Fernando Bonete ha construido su trayectoria alrededor de una combinación poco habitual: la universidad, la literatura y las redes sociales. Doctor en Comunicación Social y profesor titular de Escritura y Argumentación en la Universidad Nebrija, estudió Humanidades y Periodismo y también Música, especialidad de violín, en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. A esa faceta académica suma desde hace años su trabajo como divulgador cultural a través de @en_bookle, su cuenta de Instagram, donde reúne a más de 700.000 personas alrededor de los libros y la literatura.
Ha publicado varios libros de divulgación y ensayo y este año ha dado el salto a la ficción con La hija del Fénix, su primera novela. En ella recupera la figura de Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega y escritora cuya historia quedó durante siglos eclipsada por la de su padre. El libro sirve también como punto de partida para preguntarse cómo hemos construido nuestra memoria literaria, qué nombres hemos convertido en genios y cuáles han quedado fuera del relato.
En MUJERHOY hablamos con él de todo ello, pero también de cómo han cambiado nuestros hábitos culturales, del papel de las redes sociales en la forma en que decidimos qué leer, de los jóvenes y su relación con los libros, de la necesidad de separar al artista de su obra y de qué puede ocurrir cuando la inteligencia artificial entra en el terreno de la creación. Una conversación sobre literatura, pero también sobre nuestra forma de mirar, consumir y relacionarnos con la cultura.
Los libros forman parte de tu trabajo como profesor, pero también llevas años hablando de cultura en redes. ¿Qué ha cambiado en nuestra forma de relacionarnos con ella?
Creo que la cultura, como muchas otras realidades, se ha vinculado cada vez más con la experiencia. Leer ya no es únicamente sentarse en casa, en silencio y a solas, sino que cada vez buscamos más convertirlo en una experiencia compartida. Lo vemos en los encuentros que se organizan en distintas ciudades para leer juntos, en los Meet & Read, en las conversaciones sobre libros en redes o en el hecho de quedar para tomar un café, una cerveza o un vino y hablar de lo que estamos leyendo. La lectura ha salido de los límites del individuo y de la soledad para adquirir una dimensión mucho más social.
Y es curioso porque ocurre en una sociedad cada vez más individualista. Antes éramos menos individualistas y, sin embargo, la lectura era una actividad más solitaria. Ahora vivimos en una sociedad hiperindividualista y buscamos en los libros una forma de escapar de eso y de encontrarnos con los demás. La lectura, en ese sentido, siempre es un contraste con el tiempo que vivimos.
Hoy en día hay una cantidad enorme de gente recomendando libros, películas, series, música… y, al mismo tiempo, nunca habíamos tenido tantas herramientas para descubrir cosas nuevas. ¿Crees que eso ha cambiado nuestra manera de elegir qué consumimos?
Siempre ha habido una prescripción. Lo que ha cambiado es quién lleva la punta de lanza de esa prescripción y quién tiene más fuerza a la hora de decidir qué llega hasta nosotros. Durante mucho tiempo, el crítico cultural o el periodista cultural hacía de filtro de buena parte de los libros o las lecturas que llegaban a nuestras manos. Esa figura sigue existiendo y continúa haciendo su labor, pero se ha visto desplazada por el prescriptor en redes sociales, que establece una relación mucho más personal y de confianza con el lector.
Fernando Bonete
@lesvaques
Por tanto, el mecanismo no ha cambiado tanto: siempre ha habido un filtro. Lo que han cambiado son los protagonistas que encabezan esa prescripción. Y hay herramientas que siguen funcionando como antes. El premio o el galardón, por ejemplo, continúa siendo una manera de aupar un libro y de ponerle un sello de calidad.
Tú mismo estás muy presente en redes. ¿Cómo se concilia la divulgación cultural con unas plataformas diseñadas precisamente para que pasemos de una cosa a otra sin detenernos demasiado en ninguna?
Es una contradicción maravillosa y creo que precisamente eso hace que el contenido cultural en redes sea algo único. Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a un contenido superficial y rápido, a pasar con el pulgar de una cosa a otra en apenas seis segundos. Pero creo que hemos llegado a un punto en el que eso ya no nos basta.
