Es sabido que Jaén atesora una cantidad soberbia de castillos, a cual más impresionante e inexpugnable, como es lógico. Su condición de paraíso interior, que es un reclamo turístico pero también una verdad incontestable, convierte a esta provincia en un destino por el que adentrarse en busca de estas joyas históricas en magníficos enclaves. Cazorla es el clásico ejemplo a la hora de hablar de castillos -tiene dos- y amor a la naturaleza. Pero no hay que quedarse ahí, pese a que todo invite a ello.
En otro rincón de la geografía jienense, en las estribaciones de Sierra Morena, tierra de bandoleros y leyendas, se alza Baños de la Encina, que no tiene nada que envidiar a Cazorla ni a ninguno de los de su condición. Pensemos en Montefrío, en la vecina Granada, con una fortaleza nazarí y una iglesia redonda. Además, parte de su término municipal está incluido en el Parque Natural de las Sierras de Andújar, un ecosistema mediterráneo rico en pinos piñoneros, encinas, alcornoques, robles y quejigos.
Y no hemos dicho todavía lo más veraniego de todo, que Baños de la Encina se ubica en la margen derecha del embalse del Rumblar, lo que suena prometedor y refrescante, como su nombre. Es aquí donde se encuentra el área recreativa Playa del Tamujoso, un paraje de playa de interior en toda regla, rodeado de pinos y eucaliptos que aportan la sombra que necesitamos, idílica para el pícnic, y un gran valor paisajístico.
Ante nuestros ojos, una lámina de agua tranquila, apta para el baño y para la vela, el piragüismo o el paddle surf, entre la sierra y el olivar, y mirando hacia el mar verde de Sierra Mágina. Ya se sabe que el entorno de Jaén es olivarero. Se halla en la Dehesa de Santo Cristo, a tres kilómetros del núcleo urbano.
Una ruta por la Vereda de las Aguas
Ya puestos, también se puede coger la Vereda de las Aguas, que sale del área recreativa de Los Charcones, en paralelo al arroyo Valdeloshuertos, en busca del embalse y llega hasta el yacimiento argárico de mayor importancia de la zona, Peñalosa. Se trata de un referente clave en la investigación de la Edad de Bronce del Alto Guadalquivir. Por el camino, si el nivel del agua lo permite, se puede ver la fuente Cayetana, de origen romano, que se restauró y agrandó en los siglos XVI y XVII. Son 6,4 kilómetros, que pueden hacerse en unas dos horas.
La playa del Tamujoso es uno de los tesoros naturales de Baños de la Encina.
RESTAURANTE BURY
El pueblo en sí está catalogado como conjunto histórico-artístico. Y lo tiene todo. Un castillo califal en perfecto estado de conservación, una iglesia principal de origen gótico, un santuario con un exuberante camarín barroco, una casa consistorial blasonada del siglo XVI, palacios por doquier como testimonio del poderío de la nobleza, un molino de viento y las callejuelas estrechas y laberínticas fruto del urbanismo árabe.
Un castillo entre olivos
El castillo de Bury al-Hamma, o Burgalimar, se lleva todas las miradas, como suele suceder y es lógico. Se construyó en el 968 en tabiyya, material hecho de arcilla, arena, cal y piedras, y es uno de los mejor conservados de época califal. Presenta una muralla almenada con 14 torres, más la torre cristiana del Homenaje, bautizada como torre Gorda, de estilo ya gótico y con vistas al municipio, lo que indica su carácter señorial y el deseo de tener controlada a la población. La fortaleza se destinó a las tropas bereberes alistadas para luchar contra los cristianos, igual que sus coetáneas de Tarifa (Cádiz), El Vacar (Córdoba) o Zorita (Guadalajara).
Así de blanco y pintoresco es Baños de la Encina.
TURISMO JAÉN
Este recinto defensivo preludia lo que viene a continuación. La iglesia parroquial de San Mateo data del siglo XV, como revelan sus arcos apuntados y su bóveda, aunque estas primeras trazas góticas se vuelven renacentistas en la portada principal (1576) y en la torre de base octogonal y tres cuerpos rematada por pináculos (1596). Se inspiró en la obra de Vandelvira, el gran arquitecto del XVI, que dejó su impronta en Úbeda, Baeza y la catedral de Jaén. Guarda en su interior una de las joyas del arte sacro, un sagrario del siglo XVII en madera de ébano, marfil, plata y conchas de carey.
Qué más ver en Baños de la Encina
Entre el patrimonio religioso, destaca el santuario de la Encina, a cuatro kilómetros de Baños, edificado en sucesivas etapas hasta el siglo XVIII, cuando se fijó su imagen actual, sobre un templo primitivo. Destaca la bóveda de medio cañón, sus siete altares laterales, un patio cercado por un muro y las dependencias de la antigua hospedería y vivienda para santeros. Sin olvidar la ermita del Cristo del Llano (s. XVI-XVII), en pleno descansadero mesteño, como lo llaman, con una sola nave y campanario en espadaña.
Dentro del Jesús del Llano aguarda la gran sorpresa, una torre-camarín de la imagen venerada (s. XVIII), barroca a más no poder y de influencia granadina. Todo lo contrario que la Casa Consistorial, que sorprende por su sobriedad, con fachada de sillería al gusto castellano. Se remonta a los tiempos de Carlos V, luce arco de medio punto, balcón de forja y el emblema de los Austrias. En el interior, llama la atención su magnífica escalera. Donde está el Salón de Plenos hubo, con toda probabilidad, unos baños árabes.
Una de las calles típicas de Baños de la Encina.
TURISMO JAÉN
Por lo demás, todo el casco urbano está lleno de casas señoriales y palacios edificados entre los siglos XVI y XVIII: las casas palaciegas de Caridad Zambrano, Salcedo, Galindo, Pérez Caballero o la del notario Guzmán, cerca del arrabal de los cesteros, cerrando la antigua muralla. Al castillo, las calles sinuosas, los templos, los palacios, el yacimiento argárico y los parajes naturales hay que sumar el molino de viento del Santo Cristo (s. XVII). Lo encontramos en la parte alta del pueblo con una exposición permanente denominada Historias al viento, para saberlo todo de los molinos y el cereal.
Y una propuesta más: El Centenillo, un poblado minero en el que pueden verse las viviendas de los ingleses que estuvieron a cargo de las minas, las escombreras, los lavaderos y las vagonetas. En el capítulo gastronómico hay que probar la carne de monte guisada; el cucharro, un moño de pan con aceite y tomate acompañado de las tradicionales aceitunas; las gachas dulces, las migas serranas, la sobá (torta de aceite) y las magdalenas y hornazos.












