Ángeles Castillo

La Odisea de Christopher Nolan nos ha puesto a todos ante la obra homérica. Y si bien la Ilíada debe a su nombre a una ciudad, Ilión, el nombre histórico de la antigua Troya, en la actual provincia turca de Canakkale, la Odisea es el poema de Odiseo, más conocido -al menos, hasta ahora- en su versión latina, Ulises. Seguirle los pasos al «hombre de los muchos senderos (o mañas)» (polýtropos, en griego), como se le nombra ya en el Canto I, es embarcarse en una ruta más de dioses que de hombres. Arranca cuando se separa de sus compañeros aqueos tras la guerra e inicia su regreso a Ítaca, la pequeña isla griega del mar Jónico al noreste de Cefalonia.

La Odisea no es un libro de viajes, sino la narración de un peregrinaje que pone a prueba la capacidad del héroe, hoy diríamos resiliencia, para afrontar las tristezas que le depara el destino en un Mediterráneo fabuloso poblado de monstruos y de brujas. Ese «camino largo lleno de aventuras» del que habla Cavafis en su conocido poema Ítaca. Podría haberlo hecho en días, pero se demoró diez años, incluida una visita al país de los muertos. No luchó contra los peligros sirviéndose de las armas, que habría sido lo propio, sino de la astucia y la seducción. Contado en gran parte por él mismo, como luego harán Eneas, Simbad o Gulliver.

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Este nuevo héroe, el más moderno de los griegos, más humano y menos divino, escapado ya del viejo molde de la épica, tuvo que vérselas cara a cara con el ogro Polifemo, resistir la tentación del canto de las sirenas, sortear las artes de la hechicera Circe y renunciar a la promesa de inmortalidad puesta en bandeja de plata por la ninfa enamorada Calipso. La «divina entre las divinas» o «la de lindas trenzas», algunos de sus epítetos, «que lo retenía en su cóncava cueva», «deseando que fuera su esposo». Es en este punto del periplo odiseico en el que queremos detenernos porque se nos abre, por emulación, la oportunidad del viaje. Primero, un aviso a navegantes: hay que tener fe (en la mitología).

Dónde está la cueva de Calipso

El destino es la Ogigia homérica, que se identifica con la isla de Gozo, una de las islas que componen el archipiélago de Malta, habitada en tiempos por fenicios, romanos, árabes, normandos, franceses o británicos. Un lugar histórico, pero sobre todo ahora legendario. Porque alberga la cueva donde Homero situó a Calipso, quien tuvo y retuvo a Odiseo, cuyo destino, sin embargo, era «ver a los suyos y regresar a su casa de elevado techo y a su patria». Por cierto, Calipso significa etimológicamente «la que esconde».


La bahía de Ramla, con su playa de arena roja, desde la cueva de Calipso.


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Concretamente, «la cóncava cueva», en la que héroe y ninfa «se deleitaban con el amor en mutua compañía», se halla en el pueblo de Xaghra, al norte de la isla, en los acantilados de la renombrada playa de Ramla, una de las más bonitas de Malta, con arena rojiza, aguas turquesas y el verde de los campos y huertos en contraste. Desde el puerto de Mgarr, a donde llegan los barcos desde La Valeta, la capital, en una travesía de 45 minutos, hay solo 6,2 kilómetros de distancia, un trayecto que puede hacerse en el autobús local.

El mar en la Odisea

A la cueva no se puede entrar por seguridad y por no dañar su estructura, pero se puede ver desde un mirador imponente, que abarca toda la bahía, situada al fondo de un valle exuberante, rodeada de escarpadas laderas. Cabe imaginar entonces que la puesta de sol, cosa de Hiperión Helios según Homero, aquí es extraordinaria, así como las vistas del mar azul, que en ningún momento se viste de este color en la Odisea.

