Que José Luis Cuerda eligiera Albacete como escenario de Amanece, que no es poco (1989) dice mucho de esta provincia. No por surrealista, sino por sorprendente. Aunque realismo mágico, como nos ha dejado claro Davis Uclés con su Península de las casas vacías, lo hay en todas partes. Y también en la península ibérica. O en Iberia, como diría el escritor. El cineasta escogió Aýna, Liétor y Molinicos. Y si a estos los encontramos más del lado de Murcia y de Jaén, a Jorquera, hacia donde nos dirigimos, lo tenemos prácticamente ya en Valencia. O en Cuenca, según. Esto es, al noreste. A 50 kilómetros de Albacete ciudad.
Lo primero que hay que decir de este pueblo castellanomanchego, de La Manchuela para más señas, es que tiene como vecino a Alcalá del Júcar, con casas excavadas en la montaña. Y no solo comparten río, sino que son tal para cual, en el sentido de que a pintorescos no les gana nadie, o casi nadie. En la línea del valenciano Bocairent, de cuento y que puedes recorrer a pie por una ruta mágica. O de Morella, en Castellón, que si tuviera mar sería un Mont Saint-Michel.
Es de imaginar entonces que Jorquera está encaramado a un cerro, abrazado por el Júcar, que dibuja un impresionante meandro a su paso, como contrapunto a la llanura circundante que monopoliza el resto del paisaje. Para verlo o, mejor dicho, admirarlo hay que asomarse al mirador panorámico situado a la entrada del pueblo. En este balcón privilegiado es donde se toma verdadera conciencia de lo caprichosa que es la orografía y de la manera tan virtuosa en que las casas han ido acomodándose unas encima de otras para salvar las honduras del precipicio.
Qué ver en Jorquera
No cabe imaginar mejor atalaya ni mejor bastión. Y lo fue, como prueba lo que queda del castillo, hasta donde llegó el Cid Campeador persiguiendo al «moro muy armado», según cuenta la primera Crónica General de España, impulsada por Alfonso X el Sabio. Y como lo prueban también las murallas almohades, construidas en el siglo XIII, y la Torre Blanca, donde, según la leyenda, estuvo cautiva la dama que le da nombre. Esta torre fue levantada a mediados del siglo XV para defender una de las puertas de la localidad, la Puerta de la Villa, igual que la Torre Armez, hoy desaparecida, protegía la Puerta Nueva. La Torre Blanca, restaurada, funciona actualmente como sala de exposiciones.
Jorquera está en lo alto de un cerro sobre el meandro que traza el Júcar.
EMILIO S.H./PEXELS
Por Jorquera habían pasado antes los visigodos y los romanos, pero fueron los musulmanes los que dejaron mayor huella, sobre todo en el sistema de riego y canalizaciones, que hizo floreciente la agricultura de la época y la de ahora, ya que se sigue utilizando. Un paseo por sus calles empedradas nos llevará hasta la iglesia de Santa María de la Asunción, del siglo XVI, concebida como gótica, pero imbuida finalmente del espíritu renacentista. En esta caminata también descubriremos un conjunto de casas solariegas y blasonadas, como en el poema de León Felipe.
De paseo por el casco antiguo
Se trata de la Casa del Corregidor (s. XVIII), junto al ayuntamiento, con el escudo del marqués de Villena y el de la villa; la Casa de los Ortega, en la calle Mayor, de la misma época; la Casa de los Tomás-Alarcón, en la calle Rosario, de ese siglo o del siguiente, pues el escudo muestra las armas de quien fue alcalde y corregidor en el XIX; y otra casa más en la calle Mayor, probablemente del siglo XVII, con un escudo de linaje desconocido.
La iglesia de Santa María de la Asunción preside la estampa de Jorquera.
EMILIO S.H./PEXELS
Extramuros, se encuentra la ermita de Nuestra Señora de Cubas, en la pedanía del mismo nombre, donde se venera a la patrona de Jorquera. Una vez ya fuera del casco urbano, todo invita a acercarse a las riberas del Júcar, un entorno natural de gran valor paisajístico y ecológico. A las hoces y cortados modelados por el río siglo a siglo, se suma la vegetación exuberante, que lo convierte en un oasis.
Senderismo y baño
Un paisaje fluvial en el que se puede disfrutar de su enorme biodiversidad. Y durante los meses estivales -o sea, ya- de una zona de baño junto a la presa, que nos vendrá divinamente si nos lanzamos a la aventura del senderismo. Por ejemplo, por la ruta que va por la margen izquierda del río hasta la pedanía de La Recueja, a unos cinco kilómetros de distancia, pasando en algunos tramos entre las enormes paredes del cañón.
El Júcar también ofrece rutas de senderismo y zonas de baño.
EMILIO S. H./PEXELS
Después, se pueden coger fuerzas en alguno de los restaurantes del pueblo. En El Mirador, además de una estupendas vistas desde su terraza, ofrecen tapas típicas como rabo frito de cerdo blanco o huevos rotos, además de un festival de carnes y pescados. En La Playa, junto al río, sirven una gran cantidad de arroces: de bogavante, a banda, meloso, campestre o de costillas adobadas y ajos tiernos de la huerta jorquerana. Además de clásicos como el gazpacho manchego, el volcán de lomo de orza o el atascaburras, elaborado a mano en el mortero de la abuela Leo (literal).












