Ana Calvo


Ana Calvo


La primera vez que veas de lejos esta flor, y van a ser muchas este verano, pensarás que es una margarita. La confundirás por sus pétalos y colores, pero un vistazo más de cerca te hará descubrir la que sin duda es la variedad de moda del verano y la favorita de paisajistas y expertos en jardinería: la equinácea. Y sí, tiene trampa, porque ambas son de la misma familia.

Si decimos que es habitual confundirlas es porque ambas son inflorescencias que pertenecen a las asteráceas, pero en el caso de la equinácea, hay un rasgo muy característico que marca la diferencia: un gran centro elevado en forma de cono que recuerda a las púas del erizo (de ahí su nombre botánico, Echinacea purpurea, que proviene del griego ‘echinos’) y está rodeado de rodeado de pétalos largos y ligeramente caídos.

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La equinácea, además de preciosa, es una superviviente nata. Su capacidad para soportar el calor extremo y la sequía sin perder su llamativa floración ha hecho que paisajistas y expertos la consideren imprescindible en los jardines modernos pero, también, en aquellos en los que se busque un estilo más silvestre y rústico. Además, es muy fácil de cuidar y favorece la polinización al atraer tanto abejas como mariposas.


Equinácea.


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Por qué la equinácea necesita muy poco riego

Esa resistencia natural que hace de la equinácea una candidata segura a reinar en los veranos extremos de España se entiende atendiendo a sus orígenes, ya que esta planta perenne es originaria de las praderas de Norteamérica. Allí, esta prima hermana de las margaritas crece de forma natural expuesta al sol intenso, a los terrenos secos y a las escasas precipitaciones sin perder sus colores ni afectar a su crecimiento vigoroso.

Por eso, la equinácea es una de las variedades favoritas para cultivar en zonas de mucho calor, ya que tolera perfectamente el sol directo durante horas, necesita muy poco riego y mantiene una floración abundante durante gran parte del verano. Además, resiste muy bien en suelos pobres y no requiere fertilizantes constantes para lucir espectacular, por lo que es una de las opciones más utilizadas en xerojardinería, un tipo de paisajismo pensado para ahorrar agua y reducir el mantenimiento

Más allá de su resistencia y su llamativo colorido, la equinácea es una planta perfecta para principiantes o, simplemente, para aquellos que quieran disfrutar de un jardín precioso y lleno de color sin dedicarle mucho tiempo, ya que se trata de una variedad muy agradecida y poco demandante en cuanto a cuidados se refiere.


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Para mantener nuestra equinácea sana y llena de flores todo el verano, solo necesitamos plantarla en una ubicación soleada (preferiblemente con luz directa varias horas al día) con un suelo que tenga un buen drenaje y aplicarle riegos moderados, ya que el exceso de agua puede perjudicarla más que la sequía, ya que pudre sus raíces y, precisamente, en ellas reside su gran secreto.

Y es que si la equinácea resiste tan bien la falta de agua es por una cuestión evolutiva relacionada con su origen que le ha hecho desarrollar una potente raíz principal o pivotante que se desarrolla durante su primer año de vida, antes incluso de florecer por primera vez. Mucho más larga y profunda que la de la mayoría de las variedades, es capaz de buscar la humedad subterránea donde otras plantas no llegan. Además, ante una época de sequía prolongada, la equinácea se deshará de sus hojas inferiores para no tener tantas necesidades hídricas.

Por último está su valor ornamental. Sofisticada pero, al mismo tiempo, rústica, la equinácea aporta un aspecto natural, fresco y muy actual a cualquier espacio exterior. Sus flores en tonos rosas, púrpuras, blancos, amarillos, naranjas e incluso rojizos permiten crear combinaciones muy decorativas. ¿El truco de los paisajistas? Mezclarla con lavandas, salvias y gramíneas ornamentales para conseguir jardines de inspiración silvestre.

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