Sin salir de las reglas de las redes sociales, puedes ofrecer algo diferente. Puedes estar un minuto, minuto y medio o incluso dos hablando de un libro, una película o una sinfonía. Sigue siendo un ritmo más acelerado del que quizá tendría la cultura fuera de internet, pero es más pausado que el de otros contenidos de las plataformas. Hay muchas personas que están buscando precisamente eso: algo que les enriquezca y les aporte una experiencia más completa dentro de un medio que les gusta.
¿Y cómo empezaste tú a hacer divulgación cultural en redes?
No fue algo premeditado ni una estrategia derivada de mi profesión como docente. Simplemente empecé a hacer en redes lo mismo que hacía fuera de ellas: compartir mis lecturas con otras personas, contar qué me había gustado y qué no, recomendar autores o decir directamente que un libro no me había gustado.
Si tú y yo nos encontráramos en un café y habláramos de libros, te contaría lo mismo que cuento en redes. La diferencia es que ahora utilizo una plataforma digital para hacerlo. Intento que no haya una separación entre quién soy en la vida real y quién soy en internet, porque creo que lo más natural y auténtico es precisamente hacer lo mismo en ambos espacios.
Hay una obsesión cada vez mayor por leer más, completar listas, registrar todo lo que hemos leído… ¿Existe el riesgo de convertir la cultura en una tarea más?
Existe un riesgo evidente de que eso suceda. Vivimos en una sociedad hiperindividualista, pero también hiperproductiva. Todo hay que productivizarlo y a todo tenemos que encontrarle una utilidad para explotarlo al máximo.
Sin embargo, la cultura debería ser precisamente lo contrario a la productividad y a lo útil. Nuccio Ordine, en La utilidad de lo inútil, plantea muy bien esta idea: la cultura es inútil. El arte, la pintura, la música o la lectura no tienen una utilidad práctica concreta. Pero, al mismo tiempo, sirven para todo. Hay una utilidad en lo inútil basada precisamente en su inutilidad. El riesgo aparece cuando convertimos la cultura, las humanidades, la lectura o el arte en otra forma de productividad. Entonces deja de ser lo que está llamada a ser y pierde su riqueza.
Das clase a gente muy joven y conoces de cerca su relación con la lectura. ¿Realmente los jóvenes leen menos o hemos construido una idea demasiado estrecha de lo que significa leer?
El problema de pensar que los jóvenes no leen es casi tan antiguo como la propia humanidad. Desde que existe la escritura tenemos testimonios de generaciones mayores que se quejan del poco desarrollo intelectual o de la falta de interés por la cultura de las generaciones más jóvenes. Pero el problema no es de los jóvenes. Es de toda la sociedad española. Los índices de lectura preocupantes no son solo los de los jóvenes, sino los de todas las franjas de edad. En España se lee poco.
Mi experiencia en las aulas es que, cuando los jóvenes o los universitarios no leen, no suele ser por falta de ganas. Muchas veces simplemente no han tenido delante a una persona que les presente la experiencia de leer como algo enriquecedor. No les ha llegado esa invitación a descubrir la lectura. Cuando les das esa oportunidad y les explicas por qué una lectura es importante, por qué puede engancharles o qué puede aportarles, muchas veces algo hace click. No significa que el cien por cien vaya a convertirse en lector habitual, pero una buena parte empieza a acercarse a los libros de otra manera y continúa leyendo.
¿Y qué hacemos entonces con las lecturas obligatorias? ¿Es necesario actualizar la forma en la que acercamos los clásicos a los jóvenes?
Obligar a leer puede funcionar para determinadas personas. Todos conocemos a alguien que dice: «Gracias a que me obligaron a leer este libro en tercero o cuarto de la ESO, después seguí leyendo muchísimo». Pero son excepciones. Para la mayoría, la obligación funciona durante un periodo muy corto.
