Patricia Martín

Charlotte Wood llegó a ser finalista del premio Booker con Stone Yard Devotional, publicada ahora en España como El retiro (Libros del Asteroide). La novela sigue a una mujer que, agotada por su trabajo y en plena crisis personal, abandona Sídney y se instala temporalmente en una pequeña comunidad religiosa en la Australia rural. No es creyente y tampoco busca respuestas espirituales, pero allí descubre una forma de vida basada en el silencio, las rutinas y la distancia del ruido exterior que poco a poco empieza a transformar su manera de mirar el mundo.

Wood, nacida en Cooma en 1965, es una de las escritoras australianas contemporáneas más reconocidas. Ha publicado siete novelas y tres libros de no ficción y entre sus obras destacan En estado salvaje, ganadora del Stella Prize, y The Weekend, que obtuvo una amplia repercusión internacional. En El retiro, sin embargo, lleva su escritura hacia un territorio más íntimo: el de la memoria, la culpa, el perdón, la enfermedad y la necesidad de encontrar un lugar desde el que observar un mundo cada vez más difícil de comprender.

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La novela nació durante los confinamientos y después de una grave enfermedad que, como cuenta Wood, le hicieron replantearse su forma de escribir. «Sentí una necesidad urgente de desprenderme de todo lo que fuera superfluo en mi trabajo», explica. En MUJERHOY hablamos con la escritora sobre el aislamiento, la culpa, el perdón, sus personajes femeninos y el papel de la literatura en un mundo cada vez más acelerado.

En El retiro, una mujer decide dejar atrás la vida que conoce y refugiarse en una comunidad religiosa. ¿Cómo surgio la idea de escribir esta historia?

Lo primero sobre lo que quise escribir fue sobre religión, sobre monjas católicas. Yo crecí en un pueblo muy religioso, y aunque abandoné la religion hace mucho tiempo siempre me he preguntado que podría llevar a una mujer contemporánea a querer convertirse en monja. Históricamente podría entenderlo, pero me costaba imaginarlo en el mundo actual. Entonces llegó el COVID, los confinamientos y todo lo que vivimos durante aquel periodo. En uno de esos momentos volví a mi ciudad natal, donde crecí y que es, en buena medida, el lugar en el que transcurre el libro. Pensé que quería escribir sobre aquel paisaje tan árido, sobre el pueblo, mi infancia, mi madre…

Así es como funcionan los libros para mí: pongo juntas dos cosas que, en principio, no tienen nada que ver. En este caso, pensé en alguien como yo convirtiéndose en monja. No conseguía entenderlo hasta que apareció la idea del retiro, de apartarse del mundo contemporáneo. Entonces pensé: «Ah, ahora lo entiendo». Entiendo el impulso de querer alejarse del caos abrumador del mundo. Y poco a poco todas esas cosas fueron encajando mientras escribía el libro.

¿Por qué una comunidad religiosa? ¿Qué posibilidades te ofrecía ese espacio que quizá no habrías encontrado en otro tipo de comunidad?

Creo que era por el contraste. Al principio, la protagonista piensa que esas mujeres son un poco ridículas. Está encantada de encontrarse en un lugar tranquilo, lejos del mundo, pero se pregunta qué están haciendo allí. Piensa que no están aportando nada, que no están contribuyendo al mundo. Su vida, en cambio, ha estado marcada por la acción y el activismo. Poco a poco, sin embargo, se da cuenta de que su activismo ha fracasado. Todo ese impulso por actuar no ha conseguido ningún beneficio para ella ni para su trabajo como activista medioambiental.

Empieza a pensar que quizá esas mujeres, simplemente permaneciendo quietas y en silencio, sin imponerse sobre el mundo, están haciendo más por él de lo que ella ha conseguido con su necesidad constante de tomar las riendas. También empieza a entender que parte de su trabajo allí consiste en enfrentarse a su propio ego, en aprender a contener esa necesidad de imponerse sobre el mundo. Es una lucha que, en realidad, yo también tengo en mi propia vida interior: cuánto debemos estar en el mundo y cuánto debemos alejarnos de él, y cuál es el lugar más ético en ese espectro.

Hay una tensión constante entre aislamiento y comunidad en la novela. ¿Cuánto necesitamos a los demás incluso cuando creemos que queremos estar solos?

