Si tengo que pensar en mis primeros recuerdos musicales, sin duda Shakira aparece en ellos. Llevo escuchando sus canciones desde que tengo uso de razón, bailándolas y cantándolas delante del espejo y, por supuesto, soñando con imitar todos y cada uno de sus looks. Por eso, cuando me enteré de que haría una residencia europea en Madrid, tuve claro que era un concierto al que tenía que asistir sí o sí.
Las expectativas estaban altas, y después de más de dos horas de espectáculo, puedo decir que Shakira estuvo a la altura -incluso las superó-. Y lo hizo en un concierto que fue mucho más que una sucesión de grandes éxitos: una demostración de por qué, después de tantos años de carrera, sigue siendo una de las grandes estrellas del pop internacional.
La artista ha convertido su residencia madrileña en un acontecimiento que va mucho más allá de la música. Para acoger sus doce conciertos, que se celebran entre septiembre y octubre, se ha levantado en Villaverde el Estadio Shakira, un recinto con capacidad para más de 50.000 personas. A su alrededor, Macondo Park, un espacio de más de 200.000 metros cuadrados inspirado en el universo de Gabriel García Márquez, propone una experiencia que combina música, gastronomía, moda y cultura. Una auténtica ciudad efímera que prometía convertir cada concierto en algo más que una actuación.
Un viaje por la banda sonora de nuestra infancia
No hace falta esperar demasiado para darse cuenta de que Shakira sigue teniendo una capacidad extraordinaria para conectar con el público. Su repertorio es, sencillamente, envidiable. Hay canciones que llevan más de veinte años acompañándonos y otras que se han convertido en éxitos mundiales hace apenas unos meses, pero todas tienen algo en común: son de esas que resulta imposible escuchar sin ponerse a cantar. Y eso es precisamente lo que ocurre durante buena parte del concierto. Desde los primeros acordes, el público se entrega a un repertorio que parece no tener fin.
Shakira en un concierto en Madrid
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Para quienes hemos crecido escuchándola, el concierto tiene mucho de reencuentro con nuestra infancia. Escuchar Antología, Estoy aquí o Las de la intuición en directo es una experiencia difícil de explicar. Pero lo interesante es que Shakira no necesita apoyarse únicamente en sus grandes éxitos para mantener la atención. Sus canciones más recientes funcionan igual de bien y demuestran que, lejos de vivir de las rentas, sigue siendo capaz de marcar el ritmo del pop latino.
Uno de los momentos más especiales de la noche llegó con la aparición de Alejandro Sanz, que se unió a la colombiana para interpretar La tortura. La complicidad entre ambos y volver a escuchar en directo una de las canciones más populares de los años 2000 conviertieron el momento en uno de los grandes regalos del concierto.
Y, por supuesto, está el baile. Hablar de Shakira es hablar de sus movimientos de cadera, de sus coreografías y de esa capacidad para hacer que parezca que el escenario se le queda pequeño. Durante el concierto, la colombiana demuestra que sigue siendo una de las grandes bailarinas del pop -por no decir la mejor-, con una energía y un dominio del cuerpo que son parte fundamental de su espectáculo. Desde sus movimientos más característicos hasta las coreografías más elaboradas, hay algo hipnótico en verla bailar. Podría pasarse las dos horas del concierto bailando y sin cantar, y el público seguiría igual de entregado.
Una loba que ha convertido su historia en un himno
Más allá de la música, el concierto también funciona como una celebración de la mujer en la que se ha convertido Shakira. La cantante no esquiva las referencias a su ruptura con Gerard Piqué, pero tampoco parece dispuesta a quedarse anclada en ella. Al contrario, ha sabido transformar una experiencia personal en parte de su discurso artístico y en un mensaje con el que miles de mujeres se sienten identificadas.
Las referencias a su expareja y a todo lo que ha vivido en los últimos años se mezclan con mensajes sobre la independencia, la sororidad y la importancia de aprender a levantarse después de una caída. La idea de que las mujeres no tenemos que competir entre nosotras ni pedir permiso para ser quienes somos está muy presente durante el espectáculo. Y, aunque el discurso del empoderamiento femenino se ha convertido en algo habitual en la industria musical, en el caso de Shakira adquiere un significado especial: no es un relato ajeno, sino una parte de su propia historia.
Y si algo demuestra Shakira durante toda la noche es que sabe cómo construir un espectáculo a la altura de su trayectoria. El concierto va creciendo en intensidad hasta llegar a un final apoteósico, con una enorme loba hinchable que aparece en mitad del escenario y que termina de convertir el estadio en una auténtica fiesta. No podía haber una imagen más apropiada para despedir una noche en la que la cantante ha reivindicado una y otra vez su fuerza y su independencia.
Shakira en un concierto en Madrid
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El broche de oro llega con la canción final, su sesión junto a Bizarrap, uno de los momentos más esperados del concierto. Cuando empiezan a sonar los primeros acordes, todo el estadio se viene arriba y miles de personas cantan al unísono «Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan», una frase que ha trascendido la propia canción para convertirse casi en un himno. Es difícil encontrar una manera más contundente de cerrar un espectáculo que ha convertido la historia personal de Shakira en una celebración colectiva.
Al salir del estadio, me queda la sensación de haber asistido a uno de los mejores conciertos de mi vida. Quizá porque llevo escuchando a Shakira desde pequeña, porque sus canciones forman parte de mis recuerdos o, simplemente, porque pocas artistas consiguen mantener esa capacidad de sorprender después de tantos años.












