Estuvimos hace poco en Bocairent, el pueblo de cuento que puedes recorrer a pie por una ruta mágica, y ahora nos acercamos más a Valencia ciudad, igualmente por el interior. Si pusiéramos rumbo al mar por una línea más o menos recta, con alguna curva, iríamos a parar a Cullera. Nuestro destino es Quesa, en la comarca de La Canal de Navarrés. Un municipio tierra adentro que es famoso por sus fértiles huertas, sus acequias y, redoble de tambores veraniego, por sus piscinas naturales. Es increíble lo extraordinaria que puede ser una excursión cuando uno se interna en semejantes parajes.
Son proverbiales la llamada Huerta del Lugar, colmada de acequias y bancales de regadío, y los Charcos de Quesa, cuatro pequeños lagos con nombre propio en el lecho del río Grande: el charco de la Horteta, el de las Fuentes, el de la Bañera y el del Chorro de Corbera. Decir que son edénicos no es nada más que ser realistas. Ahí están las aguas transparentes y las cascadas despeñándose para exorcizar al calor. Lo que uno ve cuando recurre a la imaginación para refrescarse.
Lo mejor es que no se trata de un lugar recóndito reservado a osados exploradores. Está a solo siete kilómetros de la localidad, entre montañas y rodeado de vegetación mediterránea, pinos sobre todo y el característico monte bajo. Se puede ir andando desde Quesa, atravesando el barranco del río y siguiendo su curso, pero también en coche. Los Charcos son un reclamo turístico, así que la zona está adaptada para los visitantes. Cuenta con aparcamientos, facilidades de acceso para minusválidos, áreas de pícnic, espacio para juegos infantiles, fuentes, aseos, una vía ferrata y ¡sombras!
Quesa, un refugio climático
Quesa está integrado en la Red Natura 2000, la red europea que tiene como fin garantizar la conservación de la diversidad. De ahí que durante los meses de mayor afluencia, con este verano tórrido animándonos a buscar refugio climático, haya que pagar entrada (un euro por persona y dos por vehículo) en concepto de ecotasa. Hay que proteger el entorno y asegurar su mantenimiento. Así es como podrá seguir asemejándose al paraíso y llamándonos a gritos para que nos demos el chapuzón más bucólico.
Así de paradisíacos son los Charcos de Quesa.
COMUNITAT VALENCIANA
Para redondear el viaje y hacerlo más cultural hay que visitar las pinturas rupestres del abrigo de Voro, situado en la parte occidental del río Grande, afluente del Escalona, que es donde se concentra la mayoría de testimonios de este arte primitivo del macizo del Caroig, uno de los conjuntos de Arte Rupestre del Arco Mediterráneo más importantes, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En este abrigo, de unos 20 metros de longitud y una altura entre 1,50 y 2 metros, se conservan medio centenar de pinturas levantinas. Son arqueros, mujeres, cabras y ciervos distribuidos en paredes y techos.
Un castillo y una leyenda
La ruta por el patrimonio continúa por el castillo islámico, levantado en el siglo XI en un enclave rocoso y escarpado, y abandonado tras su conquista por parte de Jaime I (s. XIII). Ha sufrido incendios, terremotos, expolio y falta de consideración. Hoy apenas se ven algunos lienzos de muralla, que permiten adivinar lo que fue el torreón y la torre vigía, y el aljibe esculpido en la roca. Lo que sí se conserva intacta es la leyenda según la cual habría una galería que comunica la fortaleza con el pueblo, por donde escaparon los árabes del cerco cristiano. Y tiene su fundamento ya que, de vuelta a la realidad, en algunas casas se ha descubierto un pasadizo directo a las huertas cercanas.
La ermita de la Cruz es un mirador magnífico.
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Otro mirador impagable, en el camino de subida al castillo, es la ermita de la Cruz, una pequeña capilla de planta cuadrada y tejado a cuatro aguas construida a finales del siglo XIX para conmemorar la visita de los misioneros franciscanos del monasterio de Sancti Spiritu, situado en el Valle de Toliu, concretamente en Gilet (Valencia), muy cerca de Sagunto. Dentro ya de Quesa está la iglesia de San Antonio Abad, obra de los moriscos conversos tras la conquista de Jaime I y reconstruida en el siglo XVII. Presume de altar barroco y de un campanario de más de 20 metros de altura, dominando el perfil del municipio. Lo rematan los típicos azulejos valencianos en azul.
Qué más ver en Quesa
El pueblo también tiene lo suyo, con calles estrechas a las que asoman las fachadas de las casas de labor tradicionales, que aún conservan elementos como las cambras (buhardillas), los balcones o los ornamentos de forja. En la plaza de la Diputación está la fuente La Mina (1948), con seis caños que dan de beber al lavadero público y a la balsa de riego, desde donde una acequia conduce el agua a la huerta. Así lo dejaron para la posteridad los moriscos, expulsados en 1609. Después, Quesa se repobló con colonos de origen aragonés. Tras la epidemia de 1690, solo se salvó una familia, los García, y tuvo que ser nuevamente repoblado y florecer de nuevo. Despunta la casa de las Palmeras, del siglo XIX y estilo colonial.
Los Charcos de Quesa son el mejor plan del verano.
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Quienes quieran hacer senderismo pueden aventurarse por cualquiera de las rutas homologadas. La ruta que se adentra en el cañón del río Grande, o río de las Cuevas, y va por los charcos hasta el abrigo de Voro (15 km, ida y vuelta). La ruta circular de las Fuentes (14 km), que se inicia en la fuente Caldes y pasa por el área recreativa del Salto del Molino para llegar a las fuentes El Portugués y El Príncipe. O el camino de las Cinglas (5 km), que parte de la Huerta del Almas y sube por el sendero de las cinglas, utilizado antiguamente para sacar madera y hoy para el descenso de la vía ferrata Los Fresnos.












