Aunque la Historia ha formado parte de nuestra educación, las guerras, los matrimonios por intereses políticos y las otras conquistas, las geográficas, apenas nos dejaron tiempo para adentrarnos en la cotidianeidad. Y no será porque no merezca la pena, nuestro día a día está repleto de curiosidades. Afortunadamente Lucy Worsley sí ha sentido interés por descubrir el pasado de todo aquello que nos rodea y lo ha plasmado en Si las paredes hablaran, la recomendación lectora que voy a hacer a todas mis amigas para el Día del Libro.
Publicado en España por Capitán Swing, esta «historia íntima del hogar» resuelve todas nuestras dudas sobre todo aquello que forma parte de nuestra rutina, desde la cama a la cocina, pasando por la ropa que vestimos o las costumbres sociales. Casi cuatrocientas páginas que, divididas por estancias, nos descubren que hay cosas que, afortunadamente, han cambiado mucho, aunque tal vez no hace demasiado tiempo. Porque en su día también estuvo mal visto, por ejemplo, bañarse con frecuencia y apostar por la limpieza personal.
Curtida en la televisión británica, donde ya ha tenido varios programas en los que ha ido desgranando sus conocimientos, Worsley fue nombrada oficial de la Orden del Imperio Británico en 2018 por sus contribuciones a la historia y el patrimonio. Así que esta Doctorada en Historia del Arte y Filosofía, conservadora, escritora y presentadora de televisión es, sin duda, la mejor compañera de viaje para que el recorrido por lo ordinario sea extraordinario.
Cosas de la cama
Si las paredes hablaran arranca, como no podía ser de otra manera, por el dormitorio. Porque no hay nada más íntimo que ese lugar en el que dormimos, nos vestimos y hacemos muchas otras cosas con la única presencia de los más cercanos. Aunque no siempre ha sido así. «La idea de que uno duerma solo, en su propia cama, en su propio cuarto separado, es en realidad bastante moderna,» apunta Worsley en las primeras páginas de su libro.
Portada de Si las paredes hablaran, el libro de Lucy Worsley.
Capitán Swing
Lo cierto es que algo como dormir, que parece tan poco dado a la innovación ha cambiado bastante a lo largo de la historia de la civilización. Desde la ropa de cama, porque en realidad el nórdico ni siquiera ha alcanzado el medio siglo de edad, al mismo hecho de dormir, nuestra rutina es producto de las innovaciones que hemos incorporado a lo largo de la historia. Porque por muy difícil que resulte de creer, antes de que la luz eléctrica llegase a los hogares, en Inglaterra, por ejemplo, uno se pasaba 14 horas en la cama y dormía en dos fases, con un intervalo de vigilia de dos horas entre ambas.
Worsley, que ha investigado mucho sobre uno de los monarcas más importantes de Inglaterra, Enrique VIII, nos descubre en su libro que los sirvientes del promiscuo rey tenían que rodar por sus colchones para asegurarse de que los enemigos no hubiesen escondido dagas en su interior. Y también que no dormía con su mujer, cualquiera de las muchas que tuvo, a no ser que quisiera mantener relaciones sexuales con ella, y en su dormitorio se sacaba una pequeña cama de debajo de la suya, donde descansaba su caballero favorito. Eso cuando no compartía cama con sus propios sirvientes.
La cama era algo menos personal hace unos siglos de lo que lo es hoy en día.
Haber Doedas/Unsplash
La historia íntima del hogar también se adentra en la intimidad en sí misma, nos revela que «la vestimenta femenina en los siglos XVI, XVII y XVIII sencillamente imposibilitaba el llevar bragas», «las mujeres ultrarrespetables llevaron bragas largas hasta el siglo XX» y la ropa interior, tal y como la conocemos hoy en día, es en realidad una versión embellecida de los calzones cortos reglamentarios que se impusieron durante la Segunda Guerra Mundial en los uniformes militares de las mujeres.
Siguiendo con la intimidad, «desnudar a la novia perduró como un ritual de alcoba semisocial hasta principios del siglo XIX, e incluía lanzar cosas por los aires –en la habitación- igual que hoy se lanzan ramos y confeti». Y por ejemplo, en la noche de bodas, «los padrinos de la novia «le quitaban las jarreteras»y se las ataban en los sombreros mientras que las damas de honor la desvestían y la tumbaban en la cama».
Paple higiénico, aspiradoras y zapatos
En el apartado dedicado al cuarto de baño, Worsley se adentra en el alcantarillado, y su popularización, pero también en aquellos tiempos en los que el orinal no entendía de edades, en los que la realeza y la aristocracia se limpiaban el culo con lino o en esa etapa, alrededor del siglo XVI en la que «el lavado de todo el cuerpo se consideró en gran medida extraño, erótico o peligroso» y durante dos siglos la higiene corporal era un bien escaso.
El salón, un lugar en el que el mobiliario y la calefacción han experimentado numerosos cambios.
Hector J. rivas/Unsplash
El salón, con su sofá, su calefacción o el agotador y necesario momento de pasar la aspiradora, o la cocina y los cambios que se han producido a lo largo de la historia a la hora de cocinar o de comer, son otras de las cambiantes rutinas que Worsley lleva a su interesantísimo ensayo, que es el responsable de que el lector ya no vea igual su existencia después de leerlo. Porque calzarse no será lo mismo cuando se descubra que hubo que esperar hasta principios del siglo XIX para que los zapatos para el pie derecho y el pie izquierdo se diseñaran específicamente, y hasta entonces el calzado se hacía con una única horma.
Tal y como acertadamente señala la divulgadora en su conclusión final, «en un mundo en el que las reservas de petróleo se están agotando, el futuro del hogar se guiará por las lecciones del pasado preindustrial poco desarrollado a nivel tecnológico». Así que ya sea por curiosidad, o por lo que pueda pasar, Si las paredes hablaran es uno de esos libros perfectos para llevarlo a nuestra biblioteca en una fecha tan señalada como el Día del Libro. Porque leer te cambia la vida y, en este caso, lo hace desde lo cotidiano. Que, al fin y al cabo, es lo más importante.












