Aloña Fdez. Larrechi

Henrietta Lovell (Reino Unido, 1971) trabajaba en una gran multinacional en Nueva York a comienzos de este siglo, aunque llevaba años pensando en dedicarse a otra cosa, algo que le hiciera «sentir orgullosa, y quizá montar una empresa de té, pero más adelante» relata en Mis aventuras alrededor del té (Salamandra, 2026). Fue entonces cuando tuvo que regresar a su Inglaterra natal para cuidar de su padre, enfermo de cáncer. Y cuando él murió, decidió no volver a la vida corporativa, no demorar más su inmersión en el mundo del té.

Dos años después, en 2004, a ella le diagnosticaron la misma enfermedad mientras ponía en marcha su empresa, Rare Tea Company. Y entonces, la idea de que le sobraba tiempo se la quitó «de la cabeza de una vez por todas». Su experiencia laboral previa, un trabajo que le había llevado por todo el mundo, le ayudó a dar forma a su proyecto, pero también a distinguir lo que quería hacer y lo que no. El propósito principal de su compañía iba a ser «encontrar personalmente las mejores plantaciones y trabajar con un modelo de trato directo» con los agricultores.

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Porque el té del que ella se enamoró, tanto como para convertirlo en el eje central de su vida, no se envasa en bolsitas, ni se compra a través de intermediarios. La fascinación que le ha hecho seguir adelante, incluso cuando le han diagnosticado cáncer en otras dos ocasiones, tiene la forma de las hojas sueltas que infusiona en una paciente ceremonia y de las que habla como si fuera un intenso amor. Lo que ella denomina «un té realmente bueno».

¿Qué es un buen té?

Desde México, Lovell aclara por correo electrónico a qué se refiere cuando acompaña a la bebida más consumida en el mundo de esas palabras. «Es un té cultivado, cosechado y elaborado para que sea lo más delicioso posible, no lo más barato posible», señala. «Un buen té —prosigue— no sólo debe tener buen sabor, sino también ser beneficioso para la salud. Pero si está cubierto de pesticidas y herbicidas industriales, como el glifosato, puede no ser tan bueno. Y si está envasado en una bolsita, hecha con productos químicos industriales, no estoy segura de su calidad. ¿Quieres verter agua hirviendo sobre estas bolsitas para extraer sus componentes junto con tu té? Bueno, yo prefiero beber el de mejor sabor que pueda encontrar y de hojas sueltas puras. Por último, no creo que ningún té justifique la explotación de comunidades marginadas en todo el mundo. Esta es la realidad de la industria: detrás de la mayoría de los tés de las grandes marcas de bolsitas se esconde la pobreza. Para mí, es importante que proceda de comercio directo de un agricultor a un precio que él mismo fija». Porque según la empresaria, tanto la bebida como su producción «debería ser buena para el consumidor, para el planeta y para las personas que lo cultivan y lo elaboran».


Portada de Mis aventuras alrededor del té, de Henrietta Lovell.


Salamandra

Lovell reconoce que fundó su empresa por razones «puramente egoístas». «Quería ser mi propia jefa y dedicarme a lo que me apasionaba. No fue hasta que aprendí más sobre la industria, sobre los 15 millones de personas que trabajan en el sector y la terrible realidad a la que se enfrentan muchas de esas comunidades, que sentí el deseo de cambiar las cosas», explica.

De Sri Lanka a la costa oeste de Estados Unidos, de Malawi a la Noruega ártica, la empresaria y escritora asegura que su búsqueda de los mejores tés del mundo le ha llevado a «trabajar con algunas de las personas y países más increíbles de la Tierra». Y aunque «cada lugar es espectacular a su manera», se queda con alguno de los últimos sitios de los que se ha enamorado, porque son los que tiene más presentes. «Las tierras altas de Shire en Malawi son tan hermosas como los bosques de Bután, en las estribaciones del Himalaya», describe.

Tés por el mundo

Regiones remotas como estas son lugares habituales en el mapa sobre el que dibuja su inacabable ruta, diseñada para descubrir nuevos sabores. Un plan de viaje en el que siempre ha encontrado «amabilidad y generosidad en lugar de peligro o miedo». Y en el que ha descubierto variedades de té que se escapan del concepto más clásico y vespertino, que asociamos a esta planta, y maridan con todo tipo de platos.


Henrietta Lovell en una de las plantaciones con las que trabaja.


Cedida


Porque «el té es un acompañamiento elegante para la comida. La gastronomía española es espectacular; la gente disfruta y aprecia los sabores como en casi ningún otro lugar del mundo». Y señala que «un té verde del Himalaya, preparado en frío y servido con ostras ¡es increíble! Un oolong de Nueva Zelanda con queso manchego ¡sublime! Un té negro de Bután con un plato del mejor jamón serrano es un verdadero placer que desafía al mayor escepticismo».

En sus viajes, Lovell también ha tenido la oportunidad de conocer las consecuencias que el cambio climático tiene en la industria: «El problema no es un cambio específico, sino su imprevisibilidad. La gente aprendió durante generaciones los patrones de lluvia y la temporada de cosecha. Ahora cada año es diferente. Los patrones ya no se mantienen y las cosechas fracasan». Porque, al igual que sucede con el vino o el champán, en el sabor final del té influyen, entre otros factores, la pendiente de la ladera en la que está situada la planta, la filtración de la lluvia en la tierra, el PH del suelo o el ángulo con que el sol sale y se pone determinando la intensidad de la luz.

Un sorbo de esperanza

En Mis aventuras alrededor del té, la autora se adentra, con sus viajes como punto de partida, en la historia de la planta, su relación con la realeza, la época en la que el contrabando la convirtió en una bebida ilegal o el momento en el que, en torno a esta, nació toda una ceremonia. Pero también comparte sus secretos a la hora de preparar cada variedad, aconsejando sobre los utensilios indispensables, la cantidad de agua y hojas que se deben utilizar, los tiempos recomendados dependiendo del tipo de infusión que deseemos tomar, más intensa o más ligera, o cuál es más conveniente dependiendo del momento del día o de nuestro estado anímico o físico.


El té favorito de Henrietta Lovell, conocedora de variedades de todo el mundo, es «el que me prepara mi marido».


Daria Klet/Pexels


«Todos los tés están llenos de maravillosos aminoácidos y antioxidantes que ayudan. Pero hay una hierba silvestre en Sudáfrica que se ha usado durante milenios para rehidratar a bebés y adultos enfermos. Se encuentra en los desiertos semiáridos de Cedarberg: es el rooibos. Es milagroso». Y como señala en su libro, es perfecto para la resaca y así lo incluyó en la carta de uno de los numerosos hoteles con los que trabaja a lo largo de todo el mundo.

Si tiene que quedarse con uno solo, la conocida como «la señora del té» lo tiene claro: «El que me prepara mi marido cuando estoy absorta en el trabajo y llevo horas frente al ordenador, sin moverme». Y si mira al futuro, Lovell señala que «si alguna vez tuviera una fortuna para derrochar, la usaría para llevar el té a los campos de refugiados». Porque, explica, «donde hay té, hay esperanza. Una buena taza nos reconforta, nos aporta cafeína y una chispa de felicidad. ¿Qué mejor lugar para ofrecer esperanza, consuelo y alegría?».

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