip, esa suerte de bolita que se engancha al tobillo y tienes que saltarla por encima al hacerla girar, y me pongo a buscar el más rosa, el más brillante, el más hortera de todos. Hasta ahí, todo normal. El problema llega cuando en esa búsqueda empiezo a encontrar productos que dejan bien claro que son «juguetes para niñas de 5, 6, 7, 8, 9, 10 y 11 años» y entre sus especificaciones destacan que, en esta nueva versión, el juguete contabiliza las calorías que se consumen al usarlo y la grasa que se quema. Por si fuera poco, el artilugio en cuestión se ilustra con la imagen de una pequeña vestida con top y shorts, cintura de avispa y abdominales marcados por Photoshop.

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Ante semejante descubrimiento, vuelco mi sorpresa y, también, mi enfado, en la Newsletter de Mujerhoy que se envió el pasado 23 de marzo. Pero necesitaba saber si esa preocupación tenía alguna base y los primeros datos que encontré me asustaron aún más. Según la Asociación Española de Pediatría, se ha detectado «un notable incremento de los TCA en los países europeos de más del 40% entre la población de 6 a 18 años». La OMS cifra que «entre el 11% y 27 % de los adolescentes presentan conductas de riesgo para desarrollar un trastorno de este tipo» y el Hospital Universitario Niño Jesús de Madrid, centro de referencia nacional y pionero en la atención de estas patologías, alerta de que «las hospitalizaciones de menores de 12 años con trastornos de conducta alimentaria han aumentado un 22% en un año, con tendencia al alza en los últimos meses».


Imagen del skip-it que cuenta calorías.


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Calorías, grasa, infancia retocada a base de filtros, ejercicio como medio para un fin distinto a la mera diversión. ¿Una niña de 6 años, de 10, de 12, necesita saber ya todo es eso? La respuesta no debía darla yo como madre preocupada, sino la voz de expertas que pueden aportar el rigor que la conversación merece. Y me puse en manos de Alejandra García Mundi, psicóloga infantil de Yees!; de la nutricionista Elisa Escorihuela y, también, de Maite Francés, directora de Márketing de la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes (AEFJ).

«Desde la psicología infantil», explica Alejandra García Mundi, «los juguetes no solo entretienen, también transmiten mensajes y si incorpora métricas como calorías quemadas, rendimiento o progreso, pueden cambiar el significado de la actividad: lo que debería juego, disfrute, coordinación, curiosidad y movimiento libre empieza a vincularse con la medición, el control y el resultado. Y ahí ya no hablamos sólo de moverse, sino de aprender a cuantificar el cuerpo desde edades muy tempranas».

¿Son peligrosos los juguetes que cuentan calorías?

Una línea muy similar es la que comparte Elisa Escorihuela, que se muestra rotunda: «desde luego no es un detalle inocente. Hemos llegado a un punto en el que estamos trasladando a la infancia el mismo lenguaje con el que la industria habla a los adultos, y eso, desde el punto de vista de la salud es bastante preocupante. Un niño o niña no necesita saber cuántas calorías quema saltando, necesita jugar, saltar y divertirse mientras aprende. Si se mete un contador en un juguete, dejas de hablarle al niño y empiezas a hablarle a una versión adulta que todavía no existe. Empiezas a educarlo en una cultura que esclaviza más que da libertad».

Desde la AEFJ, Maite Francés señala que «muchos juguetes incorporan elementos presentes en el mundo adulto —como relojes, marcadores o sistemas de puntuación— con el objetivo de aumentar la jugabilidad y la experiencia lúdica», pero matiza que «la clave no está tanto en el objeto en sí como en el marco educativo y emocional en el que se utiliza. El riesgo aparece cuando el foco deja de estar en disfrutar, jugar y sentirse bien para centrarse en el rendimiento, la autoexigencia o la apariencia física». En el mismo punto coincide García Mundi, que alerta de que «el problema no es medir algo de forma puntual, sino convertir el cuerpo en un proyecto de mejora constante. La infancia está cada vez más expuesta a rendimiento, autocontrol, productividad, imagen u optimización y, aunque pueda parecer algo inofensivo, cambia el foco: el placer deja de estar únicamente en el disfrute del juego y empieza a medirse por el resultado».


