Muchas mujeres llegan a la consulta de fisioterapia con síntomas que no saben cómo nombrar: una sensación de peso en la zona pélvica, pequeñas pérdidas de orina al toser o saltar, una desconexión con esa parte del cuerpo que siempre ha estado ahí pero nunca se ha trabajado conscientemente. «El suelo pélvico es el gran sostén invisible del cuerpo, y cuando falla, todo lo demás se resiente», resume Lola Ibáñez, fisioterapeuta experta en suelo pélvico. El pilates hipopresivo es una de las herramientas que más recomienda en estos casos, aunque con matices importantes.
El pilates hipopresivo combina el trabajo postural del pilates con una respiración muy específica: una apnea espiratoria con apertura costal. «Al ser espiratoria la apnea, el diafragma sube y los tejidos que sostienen útero, vejiga y recto se elevan, despejando la vagina», explica Ibáñez. Esta succión, mantenida en el tiempo, hace que el abdomen y el suelo pélvico se activen de forma automática. Sin fuerza, sin empuje y sin meter tripa.
La diferencia con otros abdominales o con el pilates tradicional es precisamente esa. «Aquí no buscamos meter tripa ni hacer fuerza, sino reducir y equilibrar la presión dentro del abdomen«, señala Ibáñez. En un abdominal convencional o en cualquier esfuerzo hecho sin atención a la respiración y la postura, la presión empuja hacia abajo. En los hipopresivos ocurre lo contrario: el cuerpo trabaja hacia arriba y hacia adentro, lo que cambia completamente la forma en que la musculatura profunda responde.
Ese mecanismo es el que los hace especialmente útiles para mujeres con debilidad del suelo pélvico. Cuando están bien indicados, pueden mejorar la sensación de sostén interno, el control urinario y la conexión con la musculatura profunda. También pueden aliviar la sensación de congestión pélvica y son una buena herramienta para desarrollar conciencia corporal. Pero Ibáñez es clara: «No son para todo el mundo ni deberían ser la única herramienta».
En casos de diástasis abdominal, por ejemplo, hay que valorar con cuidado. «Es muy importante tenerlo en cuenta cuando una mujer viene en posparto o cuando por cirugías abdominales se sospecha de diástasis», advierte Ibáñez. En esos casos, hay que compensar la apertura costal dando estabilidad a la línea alba para evitar que la diástasis pueda abrirse más. La indicación personalizada marca la diferencia entre un ejercicio que ayuda y uno que perjudica.
El error más frecuente
El error más habitual al intentar hacer hipopresivos en casa es pensar que consiste en meter barriga. «Cuando hacemos esto se pone en marcha el oblicuo externo, cerrando las costillas, y ya no hay manera de hacer una succión correcta», explica Ibáñez. La instrucción correcta es la contraria: alargar el cuerpo, abrir costillas y hacer apnea espiratoria total, soltando todo el aire de los pulmones. Sin esa base, el ejercicio pierde toda su eficacia.
También es frecuente generar demasiada tensión en cuello, hombros o abdomen, cuando el objetivo es exactamente el contrario: eficiencia sin esfuerzo excesivo. La postura es determinante, y sin entender la respiración primero, no tiene sentido avanzar a las distintas posiciones. Ibáñez recomienda empezar por lo más básico: aprender a colocarse bien y practicar respiraciones con las manos sobre las costillas, sintiendo cómo suben y se abren al inspirar y cómo bajan y se cierran al espirar.
Una vez que ese movimiento costal sale de forma natural, el siguiente paso es intentar hacerlo sin aire dentro y sin coger aire. «Y una vez que esto sale, ya puedes empezar con las diferentes posturas», explica Ibáñez. En consulta, muchas veces se prioriza primero activar bien el abdomen bajo y el suelo pélvico antes de introducir técnicas más complejas como los hipopresivos. La progresión importa tanto como el ejercicio en sí.
Más allá del ejercicio, lo realmente importante es aprender a gestionar la presión en el día a día: cómo se respira, cómo se mueve el cuerpo, cómo se carga peso. Los hipopresivos son una herramienta dentro de un sistema más amplio, no una solución aislada. Los cambios más importantes no vienen solo de la práctica en sí, sino de integrar ese trabajo en la vida diaria. Y para eso, como recuerda Ibáñez, siempre que sea posible conviene hacerlo con la guía de un profesional, porque ahí es donde realmente marca la diferencia.











