El calor no solo se siente en la piel. La Dra. Ana Isabel Sanz, médico psiquiatra, psicoterapeuta y directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias, lo explica así: «El calor altera el funcionamiento de nuestro cerebro y genera una sensación de malestar y estrés que activa el eje del cortisol y la adrenalina. Es una respuesta ante una situación que el organismo interpreta como una agresión o una alerta frente a la que necesita defenderse». La serotonina y la dopamina bajan. La impulsividad sube.
Hay un mecanismo muy concreto detrás de esa irritabilidad de verano. «Ante una situación de estrés térmico, el cerebro reorganiza la distribución de la energía y prioriza zonas más relacionadas con la regulación de la temperatura, como el hipotálamo. Esto puede reducir la disponibilidad de recursos para áreas relacionadas con el razonamiento complejo y el autocontrol», explica la Dra. Sanz. Ahí entra también el sistema nervioso simpático, el que se activa ante una amenaza real.
Pero el calor no lo explica todo. «En verano también dormimos peor, podemos deshidratarnos con mayor facilidad y cambian muchas de nuestras rutinas habituales. Todo ello contribuye a que estemos más cansados, menos organizados y con una mayor sensación de descontrol», señala la Dra. Sanz. Los días largos desajustan la melatonina, y el calor recorta las fases de sueño profundo y REM, justo las que más recuperan al sistema nervioso.
El círculo entre sueño, alimentación y rutina
Ese desajuste se retroalimenta solo. «Dormimos peor, estamos más cansados e irritables y ese malestar repercute a su vez en la calidad del sueño», explica la Dra. Sanz. La comida también pesa: azúcar de más, subidón y bajón de glucosa, irritabilidad garantizada. Y las rutinas que desaparecen en verano dejan un vacío que a veces se convierte en frustración pura.
No todo el mundo es igual de vulnerable. «Los niños muy pequeños y las personas de edad avanzada pueden ser más sensibles porque sus mecanismos de regulación psicofísica son, respectivamente, más inmaduros o están más desgastados», explica la Dra. Sanz. Quienes ya tienen depresión, trastorno bipolar o ansiedad corren más riesgo de recaída, igual que las personas con TEA o TDAH.
Hay más factores en juego, más allá de la edad o el diagnóstico. «Una peor tolerancia biológica al calor, determinados ritmos circadianos, especialmente en personas que funcionan mejor por la tarde, o una elevada necesidad de control y una baja tolerancia a la improvisación y a los cambios de planes», detalla la Dra. Sanz. Ciertos medicamentos que actúan sobre el sistema nervioso también suman sensibilidad al calor.
Dra. Ana Isabel Sanz, Médico psiquiatra y Psicoterapeuta.
D.R.
Qué ayuda a gestionarlo
La terapia cognitivo-conductual tiene mucho respaldo aquí. «Especialmente para trabajar pensamientos catastrofistas o ideas anticipatorias sobre lo insoportable que va a resultar el calor y las consecuencias negativas que tendrá sobre nuestro bienestar», explica la Dra. Sanz. Dormir a horas más o menos fijas, ajustadas a la luz y al calor, también ayuda bastante.
Respirar y relajarse baja la activación del cuerpo. «Otro aspecto importante es la aceptación. No podemos modificar determinadas condiciones climáticas, pero sí podemos ajustar nuestras expectativas y dejar de exigirnos el mismo nivel de productividad cuando nuestro organismo necesita más descanso», señala la Dra. Sanz. Un diario sencillo, anotando cuándo aparece la irritabilidad y con qué se relaciona, calor, sed, mal sueño, puede ser suficiente sin necesitar terapia.
¿Es real todo esto, o exageramos culpando al calor? Es real. «Existen estudios que relacionan los periodos de temperaturas elevadas con un aumento de consultas por malestar emocional y recaídas depresivas. Incluso existe un trastorno afectivo estacional de inicio veraniego, que sería en cierto modo la variante inversa del trastorno afectivo estacional más conocido asociado al invierno», explica la Dra. Sanz. Las expectativas de disfrutar el verano suman presión, pero por debajo hay una base fisiológica que también es cierta.












