Sandra Hernández

El ordenador se cierra, las notificaciones se silencian, y aun así algo en el cuerpo sigue encendido. La jornada ha terminado, pero el sistema nervioso no ha recibido el aviso. Ale Llosa, creadora del Método KO y los KO Urban Detox Center, lo describe con precisión: «Muchas personas llegan a la noche pero su sistema nervioso sigue en modo trabajo». El cortisol, la hormona del estrés, se mantiene elevado cuando estamos en exigencia constante, y si no se regula antes de dormir, el descanso no es descanso de verdad.

La clave, según Llosa, está en hacer una transición consciente entre el hacer y el ser. «Bajar el cortisol es decirle al cuerpo: ya estás a salvo, puedes soltar», explica. Y una práctica breve de yoga, bien planteada, es una de las formas más eficaces de conseguirlo. A través del movimiento consciente, la respiración y la pausa, se activa el sistema nervioso parasimpático, el de la calma, y el cuerpo pasa de la hiperactivación al equilibrio. Primero se suelta la tensión física, luego baja la mente, y finalmente se ordena la emoción.

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Por la noche, el tipo de yoga importa. «Necesitas yin: movimientos lentos, sostenidos, conscientes», señala Llosa. Aperturas suaves, estiramientos profundos, trabajo de respiración y mucha presencia. No es el momento de la intensidad ni de exigirse, sino de desactivarse. Menos velocidad, más profundidad. El objetivo no es sudar ni trabajar el cuerpo, sino darle permiso para soltar lo que ha acumulado durante el día.

Qué no puede faltar en una secuencia de 10 minutos

Una secuencia corta puede ser muy poderosa si tiene intención. Llosa estructura cualquier práctica nocturna alrededor de cuatro elementos: el aterrizaje, para bajar revoluciones y entrar en el cuerpo; el calentamiento y core power, para soltar las tensiones acumuladas en espalda, caderas y cuello; la respiración consciente, para regular el sistema nervioso; y el cierre de paz, para integrar, soltar y preparar el descanso. «No necesitas más tiempo», dice Llosa. «Necesitas presencia.»


Ale Llosa.


D.R.


La respiración es el elemento central de todo. «Es el puente entre el cuerpo y la mente», explica Llosa. Cuando se respira lento y profundo, el sistema nervioso recibe una señal clara de que puede bajar la guardia. No es metáfora: es fisiología. La respiración lenta activa el nervio vago, reduce la frecuencia cardíaca y le indica al cerebro que el peligro ha pasado. Es la herramienta más accesible que existe para cambiar el estado interno, y siempre está disponible.

Los beneficios de hacerlo cada noche

Incorporar esta rutina de forma regular tiene efectos que van más allá del sueño. «Empiezas a dormir mejor, pero más importante: empiezas a respirar mejor y a vivir mejor», señala Llosa. El cuerpo se siente más ligero, la mente más clara y el sistema emocional más estable. La energía al despertar cambia, la ansiedad disminuye y el enfoque mejora. Son cambios que no ocurren de un día para otro, pero que se empiezan a notar antes de lo que parece.

Hay algo más profundo que también ocurre con la práctica regular. Dejar de acumular tensión cada noche significa no arrastrarla al día siguiente, y eso cambia la forma en que se vive, no solo la forma en que se duerme. «Te vuelves a ti», resume Llosa. El cuerpo deja de ser un lugar donde se guarda el estrés y empieza a ser un lugar donde se vuelve. Esa reconexión tiene consecuencias muy concretas en el día a día.

Diez minutos antes de dormir no es poco tiempo: es el tiempo suficiente para cambiar el estado con el que se entra al sueño. La secuencia no requiere experiencia previa, ni esterilla especial, ni un espacio grande. Requiere parar, respirar y moverse con atención durante un momento. En un día lleno de exigencias, ese momento de vuelta a uno mismo puede ser el más importante de todos.

Y si se convierte en hábito, el cambio es acumulativo. Cada noche que se hace la transición de forma consciente es una noche en que el cuerpo descansa de verdad, y un día siguiente en que se empieza desde otro lugar. No desde el agotamiento del día anterior, sino desde un punto de partida más limpio. Eso, multiplicado por semanas y meses, es lo que Llosa llama volver al centro.

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