Esa es precisamente parte de la tensión de la que hablaba antes: estar en el mundo o fuera de él. Como novelista, mi instinto es alejarme del mundo, pero vivo en medio de una ciudad. Y también necesito el mundo. Si realmente me fuese a vivir a un lugar completamente aislado, no tendría nada sobre lo que escribir. Necesito salir y ser testigo de lo que ocurre para que eso alimente mi trabajo.


La portada de ‘El Retiro’


Libros del Asteroide

Al mismo tiempo, creo que los artistas necesitamos apartarnos de los demás para tener cierta distancia desde la que observar y transformar lo que vemos en arte. Así que para mí es una tensión constante: estar con la gente o alejarme de ella. Además, crecí en una familia numerosa. Somos cinco hermanos, así que quizá eso también forma parte de mi sensibilidad hacia la idea de comunidad.

Ha dicho que El Retiro contiene elementos de tu propia vida y de tu infancia. ¿Cómo decides qué experiencias personales pueden convertirse en material literario?

Es difícil. No lo había hecho antes de una manera tan directa.Este es mi décimo libro y ya había utilizado elementos de mi vida anteriormente, pero siempre los había disfrazado, transformado o cambiado. En este caso también hay transformación, pero muchas de las cosas relacionadas con la madre de la protagonista proceden de mis recuerdos de mi propia madre. En ese sentido, es un retrato de mi madre y de la ciudad en la que crecí, pero tampoco es completamente fiel, porque está construido a partir de mi memoria.

Tengo cuatro hermanos y, en cambio, la mujer del libro es hija única. Así que no es una representación exacta de mi vida. Muchas de las cosas sobre el pueblo y sobre su infancia, sin embargo, son recuerdos que siento que conservo de una manera muy vívida. Y, aun así, a veces iba a comprobar algún acontecimiento público y no encontraba ningún registro. Entonces pensaba: «¿Me lo he inventado? ¿O realmente ocurrió?». Sobre todo me sucedía con cosas de cuando era muy pequeña o muy joven.

Al principio del libro hay un epígrafe de Elizabeth Hardwick que habla de ese trabajo de la memoria distorsionada. Creo que todos nuestros recuerdos están distorsionados. Son nuestra percepción de algo y nunca van a coincidir exactamente con lo que ocurrió. En este caso, ya había pasado suficiente tiempo desde aquellos acontecimientos como para sentirme preparada para escribir sobre ellos. Me di permiso para hacerlo de una manera que, cuando era una escritora más joven, no me habría permitido.

¿Fue doloroso escribir sobre momentos tan concretos de tu infancia?

No fue un proceso doloroso, pero sí fue complicado encontrar el tono adecuado. Me costó decidir cuánta verdad y cuánta invención podía mezclar sin que resultara extraño. Aunque, en realidad, todo el libro es una mezcla de verdad e invención. Sí tuve una regla muy clara con las cosas relacionadas con mi madre: solo escribiría sobre momentos en los que estuviéramos ella y yo.

No quería coger la experiencia de mi hermana con nuestra madre y ponerla en mi libro. Necesitaba tener claro que todo lo que escribiera sobre mi madre procedía únicamente de mis propias experiencias con ella. Algunas de esas cosas fueron difíciles porque mi madre murió cuando yo tenía veintitantos años y mi padre ya había muerto. Pero no diría que fue doloroso escribir sobre ello. De hecho, fue bonito. Me permitió pensar en qué clase de persona era mi madre.

Escribiste la novela durante los confinamientos por la COVID y mientras atravesabas una experiencia de enfermedad grave. ¿Cómo afectaron esas dos experiencias a la escritura del libro?

Cuando empecé a escribir el libro todavía no habían llegado los confinamientos. Pero antes, en 2019, Australia sufrió unos incendios forestales terribles, los peores que habíamos vivido. Sé que en España habéis sufrido incendios terribles este verano. Hemos seguido lo que estaba ocurriendo con una mezcla de horror y reconocimiento, porque esa sensación de catástrofe, de una intensidad y una destrucción que no habíamos visto antes, es algo que conocemos.