Si lo que buscamos son lectores de verdad, personas que quieran seguir leyendo y que tomen la iniciativa por sí mismas, la obligación no es suficiente. Necesitamos un verdadero plan de fomento de la lectura que, especialmente en el caso de los jóvenes, pase por hacerles una invitación atractiva a los libros.
En la historia de la literatura encontramos a muchas mujeres cuya identidad ha quedado ligada a la de un hombre: como musas, esposas, amantes, hijas… ¿Hasta qué punto seguimos contando nuestra historia cultural desde una mirada masculina?
Prácticamente al cien por cien. La historia de muchas de esas mujeres se sigue contando asociada a las figuras masculinas por un imperativo histórico. En mi propia novela, cuando cuento la vida de Marcela de San Félix, no puedo escapar a contar también la vida de Lope de Vega porque su existencia estuvo marcada por la de su padre. El hombre aparece al lado de la mujer y proyecta su sombra sobre ella a lo largo de la historia.
Y hay otra cuestión: nos quedan muchísimas mujeres literatas, pintoras, escultoras y artistas en general por descubrir. Incluso de aquellas que ya conocemos todavía nos queda muchísimo por estudiar. Esto sucede también cuando miramos la historia en general. Pensemos en las dinastías y los reinados europeos: muchas veces estudiamos la vida del rey y apenas prestamos atención a la de su consorte, a la reina o a las mujeres que estuvieron alrededor de ese poder.
En La hija del Fénix recuperas precisamente a Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega. ¿Qué encontraste en ella que te hizo pensar que merecía que volviéramos a contar su historia?
Precisamente esa necesidad de recuperar una figura cuya vida ha quedado inevitablemente ligada a la de su padre. Cuando estudias a Marcela, descubres que hay una historia propia que merece ser contada y estudiada. Y creo que ese es uno de los grandes problemas de cómo hemos construido la memoria cultural: muchas mujeres aparecen en la historia en función de los hombres que las rodearon, cuando en realidad tuvieron una trayectoria y una obra propias.
Investigar a Marcela también te llevó a mirar de otra manera a Lope de Vega. ¿Qué cambió en tu imagen de él?
Creo que todos tenemos una visión bastante idealizada de Lope de Vega porque nos hemos quedado con su faceta genial, con Lope como literato. Y no cabe duda de que, como dramaturgo y como escritor, es una de las grandes figuras de la historia de la literatura.
Fernando Bonete
@lesvaques
Pero cuando sales del ámbito puramente literario, el retrato es bastante diferente. Como persona dejó mucho que desear, empezando por cómo trató a las mujeres de las que se rodeó y siguiendo por cómo trató a sus hijos, especialmente a sus hijas y, en concreto, a Marcela. Nos hemos quedado con su parte genial, y es comprensible porque es la que más trascendencia ha tenido para la historia. Pero eso no significa que debamos ignorar el resto de su vida.
Esto abre una cuestión complicada: ¿se puede separar la obra del autor cuando descubrimos que alguien cuya obra admiramos fue una persona terrible?
Entiendo perfectamente que a alguien le resulte difícil hacerlo. Como lector, espectador u oyente, hay cosas que inevitablemente se te cruzan por la cabeza cuando sabes que el creador de una obra ha cometido un atropello fuera de ella. Pero yo soy partidario de separar la obra del autor. Creo que, si no lo hacemos, sería muy poco lo que se salvaría. Todos dejamos, en cierta manera, que desear como personas. Yo el primero. Si empezamos a revisar nuestros errores, nuestros fracasos o las cosas que hemos hecho mal a lo largo de nuestra vida, es difícil que alguien salga completamente limpio
Creo que es perfectamente compatible reconocer que la obra de un autor es brillante, que está en la cúspide de su ámbito y que, al mismo tiempo, esa persona no merece el mismo reconocimiento por sus actos personales.
¿Crees que también hemos construido demasiado la figura del artista como alguien extraordinario, casi por encima del resto?
