Francia está llena de pueblos que han fascinado desde siempre a los pintores, sean impresionistas o no. Desde Colliure, que llenó de fauvismo los lienzos de Matisse, hasta Barbizon, donde se reunieron Millet, Corot o Rousseau. Sin olvidar el puerto de Honfleur, que convocó a Boudin o Monet. Esta vez, los pies se nos van hasta Pont-Aven, otro pueblo igual de querido por las musas que hay que buscar no al pie del Mediterráneo, ni en las inmediaciones de París, ni en la Normandía, sino en la Bretaña, en el Finisterre francés.
Pont-Aven está, como su nombre indica, atravesado por el río Aven, que va a verter sus aguas al proceloso y cercano océano. En esta localidad molinera soplan, por tanto, vientos atlánticos, que son los que mueven las velas de los barcos anclados a sus orillas. Una marina que, unida a las estampas eminentemente rurales, captó pronto la atención de numerosos artistas, hasta el punto de crear escuela. Su espíritu bohemio, encarnado en numerosas galerías, permanece.
Quien descubrió este pueblo fue Henry Bacon, que estudiaba pintura en París, como muchos otros estadounidenses por aquel entonces. Era 1864. Como los talleres parisinos cerraban en verano, Bacon convenció a Robert Wylie y Charles Way para marcharse juntos. La línea ferroviaria que unía la capital con el vecino Quimper, inaugurada hacía solo dos años, lo ponía fácil. Poco a poco, empezaron a llegar pintores de Inglaterra, de los Países Bajos y de la propia Francia. Hasta que en 1886 se dejó caer por allí Gauguin, en busca de la paz rural, que suponía una fuente inagotable de inspiración, y también -eran tiempos difíciles- de un lugar barato.
Pont-Aven y Gauguin
A este momento pertenecen sus Cuatro mujeres bretonas, La pastora bretona, La ronda de las pequeñas bretonas o la Joven bretona. Una oda, sin duda, a esta tierra. La exaltación de un mundo donde todavía se mantenía cierta ingenuidad virginal. Ajeno al mundanal ruido, Pont-Aven representaba, de algún modo, el paraíso perdido, que más tarde el parisino iría a buscar a Panamá y terminaría encontrando en Martinica y Tahití. Por cierto, el citado La Ronde des petites Bretonnes (ahora en francés) fue donado por Paul y Rachel Bunny Mellon a la National Gallery of Art de Washington, donde está expuesto.
La Ronde des petites Bretonnes, pintado por Gauguin en 1888 en Pont-Aven.
NATIONAL GALLERY OF ART
En cuestión de quince años, Pont-Aven era el destino preferente para todo aquel que se sentía tocado por el duende y consideraba este rincón bretón como una vuelta a los orígenes. Aún resistían la vestimenta tradicional, los viejos oficios y el pozo sin fin de la tradición oral. Los pontavenistes posaban para ellos y ponían graneros y cobertizos a su disposición para que usaran de atelier. A sus ojos eran «los americanos».
Muchos de estos pintores se alojaron en la pensión Gloanec, que se hizo célebre por la buena mano para la cocina de Marie-Jeanne Gloanec. Entre 1886 y 1894 fue la república independiente de Gauguin y su círculo, en el que estaba otro gran innovador, Émile Bernard, que luego terminaría formando grupo con Van Gogh y Toulouse-Lautrec. Paul y Émile crearon el sintetismo, una apuesta por los colores llamativos, los contornos marcados y el enfoque geométrico. Con ellos nacía la Escuela de Pont-Aven.
Una pensión con arte
Sin apenas medios económicos y aún sin fortuna en el oficio, dejaban sus cuadros en la pensión a cambio de cama y menú o negociaban facilidades de pago. Actualmente, la histórica pensión Gloanec funciona como librería, centro cultural y sala de exposiciones. Después tomaría el relevo el Hôtel de la Poste, regentado por Julia Correlleau primero y por su hija Nicole después. En La Poste, desde los años veinte hasta los ochenta, se dieron cita lo mismo pintores que marineros, turistas y lugareños.
La pensión Gloanec, donde se alojaba Gauguin en Pont-Aven.
HENRI MOREAU/WIKIPEDIA
Estos artistas habían encontrado inspiración también en el Bois d’Amour, junto al río, igual que los de Barbizon la hallaron en Fointanebleau. Hasta este bosque arrastraban el caballete, algo que puede imaginarse cuando se toma el sendero entre hayas y robles que va tras sus pasos. En este Bosque del Amor, Bernard pintó a su hermana Madeleine y se esconde la pequeña capilla de Trémalo, famosa por su techo asimétrico que casi roza el suelo y por albergar el crucifijo que Gauguin convirtió en su Cristo amarillo.
El pueblo de los molinos
Además de la ruta por este bosque encantado, hay que hacer la que discurre por los 14 molinos (o lo que queda de ellos), que estuvieron a pleno rendimiento hasta principios del siglo XX. Hay lavaderos, compuertas y canales. Como testigo de su actividad queda una fábrica de harina, que ha perpetuado la tradición y surte a panaderías y particulares. Cada molino guarda su historia. El Moulin de Kermentec fue inmortalizado por Gauguin en 1894. El de la Petit Tourte llegó a funcionar como capilla provisional, con una campana colgada de una higuera. Y el del Grand Poulguin es un restaurante.
El Moulin du Grand Poulguin es hoy un restaurante.
PASCAL BERNARDON/UNSPLASH
En un pueblo como este no podía faltar un museo, y no le falta. En el Musée de Pont-Aven se puede ver una exposición permanente con alrededor de 5.000 obras y documentos, relacionados con Paul Gauguin y su círculo. Lo completan exposiciones temporales sobre las más diversas tendencias. Ahora está abierta la titulada En la época de Camille Claudel: ser escultora en París (hasta el 8 de noviembre). Asimismo, presume de un jardín donde crecen las mismas plantas y flores que en los cuadros. Este museo fue el Hôtel Julia, regentado por Julia Guillou, otro refugio de artistas.