Yo estaba escribiendo algo quizá más ligero y entonces ocurrió aquello. Y justo cuando los incendios empezaban a extinguirse aquí, llegó la pandemia. Fue otra catástrofe para la que no teníamos respuestas. Nunca habíamos vivido algo así. Creo que, a partir de ese momento, el libro adquirió un tono emocional mucho más serio. Todo era muy desconcertante. No sabíamos qué iba a pasar y creo que fue un gran shock para todos. Y después ocurrió algo más: mis hermanas y yo tuvimos cáncer de mama al mismo tiempo. Somos tres hermanas. Ahora estamos todas bien, pero hubo un año de tratamientos y todo lo que eso conlleva. Yo seguía escribiendo el libro y fue otro golpe, otra experiencia abrumadora que afrontar.

Has dicho que, después de todo aquello, sentiste una necesidad urgente de eliminar lo superfluo de tu trabajo. ¿Cómo se tradujo eso en la escritura de esta novela?

Se tradujo en que no hay muchas explicaciones en la novela. El lenguaje está bastante desnudo. No quería explicar demasiado por qué ella había llegado allí, qué había ocurrido con su matrimonio, qué había pasado con su trabajo, cómo se había marchado… No quería llenar el libro de antecedentes ni de explicaciones. Quería hacerlo así desde un punto de vista artístico, pero creo que todo lo que ocurrió también tuvo algo que ver. Y después de todo aquello, especialmente después de la enfermedad de mis hermanas y mía, pensé: «Voy a escribir el libro que quiero escribir y no importa si a nadie le gusta». No quería intentar agradar a todo el mundo.

Cuando escribes libros piensas: «Quizá los lectores no entiendan exactamente lo que quiero decir, así que voy a explicarlo más». Y lo que descubrí escribiendo este libro es que, en realidad, a los lectores les gusta lo contrario. Les gusta hacer su propio trabajo: imaginar, interpretar y participar en el libro. Creo que a veces, especialmente en el mundo editorial, intentamos satisfacer demasiado a los lectores y de una manera bastante aburrida. Pero ellos quieren ser un socio igualitario en la lectura. Así que seguí mucho mis instintos: ninguna explicación, nada que no necesitara estar en el libro iba a estar en él.

Una de las emociones más presentes en la novela es la culpa, junto al perdón, pero no ofreces soluciones fáciles para ninguna de las dos. ¿Qué te interesa de la culpa como emoción literaria?

Estoy más interesada en el perdón que la culpa, aunque probablemente estén relacionados. Hablamos del perdón como si fuera algo muy sencillo, pero creo que es mucho más complejo. Hay una parte hacia el final en la que la narradora habla de algo llamado terapia del perdón. Es una especie de proceso estructurado para alguien que ha sufrido algo terrible y tiene que decidir si quiere perdonar a quien se lo hizo. Es un trabajo moral muy riguroso.


Charlotte Wood


GETTY IMAGES


No se trata simplemente de un intercambio. A veces hablamos del perdón y de las disculpas como si funcionaran así: si hago algo terrible que te hace mucho daño y después digo «lo siento», entonces tú tienes que perdonarme porque me he disculpado. Pero no creo que funcione así. A veces buscamos el perdón para sentirnos mejor nosotros mismos. Eso no significa necesariamente que estemos reparando el daño que hemos causado.

Hay una escena en la que la narradora se disculpa con Helen Perry, la otra monja, por una crueldad relacionada con su infancia. Helen simplemente responde «de acuerdo». No dice «te perdono» ni «no te perdono». Deja la cuestión suspendida y a la narradora con la sensación de que no está resuelta. Creo que hay cosas que no se pueden perdonar. Yo crecí como católica aprendiendo que Dios perdona todo y siempre me resultó difícil entenderlo. Pensaba: si cometes un asesinato brutal y después dices «lo siento», ¿por qué eso debería cancelar lo que has hecho? Siempre me pareció una idea demasiado sencilla. Creo que hablamos del perdón y de las disculpas como si fueran una transacción, y no creo que lo sean.

Ha dicho que no quiere que su ficción sea desesperanzadora, aunque la desesperanza pueda resultar tentadora. ¿Qué puede hacer la literatura frente a un mundo que parece deteriorarse?

