Después de un verano sin pisar la esterilla, el cuerpo se despista más de lo que parece. José Ballesta Ballesteros, director de la Escuela Yogah en Orihuela Costa, lo describe así: «La mente pierde el hábito, solemos despistarnos con más facilidad y el cuerpo tiene sensación de mayor limitación, especialmente en cuanto a fuerza y flexibilidad». La sensación de esfuerzo es mayor de lo habitual, y eso condiciona todo el planteamiento de la vuelta.
Por eso el primer paso no es entrar directamente en la práctica de siempre. «Debemos comenzar con calentamientos más pronunciados y sesiones más cortas, en las que la mente se acostumbre a concentrarse y el cuerpo no llegue a situaciones de estrés límite», explica Ballesta. La respiración también se resiente al principio. «Es natural poder sentir un poco de limitación, pero, focalizando cuerpo, mente y respiración, volverán a sus sensaciones habituales en un par de semanas de práctica», señala.
No hay un tipo de yoga que quede descartado por sí mismo. «Ninguna práctica es desaconsejable; en todas puedes regular la intensidad», explica Ballesta. El vinyasa, sin embargo, tiene una ventaja concreta para el regreso: «En el yoga vinyasa se suelen realizar sesiones más dinámicas y evolutivas, por lo que puede ser una buena opción para los primeros días de práctica». La clave, más que elegir un estilo u otro, está en saber ajustar la exigencia de cada sesión al punto en el que realmente se encuentra el cuerpo ese día.
Querer estar donde se estaba antes del verano, y quererlo ya, es el fallo más habitual. «Tener prisa en la práctica, querer conseguir objetivos, buscar resultados rápidos», resume Ballesta. Ese afán de recuperar terreno demasiado rápido suele traducirse en molestias en las articulaciones, e incluso pequeñas luxaciones. La impaciencia, más que la falta de flexibilidad o de fuerza, es lo que suele acabar pasando factura en las primeras semanas.
Cómo se estructuran las primeras clases
La duración de la sesión no cambia respecto al resto del año. «La duración suele ser la misma. Ponemos especial atención en el calentamiento, alargándolo un poco más», explica Ballesta. Las posturas de flexión intensa, como el puente, se dejan para más adelante si el alumno no tiene mucha experiencia previa. No se trata de hacer una clase distinta, sino de dar más tiempo a la parte del proceso que más se necesita justo al principio.
Esa selección de posturas no es casual. El calentamiento más largo prepara articulaciones que llevan meses sin recibir ese tipo de estímulo, y evitar de entrada las flexiones más exigentes reduce el riesgo justo en la zona donde Ballesta observa más molestias al volver. Con el paso de las clases, esas mismas posturas se van reintroduciendo de forma progresiva, sin necesidad de forzar el ritmo.
Cuánto tarda el cuerpo en responder como antes
La buena noticia es que el plazo es corto si la vuelta se hace con la pauta adecuada. «Un par de semanas de práctica son suficientes para volver a la normalidad», afirma Ballesta. No hace falta un mes entero de adaptación progresiva ni resignarse a empezar de cero, algo que suele sorprender a quienes temen que el verano haya borrado meses de práctica anterior.
Ese margen de dos semanas coincide, además, con el tiempo que necesitala respiración para recuperar su ritmo habitual, según explica el propio Ballesta. Cuerpo y respiración avanzan a la par en ese proceso de reencuentro con la práctica, y es habitual que ambos elementos mejoren de forma casi simultánea a medida que se acumulan las sesiones.
Septiembre no exige elegir entre volver fuerte o no volver. Con calentamientos más largos, sesiones algo más cortas al principio y paciencia para no perseguir resultados desde el primer día, el cuerpo encuentra su ritmo mucho antes de lo que la impaciencia suele hacer creer. La clave está menos en cuánto se practica y más en cómo se retoma esa práctica tras meses de parón.











