Es la escapada perfecta cuando se está en San Sebastián, con permiso de Hondarribia, que queda a solo quince kilómetros, saliendo para Francia, compartiendo ambos el Jaizkibel, el monte que corre paralelo a la costa. Pasajes de San Juan resume a la perfección lo que es la Guipúzcoa marinera. Una prolongación de Donostia, desde la que se puede llegar en barco. El casco antiguo de Pasai Donibane, en euskera, se extiende a lo largo de una sola calle, adoquinada y estrecha, lo que la hace aún más pintoresca.
Donibane no está solo, sino que forma municipio con otros tres pueblos: San Pedro, en la otra orilla, Antxo y Trintxerpe. Los cuatro se organizan en torno a la ría, el cauce de río Oiartzun cuando ya se hace Cantábrico, y el puerto. Juntos son Pasajes (Pasaia). Con salida al ancho mundo, pero siempre apostando por lo local. En este punto de la geografía fronteriza hay que fijarse en las aguas, pero también en tierra adentro por su peculiaridad. Su calle única, entre el monte y la bahía, atraviesa todo el núcleo histórico, con casonas que hablan del esplendor de los siglos XVI y XVII.
Nada más adentrarnos en el barrio de Bizkaia, nos topamos con la Casa Platain y la chimenea de la vieja Real Fábrica de Porcelanas, que estableció Etienne Baignol, procedente de Limoges, en 1851. Seguidamente, nos sale al encuentro el palacio Arizabalo, actual ayuntamiento, y la iglesia de San Juan Bautista, abierta al culto en 1643, con portada entre neoclásica y barroca. Se cruza ahora el primero de sus cuatro arcos o pasadizos, donde está el astillero tradicional Ontziola. El segundo arco da a la Casa Miranda, de admirable fachada renacentista, y a la Casa Gaviria, típica vivienda pasaitarra con salida directa a la bahía.
Qué ver en Pasajes de San Juan
Esta última se ha convertido en el mayor reclamo de la villa por haber alojado nada menos que a Víctor Hugo en 1843. De hecho, ha pasado a llamarse Casa de Víctor Hugo. En la primera planta se ubica la Oficina de Turismo, y en la segunda, la exposición permanente Víctor Hugo, viaje a la memoria, que recrea la estancia del escritor francés, mostrando los espacios que habitó, así como grabados y textos relacionados. Actualmente se encuentra cerrada al público por mantenimiento, pero siempre se puede disfrutar por fuera.
La estampa de Pasajes de San Juan, con la basílica del Cristo de la Bonanza en primer plano.
DAVID VIVES/PEXELS
El autor de Los miserables alabó de Donibane su «calle única, que siempre te lleva a donde quieras ir». En cuanto a su casa, le pareció una mezcla entre «una choza y un palacio». Se encontraba de viaje por la zona occidental de los Pirineos. Y paseando por Sebastián, a través del monte Ulía, antigua atalaya de avistamiento de ballenas, llegó a San Pedro. Después, las aguerridas bateleras, que operaban al menos desde el siglo XVI sin miedo a la mar, lo cruzaron en barca hasta San Juan y decidió quedarse. Lo contó en su libro Los Pirineos (Olañeta), con sus propias ilustraciones. «Pasaia es un pequeño edén resplandeciente… Uno de los lugares más bellos que he visto», dejó escrito.
Palacios y casas marineras
Un tercer arco nos coloca ante el Humilladero de la Piedad, de estilo popular renacentista, y ante el majestuoso palacio de Villaviciosa. Desde esta plaza se accede al embarcadero, para cruzar a Pasajes de San Pedro en la clásica motora verde, y se sube por una escalinata a la ermita de Santa Ana, que vigila la entrada del puerto y la bahía. La imagen de esta santa fue adquirida en Flandes en 1573 y transportada en barco hasta su actual morada. Más adelante está la encantadora plaza de Santiago, donde asistimos a un despliegue de casas típicas marineras de colores, de tres, cuatro o cinco plantas, todas con balcones corridos de madera. Entre ellas, sobresale la antigua casa consistorial.
Una vista de Pasajes de San Juan con la ermita de Santa Ana al fondo.
LUIS PERALTA/PEXELS
Lo siguiente es la basílica del Cristo de la Bonanza, casi ya en el mar, con una puerta en su fachada oeste llamada Lintxua, que servía de refugio a pesqueros y mercantes los días de mal tiempo. Pero quizá lo más sorprendente sea la imagen del Cristo, por su cabellera rubia rojiza, que fue recogida en el mar por pescadores, según la tradición. En un sitio como este no podía faltar una fortaleza, en ruinas. El castillo de Santa Isabel lo mandó construir Carlos V para proteger el puerto de los ataques de piratas o navíos de guerra extranjeros.
Dónde comer en Pasajes
Estaremos ya fuera, en el paseo Bonanza, que une el centro histórico con la cala de Alabortza, donde darse un chapuzón. Al final, está la cantina del mismo nombre, que ofrece los clásicos pintxos y sardinas a la brasa, además de bellos atardeceres. Por supuesto, de vuelta a lo Viejo, en esa calle tan característica tenemos pequeños bares y restaurantes de siempre en los que se sirven los mejores pescados y mariscos, capturados por los arrantzales patrios.
En Casa Cámara, fundado en 1884, pueden degustarse unas anchoas del Cantábrico en salazón o un pastel de cabrarroca para empezar. Y seguir después con unas kokotxas de merluza, un besugo asado con refrito de ajo y guindilla, o una langosta atlántica asada o cocida. De postre, una tarta de queso fresco y frutas del bosque al horno con helado. Otra opción es Txulotxo, en cuya carta destacan la merluza, el rape, las almejas y el rodaballo salvaje.
El faro de la Plata, en Pasajes de San Juan, parece un castillo y se conquista a pie.
SIMONCIO/WIKIPEDIA
En Pasajes, es casi obligado acercarse a la Factoría Marítima Vasca Albaola, un espacio donde se recupera y ensalza la tecnología marítima artesanal. Pero no se halla en Pasajes de San Juan, sino de San Pedro, así que hay que cruzar a la otra orilla. Aquí se construyó la Nao San Juan, una réplica exacta del ballenero transocéanico vasco del siglo XVI, hundido en aguas de Canadá. Se botó en noviembre de 2025.
Los balleneros vascos
Ahora mismo, en Albaola se puede visitar la exposición dedicada a los balleneros vascos, el astillero donde se construyen y restauran embarcaciones con valor patrimonial, el área donde se restaura el Ozentziyo, el último atunero de madera del puerto de Donostia, y el espacio dedicado a los otros oficios, como son la cordelería, la confección de velas, la forja o la elaboración de remos y poleas.
Fuera, surcando las aguas de la ría, además de la motora que viene y va, las no menos tradicionales traineras con los esforzados remeros y remeras llevando el ritmo que les marca el timonel. Una estampa que no podía ser más donostiarra. Pasajes de San Juan es de mar, pero también de tierra. Por aquí pasa el Camino de Santiago del Norte, así que también es más que probable cruzarse con algún que otro peregrino.












