«No hay perro en la Residencia de Estudiantes. Las noches son de un silencio absoluto. En un cuarto se hace medicina; en otro, cálculo infinitesimal; en otro, legislación; en otro, historia; en otro, caminos, puentes hacia la eternidad, versos». Estas palabras del poeta y pintor José Moreno Villa sirven para hacerse una idea de lo que fue este centro cultural madrileño en los años veinte y treinta, los previos a la guerra. Un hervidero. Esos «puentes hacia la eternidad, versos» a los que se refiere el malagueño, tutor de «la Resi», podían ser de Federico García Lorca, que llegó desde Granada en 1919, o de Rafael Alberti, que lo hizo desde su Cádiz después (1924).
A la vez, en esos cuartos de los que habla Moreno Villa se alojaban -y se alojan- los residentes, dentro de los Pabellones Gemelos, los primeros que salen al encuentro cuando se sube por la calle Pinar. Cada uno de esos pabellones «contiene 24 alcobas de 4 por 4 metros, en tres pisos, con ventas al Mediodía», como se describe en la Memoria de 1914 de la Junta para Ampliación de Estudios, la casa madre. Es imposible saber cuál era la habitación de Lorca o cuál la de Dalí, que apareció por allí en 1922. La información se perdió tras la guerra. Pero, para nuestro consuelo, se ha recreado una habitación que no fue la de ninguno, pero pudo haber sido la de todos.
Sí se sabe que se reunían en los cuartos a charlar sin fin ante una taza de té, con el surrealismo, que les volvió locos por contestatario y antiburgués, en las venas, lo que se podía traducir en un poema aventurado del revés o un putrefacto. Así lo testimonia la foto en la que se ve a Federico con un disfraz improvisado, puede que de sultán, y la dedicatoria «A Pepín. Recuerdo de nuestro cuarto de la Residencia. 1924-25». Pepín es Pepín Bello, del que se habla poco, pero significó mucho. Y la habitación, seguramente, era la de Juanito Vicens, «un zaragozano devoto de la imagen de Santa Liberata», como cuenta el futbolista José Antonio Martín Otín, alias Petón, en su libro La desesperación del té (27 veces Pepín Bello), una virguería editada por Pretextos.
Lorca y Dalí en la Residencia
La cosa es que, en la habitación del oscense Vicens, bibliotecario, «los compinches vivían las atardecidas sumergidos en la densidad del humo, atizado el ánimo por la teína». El cuadro descrito por Martín Otín es aún más descriptivo y fascinante: «En la esquina de la bruma brillaba un faro como una voz: contaba historias Federico García Lorca. Apostillaban los demás; Pepín Bello, al revés del mundo, le daba ideas a Federico para que el genio levantara torres de palabras (…). Dalí aspiraba el humo; a Buñuel, dentro y fuera de la congregación, le contaban luego lo charlado. Hinojosa, residente virtual, viajaba al embeleso, mecía Federico. Y Moreno Villa. Y Emilio Prados a punto de volver a Málaga. Y Alberti transeúnte. Los demás. Todos juntos». A estas «reuniones vivas de poetas muertos», Lorca las llamó «la desesperación del té» y las inmortalizó en uno de sus dibujos.
La habitación que se ha recreado a la manera de la que tuvo Federico García Lorca.
RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
En medio de los edificios gemelos, cuyas paredes fueron testigos de tanto atrevimiento, está el jardín de las adelfas, idea de Juan Ramón Jiménez (JRJ), según todos los indicios, y diseñado por Javier de Winthuysen en 1915. Lo curioso es que el propio poeta de Moguer se ocupó de la plantación de árboles y arbustos junto al jardinero Marcelino, adelfas incluidas, dando lugar a lo que hoy se conoce como el Jardín de los Poetas.
No podía ser de otro modo, dado lo inspirador del lugar, considerado la casa de la poesía. En ella, Juan Ramón o Lorca pudieron escuchar a Paul Valéry o Louis Aragon, o presenciar la publicación de las Poesías completas de Antonio Machado en las prensas de la Residencia, que prosigue con su labor editora. Después han pasado por aquí Seamus Heaney, Premio Nobel de Literatura en 1995, o Adam Zagajewski, Premio Princesa de Asturias en 2017.
Putrefactos y anaglifos
A los versos se sumaban los dibujos. O mejor, los putrefactos, que marcaron época. Según Rafael Alberti, que atribuía el inventó a Pepín Bello, remitían a «lo caduco, lo muerto y anacrónico que representaban muchos seres y cosas». Dalí se subió al carro y empezó a plasmar el concepto en dibujos que iba a recopilar en un libro con prólogo de Lorca, pero no llegó a destino. Los putrefactos no estaban solos, sino con otras travesuras, como la representación anual de La profanación del Tenorio, una parodia de la obra de Zorrilla, o los anaglifos, poemas de cuatro versos con dos sustantivos que se repiten, un tercero que ha de ser «gallina», y el último, lo más disparatado posible. Un famoso ejemplo: «El té/ el té/ la gallina/ y el Teotocópuli».
Los Pabellones Gemelos presiden el complejo de la Colina de los Chopos.
RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
Con todo esto en la conciencia y la inconsciencia, ni que decir tiene lo muy terapéutico que resulta, a todos los niveles, un paseo por la Colina de los Chopos, apodo de JRJ, tras subir la cuesta de Pinar por un camino flanqueado por lavandas, lilos y romeros. Incluye la Caseta del Jardinero, o sea, Marcelino, que anticipa la arquitectura del resto; y el Canalillo, pequeña acequia que discurre por uno de los límites del jardín, parejo a la tapia del Museo de Ciencias Naturales. Dio no pocas alegrías a los residentes.
Oxford en Madrid
La Residencia de Estudiantes, creada por Francisco Giner de los Ríos en 1910, con la complicidad de Alberto Jiménez Fraud, su primer director, a la manera de las que había en Oxford y Cambridge, fue «una de las experiencias más fecundas de creación e intercambio científico y artístico en Europa en el primer tercio del siglo XX», se recuerda desde la institución. Por aquí pasaron Miguel de Unamuno, Emilia Pardo Bazán, Einstein, Gropius, Marie Curie o Stravinski. Se cultivaba la amistad, el ocio creativo y el amor a la naturaleza.
Federico García Lorca en los jardines de la Residencia, en la que estuvo entre 1919 y 1928.
RESIDENCIA DE ESTUDIANTES
Sin olvidar que su grupo femenino, la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu, ha pasado a la historia como «el primer centro oficial creado en España para fomentar la educación superior de la mujer». Tuvo como alumna a Victoria Kent y como profesora a María Zambrano. ¿Su sede? El hotelito del número 14 de la calle Fortuny, donde empezó todo. Ellas se instalaron allí cuando «la Resi» se trasladó a Pinar, 21.
La Edad de Plata y la guerra
El sueño se desvaneció -también este- con la guerra civil española. Su director tuvo que exiliarse y los últimos residentes fueron evacuados. En 1937 se convirtió en el Hospital de Carabineros. Después pasó a ser residencia de investigadores del recién creado Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y el Auditórium, que se había estrenado en 1933 con un concierto de la Argentinita con Federico al piano, se consagró como iglesia del Espíritu Santo. En 1986 se obró el milagro: volvía a ser la Residencia de Estudiantes, un lugar de memoria, pero también un lugar donde seguir cultivando las artes, la ciencia y las humanidades, con una importante actividad cultural y un grupo de jóvenes becarios. Reviviendo aquella Edad de Plata.












