Mientras la exposición Cayetana: Grande de España llega al Palacio de Liria, procedente del sevillano Palacio de las Dueñas, cosa que ocurrirá el 30 de septiembre, podemos ir dándonos un baño de aristocracia recorriendo sus jardines históricos, mitad versallescos, mitad a la inglesa. No es difícil imaginarse a la inolvidable Cayetana de Alba, que habría cumplido cien años este 2026, ensoñada por este vergel en pleno corazón de Madrid. Como en un cuento de Chéjov, cerezo incluido. Luego, la referida muestra, organizada por su hija, Eugenia Martínez de Irujo, y Cristina Carrillo de Albornoz, nos pondrá frente a frente con el personaje, una de las figuras femeninas más relevantes y carismáticas de la España contemporánea.
Ya lo sabíamos, pero esta vez nos lo van a recordar con más de 200 piezas, entre obras artísticas, fotografías, objetos personales, documentos y creaciones de alta costura. La XVIII duquesa de Alba, dado su amor por la historia y la cultura, se afanó por proteger, mimar incluso, el vastísimo patrimonio acumulado por la familia. Y, oh Fortuna, ahora es posible aventurarse, además de por el palacio en sí mismo, por el edén que lo rodea. Una oportunidad única para curiosear y recrearse con la belleza del que está considerado el jardín privado más emblemático de la capital. Y con razón.
Lo ha hecho posible la política de puertas abiertas y de cercanía que sigue de un tiempo a esta parte la Fundación Casa de Alba, que preside Carlos Fitz-James Stuart, XIX duque de Alba, ayudado por sus hijos -Fernando, duque de Huéscar, y Carlos, conde de Osorno- como patronos. Esta fundación, creada en 1973 por sus padres y abuelos respectivamente, y que tiene su sede justamente aquí, ha organizado un programa de visitas guiadas, en grupos de 30 personas máximo, calificadas como extraordinarias, así que hay que aprovechar la ocasión.
Cuándo son las visitas
Dicho esto, se podrá entrar en los jardines históricos del Palacio de Liria (C/ Princesa, 20) hasta el 31 de agosto y solamente a primeras horas de la mañana, cuando el sol aún no se ha vuelto inclemente. En concreto, de martes a viernes a las 10 y a las 10:15; y sábados y domingos a las 10 h. Habrá quien quiera ir directamente a este jardín de las delicias (10 euros). Y quien aproveche para, además, traspasar el umbral del recinto palaciego (25 euros) y plantarse en las diferentes salas, intervenidas últimamente por artistas de vanguardia como Joana Vasconcelos y José María Sicilia. Ahí están colgando de sus paredes, dando la réplica, las obras maestras de Velázquez, Rubens, Tiziano, Murillo o Goya.
Un rincón del Jardín Francés del Palacio de Liria.
CORTESÍA FUNDACIÓN CASA DE ALBA
La iniciativa brinda a los visitantes la oportunidad de explorar la rica historia de esta joya verde que impone silencio y retiro en medio del bullicio de primer grado que se genera a diario en torno a la vecina plaza de España, popular donde las haya. Los jardines en cuestión, para esparcimiento de los Alba, se han ido modelando a lo largo del tiempo y conforme a distintos estilos, desde el refinado orden francés a la campestre libertad inglesa.
Por un lado, el encanto geométrico del Jardín Francés de Jean-Claude Nicolas Forestier (1861-1930), que, como dicen desde la Fundación, aplica principios geométricos que subordinan la vegetación a las líneas del edificio». Se recortan los setos, se usan parterres que permiten la contemplación de la arquitectura palaciega y se atiende a los estándares de diseño que primaban a principios del siglo XX. Con cipreses, rosaledas y nenúfares en la fuente central. Por otro, el Jardín Inglés, mucho menos intervenido y con árboles centenarios que han crecido a sus anchas aunque vigilados. Magnolios, cedros del Líbano, castaños de Indias, abetos o tejos.
Cayetana de Alba y la flores
Entre los paisajistas -o jardineros- responsables de su perfecta estampa están los propios duques de Alba. Es conocido el amor de la duquesa por las rosas en particular y las flores en general. De hecho, la rosaleda de Cayetana de Alba en Liria se ha hecho grande en las rutas botánicas madrileñas. La aristócrata, según consta en la documentación histórica, priorizó el mantenimiento y la renovación de estos espacios ajardinados, presididos por cuatro esfinges, que simbolizan los cuatro continentes mientras dan fe de la pasión de su padre, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, por Egipto. Otro dato lo confirma: era amigo de Howard Carter, el arqueólogo que descubrió la tumba de Tutankamón en 1922.
Los jardines de Liria tienen cuatro esfinges protectoras.
CORTESÍA FUNDACIÓN CASA DE ALBA
Pero también se ocuparon de la noble floresta maestros de la talla de Ventura Rodríguez (1715-1785), el celebrado arquitecto que le dio el aspecto racional y elegante al palacio, y Francesco Sabatini (1701-1797), a quien le debemos los jardines frente a la fachada norte del Palacio Real. No es casualidad que al Palacio de Liria se le considere «el hermano menor» de este, puesto que Ventura Rodríguez había trabajado previamente en el regio alcázar, así que volcó los conocimientos adquiridos en estos muros, aunque a una escala más íntima.
La historia del Palacio de Liria
Fue Jacobo Fitz-James Stuart y Colón, III duque de Berwick y de Liria, quien en 1753 quiso tener una nueva residencia monumental, que le encargó en un primer momento al francés Louis Guilbert. Pero, por desacuerdos económicos y deficiencias estructurales en las obras, el proyecto acabó en manos del ya consagrado Ventura Rodríguez en 1770, quien modificó los planos para lograr «una síntesis perfecta entre la comodidad residencial que demandaba la aristocracia de la época y la monumentalidad pública de los grandes edificios reales», según fuentes de Palacio. Un palacio neoclásico, en definitiva, eliminando cualquier rastro rococó anterior.
Ventura Rodríguez también intervino en el paisajismo.
CORTESÍA FUNDACIÓN CASA DE ALBA
Curiosamente, no se levantó junto al paseo del Prado, como otros palacios y mansiones, sino a las afueras de la ciudad. Y su fachada no daba directamente a la calle, como solía ser costumbre, sino que se rodeó de estos jardines, introduciendo la naturaleza en el tejido urbano. Una decisión vanguardista en pleno siglo XVIII. Está claro que contribuyó a dar forma al Madrid ilustrado, como todo cuanto hizo Ventura Rodríguez, el autor de la fuente de Cibeles, actualmente en proceso de restauración, y la de Neptuno. Alumbrando de esta manera el Siglo de las Luces.