Por extraño que parezca, en el poema, el mar es «el ponto rojo como el vino», el mismo que embriaga a los hombres, les depara aventuras y pone color a las aguas que la tempestad revuelve. Y pese a que nosotros relacionamos Grecia con el azul, sobre todo las islas del mar Egeo, los antiguos griegos no tenían una palabra para designarlo. Tal vez porque ni el mar ni el cielo son siempre del mismo color. Y porque el azul apareció ya en sociedades más sofisticadas. No es que el aedo no eche mano de los colores. Ahí está Eos (la Aurora), «la de dedos de rosa», un color históricamente sagrado.


Mgarr es el puerto de Gozo, a donde llegan los barcos desde Malta.


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Además de esta cueva mágica por su poder evocador, cuyos detalles mitológicos se narran en el Canto V, la bahía de Ramla albergó una villa romana en lo alto de las colinas, donde en 1715 los caballeros de la Orden de Malta construyeron un sistema defensivo para repeler a los invasores, del que solo quedan las ruinas. En su lugar, en 1881 se instaló una estatua blanca de la Virgen con el Niño como protección para marineros y bañistas.

Templos megalíticos y la Ciudadela

Más allá de la Odisea y de estos apuntes históricos, Gozo ofrece paisajes prácticamente intactos, de naturaleza virgen y ritmo de vida lenta. Todo lo que se le pide al verano, playas paradisíacas y calas escondidas, pero también campiña verde con viñedos y olivares, que no podían ser más mediterráneos. Ni mitológicos: remiten a Dionisos y a Atenea. Pero que el hechizo de Homero no nos haga olvidar Ggantija, un complejo de templos megalíticos del Neolítico (3.600-2.500 a.C.), más antiguos que las pirámides de Egipto. Están en la meseta de Xaghra, no lejos de la cueva de Calipso, y son las segundas estructuras religiosas levantadas por el hombre más antiguas del mundo, después de Göbekli Tepe, en la actual Turquía, cerca de Siria. De hecho, están catalogadas como Patrimonio Mundial por la Unesco.


La Ciudadela de Victoria, la capital de Gozo, una ciudad fortificada que incluye catedral.


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Mucha atención también a la Ciudadela de Victoria, una espléndida ciudad fortificada que ha sido el epicentro de la isla desde siempre. Se llamó Glauconis Civitas con romanos y fenicios, pasó a ser castillo medieval y fue utilizada por los caballeros de San Juan para defenderse de los ataques otomanos. Antiguamente, sus murallas acogían a un tercio de los habitantes de la isla; hoy se cuentan con los dedos de la mano. Intramuros, una catedral magnífica, un antigua prisión y restaurantes en los que probar las delicias de mar y tierra.

Gozo, Región Europea de la Gastronomía

Más este año, que Gozo ostenta el título de Región Europea de la Gastronomía, un reconocimiento a su patrimonio culinario y su compromiso con un modelo de desarrollo que pone por delante la sostenibilidad, el producto local y la preservación de las tradiciones. Con el tomate como protagonista, que para eso es uno de los cultivos más emblemáticos de la isla. A él se debe la kunserva, una pasta imprescindible en la cocina maltesa, tanto que se la ha bautizado como oro rojo.


Las salinas de Xwejni forman parte del patrimonio cultural y gastronómico de la isla de Gozo.


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Sin olvidar los vinos DOK Gozo, que reciben también, como todo y todos, la influencia del mar; la sal, procedente de las históricas salinas de Xwejni, cuya explotación se pierde en la noche de los tiempos; o la miel de la abeja autóctona maltesa, con matices de tomillo o algarroba. Igualmente, son patrimonio gastronómico los aceites de oliva, los quesos, los higos, las alcaparras y los frutos de la pesca artesanal.

Esto nos devuelve de nuevo a los hexámetros homéricos. Al momento en que Calipso se ve obligada a dejar marchar a Odiseo, porque así se lo ha ordenado Hermes, mensajero de Zeus: «La ninfa le ofreció toda clase de comida para comer y beber, cuantas cosas suelen yantar los mortales hombres. Sentóse ella frente al divino Odiseo y las siervas le colocaron néctar y ambrosía».

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