Podríamos decir que Guadalest, oficialmente El Castell de Guadalest, es el pueblo más bonito de Alicante, con permiso de Altea y sus cúpulas azules icónicas. Pero la denominación se nos queda corta. No le hace justicia a este municipio que no sabe de vértigo, que está enclavado en las alturas recortadas que suelen frecuentar las aves y los montañeros, y que sobresale en medio de un vergel con las hechuras de un oasis, entre cítricos y palmeras. Por tener tiene hasta un embalse de aguas turquesas a sus pies. Tal vez haya que equipararlo con Frías, el pueblo de Burgos con casas colgadas, o con Castellfollit de la Roca, casi un milagro en la Garrotxa (Girona), para dar cumplida cuenta de su inalterada belleza.
Guadalest, de época musulmana y conquistado por los cristianos a mediados del siglo XIII, se ha convertido en un destino turístico de primer orden porque, aparte de sus bondades, está a solo veinte kilómetros de Benidorm. Aunque hay que ganárselo por una carretera llena de curvas, como cabría esperar de un destino tan sumamente pintoresco. Dos mundos contrapuestos a nada de distancia en plena Costa Blanca. De la grandiosidad de los rascacielos compitiendo a ver quién se eleva más a las recoletas calles empedradas que escalan para acomodarse a un incómodo terreno.
Este municipio del Alicante interior, perteneciente a la comarca de la Marina Baja, está a 595 metros de altitud, rodeado de las cumbres de las sierras de la Xortà, Serrella y Aitana, conformando un monumental altorrelieve montañoso. Desde lejos se ve bien cómo las casas, de muros encalados, se aferran a la orografía. Desde cerca, una vez se ha cruzado el portal de San José, un paso excavado en la roca, se tiene la sensación de estar en un lugar aislado en el espacio y detenido en el tiempo. Lleno de tiendas de artesanía y productos regionales, eso sí.
Qué ver en Guadalest
Lo que le otorga su poderío al conjunto, además del entorno, es su posición estratégica, que vino dada por el castillo de San José, una fortaleza del siglo XI que jugó un papel decisivo en la Edad Media y Moderna, y que sobrevivió malamente a guerras y terremotos. Hay otro más, el castillo de la Alcozaiba, de la misma época y también musulmán, situado entre la casa nobiliaria de los Orduña y la iglesia parroquial, y del que solo queda una torre en ruinas.
Guadalest está en la Costa Blanca a solo 20 km de Benidorm.
EMILIO SÁNCHEZ/PEXELS
La Casa Orduña es actualmente Museo Municipal, en el que se puede conocer mejor la historia de Guadalest. También conocida como Casa Gran, una casa grande en un pueblo pequeño, fue levantada tras el terremoto de 1644, que arrasó la comarca y dejó tiritando el castillo. Sus propietarios, de origen vasco, habían viajado tiempo atrás al Reino de Valencia con el infante Fortuna de Navarra y después se pusieron al servicio de los Cardona, que eran almirantes de Aragón. Cuando Sancho de Cardona fue nombrado en 1543 marqués de Guadalest, los Orduña se trasladaron hasta aquí y se desempeñaron como alcaides de la fortaleza y gobernadores del marquesado. Hay mucha historia entre esas paredes.
Una casa burguesa del XIX
La decoración que luce esta casona de cuatro plantas y una bodega se corresponde con el gusto burgués de la segunda mitad del siglo XIX. De sus paredes cuelgan, sobre todo, lienzos de temática religiosa, del siglo XVI y siguientes. La cocina está tal cual, con los utensilios tradicionales a la vista, y en el patio interior hay un aljibe. El comedor guarda una notable colección de cerámica, en la que destacan dos piezas valencianas de reflejos metálicos (s. XVI), además de otras francesas y alemanas de los siglos XVIII-XIX.
El embalse de Guadalest hace más idílica aún la estampa.
JIMMY RAMÍREZ/PEXELS
En la planta noble, hay mapas murales impresos en París en 1706, una colección de fotografías de los miembros de la familia en el XIX, bargueños con incrustaciones de marfil, dibujos antiguos de origen catalán, un juego de sillas, butacas y sofá de época isabelina y otros objetos decorativos, repartidos entre las distintas salas. No podía faltar una nutrida biblioteca, que atesora 1.265 volúmenes. En la tercera planta, está la sala de exposiciones. Y, como dato curioso, desde su planta baja se puede acceder al castillo de San José.
Un pueblo de película
Además, en los bajos del ayuntamiento se conserva la prisión del siglo XII. En Guadalest es fácil montarse una película y disfrutar como si fuera una novela. En cuanto a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, otro de sus hitos arquitectónicos, es del siglo XVIII, de estilo barroco y atribuida al arquitecto José Sierra. Sustituyó al templo que se levantó tras la conquista cristiana y fue incendiada y saqueada durante la guerra civil española, por lo que fue remodelada en 1962. En 2018 estrenó retablo en el altar mayor.
La Casa Orduña es uno de los imprescindibles de este pueblo alicantino.
EL CASTELL DE GUADALEST
El Museo Municipal es algo esperable. No así el Museo Belén y Casitas de Muñecas, que reúne casitas de muñecas, un belén ecológico y juguetes antiguos. Sorprende igualmente que haya un Museo de Vehículos Históricos, aunque qué mejor sitio, por otra parte. Se trata de una colección compuesta por 140 motocicletas y varios minicoches, de los años 20 a los 70. Desde luego, otra forma de viajar en el tiempo. Junto a ellos, objetos antiguos como máquinas de coser, cafeteras o radios.
Otros museos sorprendentes
No menos llamativo es el Museo de Microminiaturas, creadas por Manuel Ussá, que tiene fama de ser uno de los mejores microminiaturistas del mundo. Es el artífice de la Estatua de la Libertad dentro del ojo de una aguja o de Los fusilamientos del 2 de mayo de Goya en un grano de arroz. Y aún hay otro museo más entre los extraños: el Museo de Saleros y Pimenteros, con más de 20.000 ejemplares. Porque los otros dos restantes se encuadran entre los convencionales. De un lado, el Museo Etnológico, en una típica casa de El Castell de Guadalest construida sobre la roca. Del otro, el Museo Histórico Medieval, donde se exponen instrumentos de tortura y pena capital.
Una vista de este pintoresco pueblo de la Costa Blanca.
EL CASTELL DE GUADALEST
Los amantes del senderismo pueden madrugar, antes de que el sol revele su inclemencia, y lanzarse a hacer la ruta que asciende a la cumbre de Xortà o la que va a Castell de Castells. Ambas comparten sendero inicial, desde el embalse, al que se llega por la calle Costeretes, frente a la Tienda de Claudio, hasta la loma Blocón. Una vez en este collado, el camino se ramifica. Para subir, hay que tomar el desvío de la derecha. Para ir al pueblo vecino, el central. Ya en destino, se pueden visitar las pinturas rupestres de Pla de Petracos, la Cova del Somo y la Fuente de los Tejos.