Sí. Les damos una categoría incluso superior a la del líder. A un líder todavía podemos perdonarle un error porque precisamente eso lo hace humano. Pero a los grandes artistas muchas veces los colocamos directamente en el lugar de los dioses. Y son humanos, como tú, como yo y como cualquiera. Errar es humano. Todos nos equivocamos y todos cometemos faltas con los demás y con nosotros mismos.
Has hablado mucho sobre inteligencia artificial y cultura. ¿Qué es lo que más te preocupa de su llegada al terreno de la creación?
Lo que más me preocupa de la inteligencia artificial es, precisamente, lo que no tiene que ver con la inteligencia artificial: la reacción del ser humano ante ella. Hay dos obras que explican muy bien lo que pienso. Una es WALL·E. En la película vemos una sociedad en la que las personas han abandonado prácticamente todas las tareas humanas porque las máquinas hacen el trabajo por ellas. Acaban tumbadas, consumiendo entretenimiento vacío y sin propósito.
La otra es Sinsonte, de Walter Tevis, una de las grandes distopías de la literatura contemporánea. La novela plantea también qué sucede cuando las máquinas empiezan a ocupar el lugar de las personas. El problema de la inteligencia artificial y de la robótica no es que puedan hacer determinadas tareas. De hecho, está muy bien que nos descarguen de trabajos que son puramente mecánicos. El problema aparece cuando dejamos que hagan las tareas que son propias del ser humano: la creatividad, el pensamiento crítico o nuestra capacidad para comprender y enriquecernos con las grandes obras de la humanidad.
La decisión de hasta dónde dejamos llegar a las máquinas está en nuestras manos. Lo que me preocupa es que olvidemos que las máquinas están para hacer el trabajo de las máquinas, no el trabajo de los seres humanos.
Entonces, ¿qué debería seguir siendo irrenunciablemente humano en nuestra relación con la cultura?
El encuentro. Me quedo especialmente con esa palabra: el encuentro que tenemos con una obra de arte. Ya sea en un dispositivo digital o en un libro de papel, lo importante es ese momento en el que estamos frente a la obra. Puede ser un libro, una escultura, una pintura, una orquesta o nuestro cantante favorito. Ese encuentro con la obra de arte es lo que no debería cambiar nunca, porque es lo que inicia todo el proceso y nos da la posibilidad de cambiar nuestra mirada sobre el mundo.
Y quizá esa sea también la mejor definición de lo que puede hacer un libro. ¿Qué es lo que más te gusta de leer?
La capacidad que tienen ciertos libros de cambiar mi mirada sobre el mundo. No todos los libros lo hacen de la misma manera, pero todos me cambian algo. Esa capacidad de cambiarte por dentro y, al hacerlo, cambiar tu mirada sobre la realidad me fascina. Si no fuera por los libros no sería la persona que soy. Han tenido una presencia enorme en mi vida y sé perfectamente que, sin ellos, no tendría algunas de las cosas buenas que tengo.
Para terminar, tres o cuatro libros que hayas leído este último año y que te hayan movido especialmente
Maestros antiguos, de Thomas Bernhard, me ha encantado. Es un autor que empecé a leer a finales de 2025 y con el que he seguido en 2026 porque quiero leer todos sus libros. Cuando lees uno y te gusta tanto, quieres seguir y seguir. Tiene una visión muy existencialista del mundo y una manera de construir las frases que me encanta.
También me gustó muchísimo Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Es una novela muy breve, de unas 150 o 160 páginas, que habla de algo que me interesa mucho: la capacidad y el valor que tienen algunas personas para sostener su punto de vista y mantener sus principios pese a todo lo que pueda ocurrirles.
En fantasía, me ha encantado Las tumbas de Atuan, de Ursula K. Le Guin. Estoy leyendo ahora toda la serie de Terramar y me está fascinando porque utiliza la fantasía para hablar también del camino que sigue uno en la vida. La visión de Le Guin sobre todo ello me atrapa.
Y, por supuesto, sigo leyendo a Marcela de San Félix. Estoy releyendo su poesía completa y animo a todo el mundo a descubrirla, más allá de que lean o no mi novela. Sus poemas tienen una belleza apabullante.












