Villajoyosa, en plena Costa Blanca, es de esos pueblos con casas de colores junto al mar que son tan tentadores. Nos traen a la memoria los que salpican la Costa Amalfitana, Ravello, Positano o Amalfi. O los que se cuentan con los dedos de la mano, también en Italia, y forman las Cinque Terre: Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore. Todos nos confirman en nuestra fe mediterránea. Aunque esta policromía, no tan luminosa, puede verse en el Cantábrico. Solo hay que pensar en Cudillero o Tazones, en Asturias. Ahora estamos en la comarca de la Marina Baja, a 13 kilómetros de Benidorm y a 35 kilómetros de Alicante capital.
El casco antiguo de esta villa alicantina ha conservado su arquitectura popular intacta, lo que le ha valido la declaración de conjunto histórico-artístico. Estas casas que hoy nos resultan tan pintorescas, y que tanto agradece la vista, pertenecieron a pescadores, marineros, comerciantes e industriales. No hay casonas de sillería de familias nobles, como solemos ver en pueblos como Oña (Burgos) o Viana (Navarra), sino viviendas tradicionales de mampostería enlucida, cada una en un color, como las barcas para echarse a la mar.
Esta vez, el laberinto por el que internarse no es de piedra, como es habitual, pero ofrece igualmente mil detalles a los que prestar atención. Puede ser un balcón, una hornacina o un alero decorado. Por estos derroteros, se llega hasta la iglesia-fortaleza de Nuestra Señora de la Asunción, de estilo gótico catalán, que está integrada en las murallas. De hecho, el ábside de aquella constituye la torre principal de estas. La Vila, como se conoce popularmente, llegó a estar rodeada de un cinturón amurallado con tres baluartes circulares.
Qué ver en Villajoyosa
Estas murallas se reconstruyeron tras dos grandes ataques corsarios que tuvieron lugar en el siglo XVI. El primero de ellos, de 1538, es el origen histórico de las fiestas de Moros y Cristianos, que aquí, ya se sabe, son religión. En el centro de todo, el Desembarco del 28 de julio, protagonizado por los moros que llegan a la costa vilera en sus fustas sarracenas, donde les espera el campamento cristiano. Estas embarcaciones se pueden visitar porque, dicen, «cuando los moros ya han pisado la tierra deseada, y el sol ya ha hecho acto de presencia, ellas se vuelven invisibles, desaparecen de la escena y regresan a su camerino donde estarán calladas y a la espera de su próxima actuación».
La Vila Joiosa también recuerda a Murano y a Burano, en la Laguna de Venecia.
TURISMO COMUNITAT VALENCIANA
La historia de La Vila ha estado marcada por el mar. Por aquí pasaron fenicios, griegos, etruscos, íberos y romanos, como se puede ver en el Vilamuseo, que alberga piezas de todas las épocas y civilizaciones emparentadas con el municipio. Puesta la vista en la Antigüedad, los pies se van hacia el santuario íbero de la Malladeta, dedicado a la Diosa Madre. Un sitio mágico para ellos, porque desde aquí veían salir el sol por la isla de Benidorm cada equinoccio de primavera, que marcaba el inicio del año agrícola. Y mágico para nosotros, por la panorámica de la costa alicantina excepcional que se nos aparece ante la vista, además de dar paso a una pequeña y casi inaccesible cala de aguas cristalinas.
La torre del Dr. Esquerdo
En el lugar del santuario se levanta una torre que parece vigía, de defensa contra los piratas berberiscos, como tantas que hay, pero nada que ver. La mandó construir a finales del siglo XIX el político republicano y psiquiatra José María Esquerdo para tener controlados los pabellones psiquiátricos del sanatorio que tenía en la playa del Paradís, en La Vila. El mismo al que está dedicada la calle Dr. Esquerdo de Madrid, ese al que Galdós llamó «apóstol y caudillo de dos religiones: la ciencia y la república». A su vez, este enclave acoge los restos de la Villa Giacomina, un palacete rural de 1920 de estilo historicista con decoración de las tres culturas (judía, islámica y cristiana), propiedad del médico Alfonso Esquerdo, sobrino del anterior.
La playa de El Xarco está al amparo de este promontorio con una torre vigía.
TURISMO VILA JOIOSA
Volviendo a los romanos, hay que destacar que en el Vilamuseu se custodian cientos de objetos de esta época, como un stylus (bolígrafo) de hueso, un sonajero de bronce con el rostros del dios Somnus -el Hypnos de los griegos-, monedas y ajuares. Aquí estuvo el municipium de Allon, declarado así por Vespasiano en el año 74 d.C. De su importancia da cuenta el hallazgo de un velero mercante de 30 metros de eslora cargado de lingotes de plomo de Nerón, unas termas públicas imperiales o la torre funeraria que presume de ser la mejor conservada de la península.
Playas urbanas y vírgenes
Después de ver todo esto, nos esperan quince kilómetros de costa, donde caben playas de arena, de cantos rodados, urbanas, vírgenes y, por supuesto, accesibles. Hay trece para elegir. La playa Centro pone a nuestra disposición sus 1.300 metros de extensión para pasear por la arena. A tan solo unos metros hacia el sur, junto a la Malladeta, vemos la playa Puntes del Moro, con dos grandes eucaliptos dando sombra. Y junto al puerto pesquero, la playa Varadero, la de Estudiants y la del Tio Roig.
El Racó del Conill es la cala naturista por antonomasia de esta zona.
TURISMO VILA JOIOSA
La playa de Bol Nou, flanqueada por acantilados, está separada del casco urbano unos dos kilómetros en dirección Alicante. Un poquito más allá tenemos la de El Xarco, con un promontorio donde se alza la torre vigía del mismo nombre, del siglo XVII; esta sí para mantener a raya a los corsarios. Pegada está el Carritxal, ya lindando con El Campello. Se trata de una cala natural de gran valor medioambiental y de difícil acceso.
El Racó del Conill, cala naturista que nos sale al encuentro de camino a Benidorm, se esconde entre montañas y pinares en los acantilados de la Colada de la Costa, una ruta senderista que sigue una antigua vía pecuaria y une la playa del Torres con la torre del Aguiló (s. XVI). Otra apta para el naturismo y rodeada de naturaleza salvaje es la playa L’Esparelló. Igualmente hay que ganársela. Ah, Villajoyosa también es el pueblo del chocolate. Y con museo.












