Caravaca de la Cruz, en el Noroeste de Murcia, tiene una estampa de esas que tanto nos gustan. Coronada por un castillo que además es basílica y con las casas desparramándose ladera abajo desde sus 675 metros de altitud. Un barrio, el más alto y antiguo, que empezó a formarse en los siglos XII y XIII con la típica estructura caótica de callejuelas entrecruzadas que se dan un respiro en placetas para luego encontrarse con que, a veces, no hay salida. El núcleo original estaba protegido por una muralla reforzada con catorce torreones.
Después, con el paso de los siglos y los avatares históricos, la villa fue ennobleciéndose y dotándose de iglesias y palacios extramuros hasta conformar un soberbio conjunto monumental. Ahora bien, si hay algo que distingue a Caravaca de la Cruz, y que lo lleva a cuestas en su apellido, es su condición de Ciudad Santa. Detrás está una leyenda de 1232 según la cual el rey moro Abu Zayd se convirtió al cristianismo tras ver cómo dos ángeles bajaban del cielo una cruz para que un sacerdote preso en el castillo pudiera decir misa. Esto dio pie en 1617 a la construcción del santuario de la Vera Cruz en el corazón mismo del castillo.
Este santuario, sin duda, es el mayor tesoro caravaqueño, por su significación y también por su factura artística, que salta a la vista debido a su exuberante portada barroca de mármol rojo de Cehegín, añadida en el siglo XVIII, que se suma a sus elementos renacentistas. El lugar fue, en origen, un recinto amurallado de época islámica que Alfonso X puso en manos de la Orden del Temple, tras la revuelta mudéjar de 1264-1266, y que posteriormente pasó a la Orden de Santiago.
Caravaca de la Cruz y el Papa
Este carácter divino se vio reforzado cuando el papa Juan Pablo II le concedió el Año Jubilar en 1998, lo que la convertía en la quinta Ciudad Santa del mundo, junto a Jerusalén, Roma, Santiago de Compostela y Santo Toribio de Liébana (Camaleño, Cantabria), por lo que puede celebrar, como ellas, el Jubileo Perpetuo. Cada siete años, un Año Santo. El próximo será en 2031. No extraña que este santuario, que alberga un Museo de Arte Sacro, sea un lugar de peregrinación. Aquí se custodia una de las reliquias más veneradas de la cristiandad: un fragmento del lignum crucis, la cruz donde murió Jesucristo.
Así es la fachada barroca del santuario de la Vera Cruz de Caravaca.
SIMO PASANEM/WIKIPEDIA
Aunque la Vera Cruz se lleva la palma y todos los honores religiosos, en Caravaca hay tanto patrimonio que resulta inabarcable. La iglesia de la Soledad, hoy Museo Arqueológico, se levantó intramuros y fue ampliada en el siglo XVI. A la iglesia de El Salvador se la considera la obra cumbre del Renacimiento murciano, con esbeltas columnas nervadas de estilo jónico sobre las cuales se abren magníficas bóvedas de crucería. Y la de la Purísima Concepción, fechada en 1532 e igualmente renacentista, llama la atención por la torre de los Pastores, que sirvió a estos de faro, además de ejercer de vigilante. Dentro luce artesonado mudéjar de madera policromada.
Qué más ver en Caravaca
Entre tanta edificación ilustre se halla el monasterio de carmelitas descalzos que fundó San Juan de la Cruz en 1586, que terminó siendo colegio e incluso hospedería. Y, en paralelo, la iglesia de San José, fundada por Santa Teresa de Jesús en 1576, junto a un monasterio de monjas carmelitas, asumiendo los presupuestos estéticos de los siglos siguientes hasta hacerse rococó. En este ‘cántico espiritual’ no podía faltar la Compañía de Jesús, a la que pertenece la iglesia que ocupa toda una manzana en pleno centro y responde a los esquemas de la arquitectura jesuítica. Actualmente, está integrada en la programación cultural del ayuntamiento, que, dicho sea de paso, es del siglo XVIII y barroco.
Caravaca de la Cruz es un pueblo sobrado de encanto.
EMILIO SÁNCHEZ HERNÁNDEZ/PEXELS
Pasear por Caravaca es un lujo, que se debe a su solera, a tantas piedras centenarias, y a que depara sorpresas como el Bañadero, que es como se ha bautizado al templete barroco de planta hexagonal donde cada 3 de mayo se repite el ritual ancestral y agrícola que abre las fiestas que honran a la Vera Cruz, cuya cofradía tiene su sede en el palacio de los Musso Muñoz de Otálora (siglo XVI), antigua y poderosa familia caravaqueña.
Las Fuentes del Marqués, un edén
Para ver el torreón de los Templarios, dieciochesco, de hechuras barrocas y hoy Centro de Interpretación de la Naturaleza, hay que desplazarse a un paraje de los que dejan con la boca abierta. ¿Un cuadro de Rusiñol? Se trata de las Fuentes del Marqués, catalogadas como Sitio Histórico y a solo dos kilómetros del centro. Una finca, llena de leyendas y magia, denominada así porque en ella hay varios manantiales de aguas cristalinas y por sus antiguos propietarios, los marqueses de San Mamés. Todo literal y muy literario. Su valor paisajístico, cultural y ecológico es incalculable.
Las Fuentes del Marqués es un parque natural muy cerca del casco urbano.
AYUNTAMIENTO CARAVACA
Aún le dan más brío a esta Ciudad Santa los espectaculares festejos del 2 de julio, declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Nos referimos a los Caballos del Vino, tras los cuales hay una leyenda que apunta a los templarios, los ataques de los musulmanes, la Vera Cruz y el castillo. Su museo está instalado en el palacete de los Muñoz Melgarejo (s. XVIII). Después de todo, y como colofón, es muy probable que quieras llevarte una cruz de Caravaca de recuerdo. En tiempos fue talismán y bandera.











