Hay rupturas que no solo terminan una relación: también obligan a preguntarse quién eres cuando desaparece la vida que habías construido alrededor de otra persona. Eso es lo que le ocurre a Clara, la protagonista de Los años secos, el debut de Raquel Zas (Viveiro, 1989), que llega a las librerías el 2 de septiembre. Después de separarse de Diego, se queda sin pareja, sin casa y, en resumen, sin la vida que había construído, y vuelve al pueblo de sus padres. Allí, en medio de ese paréntesis vital, empieza a hacerse una pregunta que sostiene toda la novela: ¿qué ocurre cuando dejas de desear?
A partir de ahí, Raquel Zas construye una novela que utiliza la intimidad de Clara para hablar de algo mucho más amplio. De lo que esperamos de las mujeres cuando hablamos de deseo, de las ideas que hemos aprendido sobre cómo debería funcionar nuestra vida sexual y de la presión que puede existir incluso alrededor de algo que, en principio, solo debería pertenecernos a nosotras. Los años secos parte de una ruptura, pero pronto demuestra que su verdadero interés está en todo lo que aparece cuando una mujer empieza a preguntarse qué quiere, qué desea y cuánto de todo eso ha aprendido a querer porque era lo que se esperaba de ella.
Un proceso de duelo realista
Una de las cosas que más me ha gustado de Los años secos es la manera en la que Raquel Zas cuenta una ruptura. No hay aquí una versión edulcorada del duelo ni esa idea de que, después de llorar durante un tiempo, aparecerá otra persona que ocupará el lugar de la anterior. Clara tiene que aprender a vivir con una ausencia que no se puede sustituir y con la sensación de haber perdido, junto a Diego, buena parte de la vida que había imaginado para sí misma. Hay una frase en la novela que resume especialmente bien esta idea: «Las personas que te dejan no son reemplazables. Eso de que te volverás a enamorar es una falacia. El amor no es sustituible». Y quizá sea precisamente eso lo que hace que su proceso resulte tan reconocible: entender que superar a alguien no significa dejar de echarlo de menos ni encontrar rápidamente a otra persona, sino aceptar que aquello que se ha terminado no va a volver a ser igual.
Clara es, además, una de esas protagonistas con las que resulta muy fácil identificarse: porque sus dudas, sus inseguridades y su manera de enfrentarse a lo que le está pasando resultan muy cercanas. Zas no intenta convertirla en una mujer ejemplar ni en una heroína que sale fortalecida de una ruptura, la deja estar perdida, enfadada y triste. Y mientras Clara intenta reconstruir su vida, la novela va mostrando también cómo nos relacionamos con los demás cuando tenemos miedo a estar solos, cuánto podemos llegar a confundir la costumbre con el amor y la necesidad de sentirnos queridos con el deseo.
El deseo femenino, mucho más que una cuestión de sexo
Pero es en la relación de Clara con el deseo donde Los años secos encuentra su verdadero centro. La novela habla de sexo, sí, pero sobre todo habla de todo lo que hemos aprendido a pensar sobre él. Sobre cómo debería ser una mujer que disfruta del sexo, cuánto debería desear, qué significa no tener ganas o no sentirse como se supone que debería sentirse. Y sobre la pregunta que aparece cuando no nos sentimos como nos han contado: ¿el problema soy yo?
Lo interesante es que Raquel Zas no intenta responderla de una manera sencilla. En lugar de decirle a Clara qué debería sentir, la acompaña mientras intenta averiguar qué le ocurre. Los años secos se mete precisamente en ese terreno incómodo para preguntarse cuánto de lo que creemos que queremos nace realmente de nosotras y cuánto tiene que ver con todo lo que hemos aprendido sobre como una mujer tiene que desear.
La vuelta al pueblo de sus padres funciona muy bien dentro de ese proceso. Clara regresa al lugar del que salió justo cuando siente que la vida que había construido se ha desmoronado, y esa vuelta sirve también para mirar de nuevo quién era antes de convertirse en la persona que pensaba que tenía que ser. En ese espacio aparecen la familia, las amistades y otras relaciones que funcionan como contraste con la suya, y la novela amplía así su mirada hacia las distintas formas en las que buscamos afecto, compañía y refugio.
La amistad tiene también un peso importante en la historia. Las amigas de Clara son, en muchos momentos, lo mejor que tiene alrededor: están, escuchan, opinan, acompañan y también ponen los pies en la tierra cuando hace falta. No son un simple apoyo para la protagonista ni aparecen solo para hablar de sus problemas; tienen sus propias vidas, sus contradicciones y sus historias. Con esta historia, Zas te muestra que cuando una relación de pareja se acaba, descubres que hay otros vínculos que llevan mucho más tiempo sosteniéndote. Que las amigas, al final, también son una forma de amor y, muchas veces, una de las más importantes.
Por qué hay que leer Los años secos
Raquel Zas escribe con una claridad emocional que hace que la novela avance con mucha facilidad y que las reflexiones sobre el amor, el sexo, la soledad o la salud mental no parezcan colocadas ahí para que el lector saque una conclusión concreta. Todo pasa a través de Clara y de lo que le ocurre, y eso hace que las preguntas lleguen de una manera mucho más natural.
Los años secos es, en definitiva, una novela sobre una ruptura que termina hablando de muchas más cosas. Sobre el deseo femenino, pero también sobre la presión que existe alrededor de él; sobre la necesidad de sentirnos queridos y sobre la dificultad de distinguirla del amor; sobre la amistad como refugio y sobre lo complicado que puede ser volver a encontrarnos cuando desaparece la persona alrededor de la que habíamos construido nuestra vida.
Y, sobre todo, es una novela que plantea una pregunta que quizá sea bastante más incómoda de lo que parece: ¿qué queda de nuestro deseo cuando dejamos de intentar cumplir con lo que se supone que deberíamos desear? Raquel Zas no ofrece una respuesta cerrada, pero consigue algo mejor: convertir esa pregunta en una historia magnética, cercana y muy fácil de reconocer. Un debut que habla de sexo para terminar hablando, en realidad, de algo mucho más profundo: de aprender a escucharnos cuando dejamos de tener tan claro quién deberíamos ser.












