Estás en un entorno de trabajo tóxico y abusivo. Tienes un jefe que te infravalora, no reconoce tu trabajo e ignora tus necesidades y tu bienestar. Sin embargo, te sientes ligado emocional y afectivamente a la empresa y tienes una dependencia enfermiza de ese superior. Si te ves reflejado en este escenario, presta atención: padeces el síndrome de Estocolmo laboral.
Con este término se describe esa situación en la que el empleado desarrolla una relación de lealtad hacia su lugar de trabajo o hacia sus jefes, aun a pesar de que les estén explotando. Es una traslación del síndrome de Estocolmo, acuñado para hacer referencia a esa situación en la que los rehenes de un secuestro terminan sintiendo afinidad con sus captores, y llegan incluso a justificarlos.
Síndrome de Estocolmo laboral
En esas circunstancias, los secuestradores controlan los elementos de supervivencia —como el agua, la comida o el refugio— del cautivo, quien recibe de ellos tanto el castigo como la recompensa. En el entorno laboral, como asegura Pilar Conde, psicóloga y directora técnica de Clínicas Origen, «puede haber ciertos motivos para mantenernos vinculados, cuando el ‘cautiverio’ no es por motivos económicos o de desarrollo profesional real, sino porque hemos generado una sensación de valía supeditada al reconocimiento y aprobación del mismo, por lo que podemos llegar a creer que no somos válidos para ser elegidos profesionalmente para otros puestos«.
Jefe exigente vs. jefe tóxico
En este sentido, es importante saber diferenciar entre un líder exigente y un jefe psicológicamente dañino. «Un jefe exigente saludable anima y empuja al equipo a que cada parte dé lo mejor de sí mismos para alcanzar los mejores resultados, define objetivos y tareas claras; ante un error, los especifica, pero no busca culpables, sino que se centra en soluciones«, destaca la experta.
Por su parte, un líder tóxico pide que renuncies a tu vida privada por los objetivos laborales. No respeta horarios, exige tareas con carácter urgente fuera de horario. Te levanta la voz o te hace de menos delante de otros: «Puedes empezar a pensar que te mereces un trato injusto. Anula y no reconoce tus aportaciones o se las atribuye como propias. Control excesivo respecto a tareas, horarios y aportaciones».
Refuerzos intermitentes
La experta explica que la inseguridad, el refuerzo positivo económico o del puesto laboral —que hace temer dicha pérdida—, la normalización de las dinámicas, el miedo a renunciar a la inversión de tiempo realizada o a perder derechos adquiridos, pueden hacer que un trabajador permanezca en una relación laboral dañina. «Si el impulso es irme y dejar el trabajo, pero el temor a los riesgos es alto y, por tanto, elijo quedarme, para sobrellevar el ‘maltrato’ tengo que cambiar las creencias para permitirme tolerarlo mejor, pudiendo justificar o minimizar, para disminuir así el impulso de la salida», añade.
• Inseguridad laboral: tienes miedo a perder el empleo, y la falta de oportunidades laborales puede fortalecer tu dependencia hacia la empresa.
• Manipulación psicológica: estás con superiores que emplean prácticas para manipular a los empleados, manteniéndolos sumisos y leales.
• Tu propia historia personal: si has sufrido experiencias previas de abuso o inseguridad es más fácil que puedas estar predispuesto a desarrollar este síndrome.
Si a todo esto le sumas la alternancia de momentos de maltrato con momentos de reconocimiento o recompensa, apaga y vámonos. Aquí la cosa se complica. «Los refuerzos intermitentes son los que más sostienen a largo plazo la dependencia, dado que alternan lo positivo con lo negativo, generando patrones de dependencia y adicción«, destaca Conde.
Cuando se genera dependencia, la inseguridad gobierna y la manera de aliviarla es obteniendo reconocimiento, aprobación. «Al conseguirlo, alivia, pero perpetúa la dependencia y el maltrato», asegura.
De inseguridad a una extraña sensación de lealtad
Todas estas subidas y bajadas hacen que el trabajador dude sobre su capacidad, disminuye la autoeficacia percibida, autoestima… pudiendo afectar al sueño, alimentación y bienestar emocional en general.
¿Qué efectos puede tener mantener durante años una situación así? «Problemas emocionales, estrés laboral, problemas del sueño, problemas de alimentación, burnout y somatizaciones», destaca. De hecho, un informe realizado por Deloitte en 2024 reveló que el 77% de las personas trabajadoras experimentaron síntomas de burnout en el último año. Entre ellos, casi la mitad pensó en renunciar a su empleo por esta razón. Estos datos reflejan una realidad preocupante: el estrés laboral no es un problema individual, sino un fenómeno colectivo con consecuencias sobre la salud pública.
¿Qué puede hacer una persona cuando empieza a darse cuenta de que esa relación laboral le está afectando psicológicamente? «Cambiar la dinámica de cómo responde a la misma, para disminuir niveles de dependencia y así pensar en planes alternativos laborales. En el caso de que sienta que la persona no es capaz de hacerlo, puede acudir a terapia. Ahí realizará un trabajo terapéutico para poder convivir de manera saludable con la situación, cambiando su gestión, marcando límites o valorando opciones laborales«, sentencia la experta.












