La publicación de la versión íntegra de Ariel (Galaxia Gutenberg) nos ha hecho volver la mirada a Sylvia Plath (1932-63), si es que alguna vez la habíamos retirado del todo. Es el poemario que vio la luz dos años después de que se quitara la vida, el que hizo un mito de una escritora atormentada hasta devorar su frágil pero existente felicidad, y el que fue sometido a una lectura a la medida de su leyenda. La edición completa es bilingüe, con facsímil del mecanuscrito y con las notas que Plath escribió para la BBC sobre algunos de sus poemas. Una delicia para letraheridos.
Por si fuera poco, viene precedida de un prólogo de su hija, Frieda Hughes (1960), en el que aclara que «el Ariel que vio la luz por vez primera al cuidado de mi padre era un conjunto bastante diferente del original que mi madre había dejado atrás». Ted Hughes, su padre, había suprimido doce poemas de la edición estadounidense y trece de la edición británica, que sustituyó por otros seleccionados por él mismo de entre los inéditos. Nos había hurtado versos como «y cuando él dé otro paso/ liberaré/ -de la enjoyada muñequita/ que él guarda como un corazón-/ a la leona,/ el grito en la bañera,/ el manto de los agujeros», de Reclusión.
Es de sobra conocida la tormentosa relación que vivió la pareja, carne de culebrón y de película, los dos guapos, con carácter y talentosos, así como la depresión profunda que a ella la persiguió siempre. Se habían conocido en Cambridge, a donde Plath viajó desde Massachusetts gracias a una beca Fullbright. Los dos eran poetas. Se casaron en 1956 y se marcharon a vivir y trabajar a Estados Unidos.
Sylvia Plath y Ted Hughes
Cuando la autora se quedó embarazada, de Frieda precisamente, regresaron a Europa. Londres primero y North Tawton, un pueblo en Devon, después. Por aquel entonces, Sylvia Plath se enteró de que Ted Hughes la engañaba: «A raíz de sus viajes de trabajo a Londres, mi padre inició una relación con una mujer que había despertado los celos de mi madre un mes antes. Al enterarse de la aventura, mi madre estalló». Así que terminó mudándose con sus dos hijos -Nicholas había nacido en 1962- a un apartamento de alquiler en Fitzroy Road, que había sido la casa de otro poeta, el irlandés William Butler Yeats. Para Sylvia, enorme paradoja, fue un buen presagio.
Gwyneth Paltrow caracterizada como Sylvia Plath en la película Sylvia (2003).
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En el texto que antecede al nuevo Ariel, traducido por Jordi Doce, Frieda Hughes cuenta que «mientras vivieron juntos, mi madre compartió con mi padre todos los poemas que escribía, pero, a partir de mayo de 1962, cuando surgieron las tensiones entre ellos dejó de hacerlo». Ese invierno se publicó el poema Suceso en el Observer y «se quedó consternado al ver sus problemas de pareja convertidos en materia de un poema». Al fin y al cabo, Sylvia había asistido en su Boston natal a seminarios con Robert Lowell, igual que Anne Sexton, ambas ganadoras del Pulitzer. Lowell había dado alas a la poesía confesional.
La ferocidad de Ariel
Al morir Plath, el que seguía siendo su marido, pese a la separación de facto, se vio ante una obra como Ariel y un dilema. «Era muy consciente de la extrema ferocidad con que algunos poemas del libro destripaban a las personas cercanas a ella: su marido, su madre, su padre, el tío de mi padre, Walter, incluso vecinos y conocidos». Frieda Hughes pone el caso de Lesbos, que quedó fuera de la edición británica, pues «la pareja descrita de manera tan malévola en sus versos residía en Cornualles y se habría sentido muy ofendida por su publicación». Y lo mismo pasaba con Parada en seco, que aludía al citado Walter. Mientras que otros, como Mujer yerma, «los consideraba menos logrados que sus sustitutos». El polémico Papi, sin embargo, sí lo incluyó.
Hughes fue muy criticado por no respetar el Ariel original. Aquí Frieda Hughes se esfuerza por restaurar la denigrada figura paterna: «Después del suicidio de mi madre y de la publicación de Ariel, se escribieron muchas crueldades sobre mi padre que nada tenían que ver con el hombre que discreta y amorosamente (por más estricto y falible que fuera a veces) se encargó de educarme, a solas o con ayuda de mi madrastra». Contra el pensamiento dominante, dice que «nunca dejó de mantener vivo el recuerdo de la madre que me había dejado, de forma que yo sentía que ella me amparaba y que era una presencia constante en mi vida».
La Sylvia Plath real
El asunto se volvió complejo cuando lo íntimo traspasó sus muros. En palabras de Frieda, «la angustia extrema que llevó a mi madre a suicidarse fue apropiada por extraños que se adueñaron de aquel momento y lo remodelaron». La queja se amplifica: «Era como si pudieran poseer a mi madre real, auténtica, transformada ahora, en esas otras mentes, en una mujer que había dejado de parecerse a sí misma». No fue su suicidio, sino su vida, lo que convirtió a la autora de La campana de cristal en un icono feminista. Y la fama de Ariel no puede deberse a que es el manuscrito que estaba en su escritorio en el momento de morir, sino a constituir «su extraordinario logro, suspendida como se hallaba entre un estado emocional volátil y el borde del precipicio».
La edición íntegra del poemario Ariel, tal y como lo concibió Sylvia Plath.
GALAXIA GUTENBERG
Frente a la novelización de su existencia, «que solo resulta en una parodia de la vida que de veras vivió», están los poemas de Ariel -todos, sin excepciones-, que «la describen mejor que nada ni nadie», con «la complejidad de las muchas capas que componen su ser íntimo», subraya Frieda. Insiste en que, tras su muerte, «mi madre ha sido diseccionada, analizada, reinterpretada, reinventada, novelizada y, en algunos casos, falsificada por completo».
Del amor a la primavera
En otro momento, a propósito de la placa que se colocó en la fachada de la casa en la que vivió más tiempo y no en la que murió, como se pretendía, escribe que «no quería que la muerte de mi madre fuera conmemorada como si hubiera ganado un premio. Quería que el objeto de celebración fuera su vida, el hecho mismo de que hubiera existido, llevando una vida en plenitud de facultades, alegre y triste, atormentada y extasiada, y dando a luz a mi hermano y a mí».
Sylvia Plath quiso abrir Ariel con Albada y el verso «el amor te dio cuerda como a un reloj de oro macizo». «Amor, amor, mi estación», dirá en Los mensajeros. Pero también «el viento amordazándome la boca con mi propio cabello» de El cazador de conejos, que fue eliminado. Como Mujer yerma, Parada en seco o El coraje de callar. Para terminar, eligió Invernando, uno de los poemas abejeros, detrás de los cuales estaba el recuerdo de su padre, Otto, que se fue demasiado pronto: «Ya vuelan las abejas. Saborean la primavera». Antes se había preguntado. «¿Sobrevivirá la colmena, sabrán los gladiolos/ salvaguardar sus fuegos/ para entrar en el nuevo año?».