A veces parece realmente inútil escribir ficción en este mundo, porque no tiene el poder de cambiar las cosas. Pero creo que sí puede hacernos pensar de una manera más cuidadosa y profunda y, de alguna forma, tranquilizarnos. Vivimos en un mundo permanentemente conectado, donde todo está girando todo el tiempo y recibimos fragmentos de diez segundos de cualquier cosa. Creo que eso literalmente nos está volviendo locos.

Una de las cosas que puede hacer la literatura es aquietar la mente y darnos espacio para pensar y sentir. Y creo que, aunque solo hiciera eso, ya sería algo muy importante, porque los seres humanos necesitamos una vida interior que no tenga que ver con el dinero. También me gusta que la literatura esté disponible de forma gratuita a través de las bibliotecas o de los clásicos que podemos encontrar en internet. Cualquiera que tenga acceso a una biblioteca puede acceder a algunas de las mejores obras de arte del mundo, y eso no ocurre de la misma manera con ninguna otra forma artística.

Creo que la conexión humana, de persona a persona, va a ser cada vez más importante. Algunos de los responsables de la inteligencia artificial piensan que podemos conseguir que los robots escriban novelas y que eso es estupendo. Yo no lo veo así. Las personas que leen mis libros nunca van a leer un libro escrito por una IA porque buscan una conexión humana. Quieren entrar en la mente y en el corazón de otro ser humano. Y eso es lo que es la literatura. No sé qué futuro tendrá la literatura, pero creo que necesitamos esa conexión profundamente, como seres humanos.

Tus personajes femeninos nunca están construidos para ser ejemplares: son contradictorios, incómodos y, a veces, difíciles de querer. ¿Te interesa escribir mujeres que no necesitan resultar agradables?

Sí. Odio esa idea de que las mujeres tengan que resultar agradables. Creo que, en cierto modo, es un proyecto feminista escribir mujeres que sean tan complejas, imperfectas y contradictorias como los hombres. Tengo 61 años y, cuando crecí, me enseñaron que las niñas tenían que ser buenas, educadas y agradables y, desde mi punto de vista, bastante aburridas.

No me lo enseñó mi familia, sino la cultura. Y también el catolicismo, porque las niñas tenían un papel completamente diferente al de los niños. Todo giraba alrededor de ser modesta, callada, agradable y aburrida. No me interesa eso. Y tampoco creo que sea interesante para la ficción crear personajes unidimensionales. El interés de la vida y del drama nace de que las personas no sean completamente buenas ni completamente malas, ni completamente inteligentes ni completamente estúpidas. Cuando miro a mi alrededor no conozco a nadie que sea una sola cosa. Me interesa crear personajes que tengan muchas caras diferentes.

¿Qué consigue El retiro que no habías conseguido en tus novelas anteriores?

Creo que ahora tengo más confianza en no explicarlo todo. En lo que hablábamos antes: podría haber explicado más cosas, pero tuve la confianza necesaria para escribir un libro tranquilo. En el mundo editorial se habla a veces de los «libros tranquilos» como si eso fuera algo negativo, como si un libro tuviera que tener mucha acción o mucho drama. Pero, como lectora, ese tipo de escritura no me interesa demasiado.

Me interesa explorar las relaciones entre las personas que no tienen necesariamente que ver con el abuso o con manifestaciones evidentes de poder. También disfruté jugando con la estructura, que es bastante libre, y con la forma de diario. Los marcos temporales son más complejos. Hay varias cosas que me hacen pensar que este es un libro más maduro. No me avergüenzo de mis otros libros, pero siento que he llegado a un lugar de mayor autoridad con mi escritura.

Después de escribir una novela tan centrada en lo que merece la pena conservar, ¿ha cambiado algo en tu propia vida? ¿Qué has aprendido escribiendo este libro?

No sé exactamente qué he aprendido, porque mis lecciones cambian constantemente. Pero creo que una de las cosas que aprende la protagonista es una especie de ritmo de vida: hacer lo mismo cada día, en el mismo lugar. Yo aspiro a esa sencillez.

Es bastante difícil conseguirla en el mundo contemporáneo, viviendo en una ciudad y estando conectada todo el tiempo. Además, viajo constantemente y todo eso, pero sé que, cuando consigo entrar en un ritmo de rutinas diarias muy sencillas —cocinar, quedarme en casa—, es cuando me siento más arraigada y tengo más espacio, más amplitud mental. No siempre consigo mantenerlo, pero es a lo que aspiro.

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