Sandra Hernández

Septiembre ya ha empezado y la esterilla lleva semanas guardada. José Ballesta Ballesteros, director de la Escuela Yogah en Orihuela, lo tiene claro: «El objetivo es acortar el periodo de inactividad y poder recuperar tus clases con un mejor tono». No se trata de recuperar el nivel de junio en cinco días, sino de que el cuerpo no llegue completamente parado a la primera clase real del curso.

Veinte minutos no dan para mucho, y Ballesta es el primero en decirlo sin rodeos. «Una práctica de 20 minutos no pasa de ser un mero calentamiento; la intención es simplemente el mantenimiento, el ritmo puede ser más suave y las posturas menos extremas», explica. La diferencia con una clase convencional está justo ahí: menos exigencia, más continuidad, y esa continuidad es lo que de verdad marca la diferencia cuando llegue la primera clase completa de la temporada.

TAMBIÉN TE INTERESA

Empezar con tres saludos al sol A y tres saludos al sol B es el punto de partida. «Puedes comenzar con tres saludos al sol A y tres saludos al sol B, enlazar con triángulos laterales, árbol, danzarín y guerrero 3», detalla Ballesta. Después llega el trabajo en el suelo: algunas flexiones anteriores, y el cierre con vela, arado y las posturas de ángulo atado y ángulo abierto, un recorrido que va activando el cuerpo de forma progresiva sin exigirle demasiado desde el primer minuto.

Cinco minutos de pranayama y savasana rematan la sesión. «Realiza cinco minutos de pranayama y savasana», resume Ballesta. Esa combinación de posturas de pie, trabajo en suelo y respiración final es lo que le da a la rutina su arco completo, activando el cuerpo primero para después dejarlo asentarse antes de volver al ritmo del día.

La secuencia que propone Ballesta

Ese orden no es casual: va de lo dinámico a lo quieto de forma deliberada. Empezar con los saludos al sol activa el cuerpo entero, las posturas de pie trabajan equilibrio y fuerza mientras la mente todavía está despierta del todo, y el trabajo en el suelo, más las posturas invertidas como vela y arado, van bajando progresivamente la intensidad. Terminar con pranayama es el cierre lógico de ese descenso: el cuerpo ya está listo para quedarse quieto sin resistirse.

El mejor momento del día para practicarla

El timing importa tanto como la secuencia en sí. «Si puedes, adelanta una hora tu despertar, mantente en ayunas o toma solo alguna bebida caliente e inicia tu práctica antes de comenzar a encadenar rutinas», recomienda Ballesta. Hacerlo antes de que arranque el día, sin haber comido ni empezado a resolver tareas, es lo que potencia el efecto de calma que se busca con esta rutina, antes de que las primeras obligaciones del día empiecen a reclamar atención.

¿Puede algo tan breve preparar de verdad el cuerpo y la mente para la vuelta a la rutina? Ballesta no lo endulza. «Las dos cosas son ciertas: es demasiado breve para una práctica seria y, aun así, mucho mejor que la inactividad», afirma. No es una sesión completa ni pretende serlo, pero cumple una función muy concreta en estos primeros días de septiembre, cuando el objetivo no es progresar sino simplemente no perder el contacto con la práctica.

Aunque no confía demasiado en las rutinas de veinte minutos como sustituto real de la práctica, Ballesta tiene un consejo claro para quien lleva semanas sin pisar la esterilla: no esperar más para empezar. «No esperes a mañana», resume. Esos veinte minutos diarios, por modestos que sean, son el puente entre el parón del verano y la vuelta a una práctica que exige mucho más.

Lo importante, según Ballesta, no es la perfección de cada postura sino la constancia de volver al día siguiente. Veinte minutos repetidos cada mañana pesan mucho más, a la larga, que una única sesión larga hecha una vez a la semana. Y esa es, precisamente, la lógica sobre la que está construida toda la propuesta: pequeña, sostenible y suficiente para no llegar a septiembre completamente desconectada de la práctica.

TAMBIÉN TE INTERESA