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Escorihuela lo considera «rotundamente» peligroso y se basa en la evidencia sobre conducta alimentaria: «cuanto antes se introduce a un niño en el lenguaje del peso, las calorías, el rendimiento o la compensación, más probabilidad tiene de desarrollar una relación dificil con su cuerpo y con la comida. Hay estudios que muestran insatisfacción corporal en niñas a partir de los cinco o seis años». Y sentencia firme: «decir que un juguete que cuenta calorías es solo un juguete me parece, sinceramente, ingenuo».

Maite Francés incorpora aquí otro punto de vista al matizar desde su posición que «no resulta necesariamente peligroso introducir determinados conceptos vinculados a la actividad física desde edades tempranas siempre que se presenten desde una perspectiva lúdica, saludable y adaptada a la infancia», e introduce una variable más en la ecuación: el acompañamiento de las familias y de los educadores, algo que para la directora de Márketing de la AEFJ «resulta fundamental para evitar que herramientas concebidas para motivar el juego acaben convirtiéndose en instrumentos de presión o comparación».

En este punto en el que Francés incorpora a las familias, García Mundi recomienda evaluar «qué mensaje quiere transmitir sobre el movimiento y el cuerpo» antes de comprar un producto y Escorihuela añade: «lo ideal es que antes de comprar cualquier juguete comprueben si este invita a jugar o a medir, si habla de diversión o habla de rendimiento. Si premia moverse o premia quemar. Si las respuestas van más hacia métricas, calorías, control o competición física, yo lo claramente lo dejaría en la estantería».

El mensaje que transmiten sí importa

Desde la perspectiva de la psicología infantil, en cambio, Alejandra García Mundi asegura que «el mensaje y el tono tienen un impacto. No es lo mismo decir «quemar calorías» que «divertirse saltando». La primera expresión puede asociar el movimiento con compensar, corregir o controlar el cuerpo. La segunda, en cambio, lo vincula con el juego, el disfrute y el bienestar. En la infancia, esta diferencia es importante porque contribuye a construir la forma en que niños y niñas entienden su cuerpo y su relación con el ejercicio». Una reflexión compartida con la nutricionista Elisa Escorihuela, que añade que «trasladar preocupaciones adultas a los niños es enseñarle que tiene que medirse, controlarse, compensar si se pasa, mejorar o quemar algo. La diferencia es de fondo y va a marcar la diferencia en cómo se relaciona en un futuro con su cuerpo».

Escorihuela, que es especialista en nutrición clínica, metabolismo y salud hormonal femenina, añade además que «puede ser peligroso si este tipo de mensajes se normalizan y se repiten de forma habitual. Cuando un niño crece escuchando que el cuerpo debe medirse, corregirse o controlarse, puede desarrollar una relación más negativa, vigilante y autoexigente con él, afectando especialmente a tres áreas: la imagen corporal, la alimentación y el vínculo con el deporte. Ahí se empieza a construir una relación poco saludable y muy autoexigente con el cuerpo. Además, la evidencia científica muestra que la preocupación por la imagen corporal puede aparecer ya en edades muy tempranas».

Y aquí es donde aparece la conversación sobre el sesgo de género de un producto que, recordemos, se anunciaba como un juguete para niñas. «El movimiento se comunica de forma diferente según el género: a los niños se les suele asociar más con la fuerza, la aventura o la competición, mientras que a las niñas se las vincula con más frecuencia con la estética, la forma física o el control», asegura Alejandra García Mundi, mientras que Elisa Escorihuela apostilla que «aunque cada vez se va difuminando más la línea, a las niñas siempre se nos ha exigido más la parte estética».

Así, la nutricionista nos alerta de que «si a una niña le regalas un juguete que cuenta calorías, le estás dando el primer espejo deformado donde mirarse, por eso me parece muy grave que estos productos se diseñen y se vendan con la idea de que son divertidos e inofensivos». García Mundi, por su parte, concluye que »el mensaje puede reforzar la idea de que las niñas deben estar más pendientes de su cuerpo, de cómo se mueven o de lo que consiguen físicamente. No se trata sólo del color del juguete o de que aparezca anunciado como ‘para niñas’, sino de la idea de cuerpo, juego e infancia que se está transmitiendo».

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