Ángeles Castillo

De todas las estampas que nos ha dejado La bola negra, entre lo popular y la vanguardia, nos quedamos con la de los marineros en el mirador de San Miguel Alto de Granada. Desde el que se ve todo y no se queda fuera nada. En esta composición casi pictórica están contenidos los versos del Canto nocturno de los marineros andaluces, que Federico García Lorca escribió en 1933: «¡Ay muchacho, muchacho, que las olas me llevan mi caballo!». El propio Javier Calvo los citaba para referirse al «erotismo delicado que nos interesa». El de los dibujos de Federico y las pinturas de Yannis Tsarouchis (1910-1989), añadía el cineasta.

La propia Atenas aparece en la película. Allí viaja el personaje de Alberto (Carlos González), historiador y dramaturgo, que en el fondo es Alberto Conejero, autor de La piedra oscura, obra teatral de la que arranca La bola negra, de la que también es coguionista. Conejero es una apasionado de la cultura clásica, de la épica homérica y la tragedia sofoclea. Justo el mundo de Tsarouchis, que nació en El Pireo, el puerto ateniense, desde donde parten los barcos a las islas del Egeo. Su carrera artística se fraguó en la Escuela de Bellas Artes de la capital griega, tan lejos del academicismo reinante como cerca de las vanguardias, para después poner rumbo a Estambul, París y, por supuesto, Italia.

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En Yannis Tsarouchis está la huella de Matisse y su uso salvaje del color, con el que asumió la mediterraneidad de sus marineros, pero, sobre todo, de sus hombres con alas, que lucen odiseicos cuerpos como si estuvieran al sol de Taormina y posaran para el barón Wilhelm von Gloeden. Gloeden fue un fotógrafo alemán que convirtió la ciudad siciliana del volcán en «el destino predilecto de los homosexuales acomodados en busca de amistades socráticas». Lo cuenta María Belmonte en su libro Peregrinos de la belleza(2015). Dicho de otro modo, y también por ella, «un paraíso terrenal que representaba la patria perdida de los homosexuales». Una Grecia efébica a finales del siglo XIX.

Quién es Yannis Tsarouchis

Los primeros desnudos masculinos del pintor griego datan de 1936. No son escorzos ni volúmenes jugando a desvelarse entre las sombras. Son desnudos frontales. Un anhelo de revelarse que está en la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo. Esos cuerpos a la intemperie en una playa cántabra. Esos marineros apostados en el mirador: uno a pecho descubierto, otro que lee, un tercero que fuma. En la cinta oscura del clásico lepanto blanco reza bordada la palabra «amor», como en los dibujos poéticos de Federico.

Marinero lee de pie, obra de Yannis Tsarouchis de 1962.

Marinero lee de pie, obra de Yannis Tsarouchis de 1962.


(@YANNIS_TSAROUCHIS_ FOUNDATION)

Hay costumbrismo: la persiana de esparto, la mesa y las sillas de taberna, el empedrado. Pero también hay descaro: las camisetas de interior, las estatuas clásicas, las posturas, la camaradería. «Solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio», escribió Lorca. Una frase que vemos estampada en la manga del uniforme de estos expuestos hombres de mar en tierra adentro. Los Javis no dan puntada sin hilo.

Quién es Gregorio Prieto

No solo es Tsarouchis, cuya vida y obra puede conocerse a fondo en su casa-estudio en el barrio ateniense de Marusi, quien sublimó la figura masculina. Es también Gregorio Prieto (1897-1992), el pintor de Valdepeñas que pintaba a escondidas de su padre, que lo quería ingeniero. Prieto ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y tuvo como profesor a Julio Romero de Torres. Se hizo amigo rápidamente de Rosa Chacel, Maruja Mallo, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y, sí, también de Lorca. De Madrid saltó a París, donde se imbuyó de cubismo y surrealismo, y después a Roma para proseguir sus estudios en la Academia Española de Bellas Artes.

Prieto visita Taormina, Capri, Atenas, Thera, Delfos, Naxos, Pompeya. Acaso nuestro Tsarouchis. Se enamora de Italia y Grecia. A partir de ese momento tendrá fijación por las ruinas de la cultura grecolatina. Por los marineros, que considera -también él- símbolo de libertad, hasta el punto de pasearse vestido como ellos. Y por la iconografía homoerótica, con gran protagonismo para el maniquí. Al estallar la guerra civil española, el manchego se refugia en Londres, durmiendo en parques y buscando cobijo en casa de amigos o en monasterios, hasta que la comunidad de españoles le brinda apoyo y se convierte en retratista de la alta sociedad inglesa.

Sueño marinero, pintado por Gregorio Prieto hacia 1930.

Sueño marinero, pintado por Gregorio Prieto hacia 1930.


(@MUSEOGREGORIOPRIETO)

En la capital británica se reencuentra con Luis Cernuda y deciden compartir piso. De Cernuda es, precisamente, el poema Los marineros son las alas del amor, de su libro Los placeres prohibidos. Mientras que de Gregorio Prieto es, por ejemplo, Sueño marinero (hacia 1930). Todo encaja. A continuación, el regreso a Madrid, el viaje largamente deseado a Nueva York y su imparable labor editorial. Llega a publicar como autor o ilustrador más de un centenar de libros. Y confirma su audacia artística al inaugurar el pop-art castizo.

Un museo en Valdepeñas

A Prieto, enmarcado en la generación del 27, a punto de cumplir su centenario, hay que descubrirle y redescubrirle porque su obra anticipa toda belleza. Y nada como hacerlo en el museo que lleva su nombre en su ciudad natal, Museo Gregorio Prieto, en una casa solariega del siglo XVII. Atesora, entre otras joyas, algunos de los retratos que le hizo a Federico García Lorca, así como la carta que este le escribió desde la Residencia de Estudiantes: «Lo que daría yo, Gregorio, por tener un retrato hecho por ti. Con ese retrato que me hicieras quedaríamos ambos unidos en la eternidad como Góngora y Velázquez».

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