Sandra Hernández

Septiembre funciona en la cabeza como un segundo Año Nuevo. Alicia Vázquez, psicóloga coordinadora de Respira Project, explica el mecanismo: «Septiembre representa un cambio de ciclo muy marcado, por lo que muchas personas lo viven como un segundo Año Nuevo. Tras las vacaciones, el regreso a la rutina nos lleva a hacer balance y a plantearnos qué queremos mantener, cambiar o incorporar a nuestra vida». La psicología lo llama efecto de nuevo comienzo, y describe cómo ciertos hitos temporales aumentan la motivación para iniciar cambios.

Ese impulso, sin embargo, suele durar poco. «El problema no suele estar en la falta de voluntad, sino en cómo planteamos nuestros objetivos. No podemos depender únicamente de la recompensa inmediata: necesitamos conectar lo que hacemos con un propósito y con algo que realmente tenga valor para nosotros», explica Vázquez. Cuando los objetivos son demasiado ambiciosos, mantener el esfuerzo durante meses se vuelve casi imposible.

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Hay una diferencia clave entre ambos conceptos. «Elhábito es principalmente una conducta que repetimos hasta que se vuelve más automática, mientras que el ritual incorpora además un significado personal: tiene nuestra forma, nuestro momento y nuestra manera de hacerlo», señala Vázquez. Por eso el ritual se vive como algo elegido, mientras que el hábito puede terminar sintiéndose como una obligación.

Convertir un objetivo en un ritual ayuda a sostenerlo en el tiempo. «La clave estaría en pasar de tengo que hacerlo a este es mi momento para hacerlo. Cuando una conducta deja de sentirse únicamente como una obligación y empieza a formar parte de nuestra identidad y de nuestra manera de cuidarnos, puede resultar más fácil mantenerla», explica Vázquez.

El mito de los 21 días no tiene respaldo real. «La investigación de Lally y colaboradores encontró que el tiempo necesario para que una conducta alcanzara un nivel estable de automaticidad podía variar enormemente, entre 18 y 254 días, con una mediana de 66 días», detalla Vázquez. No existe un plazo universal; depende de la conducta, la persona y la regularidad con la que se repita.

Cómo negociar con el propio cerebro

El primer paso debe ser pequeño, porque el cerebro tiende a evitar lo que percibe como exigente. «En lugar de voy a entrenar una hora, piensa me pongo las zapatillas y hago 10 minutos», recomienda Vázquez. Asociar el esfuerzo con algo agradable también ayuda: «Nuestro cerebro responde especialmente bien a las recompensas inmediatas y tiende a evitar el malestar. Por eso, asociar el esfuerzo con algo agradable puede facilitar que repitamos la conducta».

Tener un plan concreto reduce la incomodidad de empezar. «Martes y jueves, al salir del trabajo, camino 30 minutos», ejemplifica Vázquez. Cuanto más claro está el cuándo y el cómo, menos esfuerzo mental exige la decisión, y eso es justo lo que hace que la conducta se repita sin necesitar fuerza de voluntad cada vez.

Alrededor del 80% de los propósitos se abandona antes de febrero, aunque la cifra deba tomarse con cautela. «Si planteamos objetivos demasiado lejanos o exigentes, no tenemos un plan concreto, no encontramos una recompensa o un sentido en el propio proceso y hacemos que el cerebro perciba la conducta como un esfuerzo constante, será mucho más difícil mantenerla», advierte Vázquez. Abandonar un propósito no significa falta de disciplina: suele significar que el objetivo no era sostenible.

«No se trata únicamente de conseguir una meta, sino de encontrar un sentido en aquello que hacemos. Cuando conectamos una conducta con algo que realmente nos importa, sentirnos mejor, cuidarnos, tener más energía, disfrutar de nuestro tiempo, el esfuerzo deja de ser el único protagonista», resume Vázquez. Ese es, según explica, el punto en el que un ritual empieza a sostenerse solo, incluso cuando la motivación de septiembre ya se ha desvanecido.

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