Seguro que alguna vez te ha pasado. Da igual que siempre hayas sido una buena lectora o que haya épocas en las que devoras un libro tras otro: de repente llega un momento en el que eres incapaz de terminar un libro. Empiezas uno, lo dejas a medias, pruebas con otro y tampoco funciona. Los libros se acumulan en la mesilla de noche y acabas pensando que, quizá, has perdido el hábito de leer o que no das con el libro perfecto.
A mí también me ha pasado. Durante meses he sido de engancharme a una historia y llegué a creer que simplemente había dejado de disfrutar de una de mis aficiones favoritas. Hasta que descubrí que ese fenómeno, cada vez más común, tiene incluso un nombre entre los lectores: bloqueo lector.
Aunque el bloqueo lector no es un término psicológico, sí se utiliza cada vez más para describir esos periodos en los que resulta difícil concentrarse en un libro o disfrutar de la lectura. La neurocientífica Maryanne Wolf, autora de ‘Lector, vuelve a casa’, lleva años investigando cómo nuestros hábitos digitales están modificando nuestra capacidad de atención. Su teoría es que el cerebro lector necesita tiempo, concentración y práctica, tres cosas que cada vez escasean más porque nos hemos acostumbrado a consumir contenido rápido a través del teléfono.
En mi caso, me di cuenta que la falta de tiempo no era el problema. El tiempo que antes dedicaba a una novela había acabado repartido entre redes sociales, mensajes y pequeños ratos frente al móvil. Además, sin darme cuenta, había convertido la lectura en una obligación. Sentía que tenía que leer las novedades de las que todo el mundo hablaba o esos libros que parecía imprescindible haber terminado para poder participar en la conversación.
Mis trucos para volver a leer
Lo primero que hice para salir de ese bloqueo fue dejar de obligarme a terminar los libros. Puede parecer un detalle sin importancia, pero me costaba muchísimo abandonar una lectura. Siempre pensaba que mejoraría o que, después de tantas páginas, tenía que llegar hasta el final. Cuando dejé de verlo como un fracaso, empecé a disfrutar mucho más.
También dejé de buscar el libro perfecto. En lugar de empeñarme en novelas exigentes, volví a historias que sabía que podían engancharme desde la primera página. Recuperé géneros que siempre me habían gustado, releí algún libro que ya conocía y entendí que, para volver a crear un hábito, el entretenimiento también es importante.
Otro cambio fue quitarme presión con el número de páginas. Durante mucho tiempo pensé que, si no tenía una hora libre, no merecía la pena abrir un libro. Ahora leo diez o quince minutos antes de dormir o en el metro de camino al trabajo. Parece poco, pero esos pequeños ratos acabaron devolviéndome una rutina que había perdido.
También empecé a hablar más de libros con otras personas. Los clubes de lectura y las recomendaciones de amigas me recordaron que leer no tiene por qué ser una actividad completamente solitaria y que compartir una historia puede convertirse en un estímulo para volver a abrir un libro.
El problema de convertir la lectura en una obligación
Curiosamente, muchos especialistas en hábitos lectores coinciden en esa idea. La mejor manera de salir de un bloqueo no suele ser forzarse, sino volver a asociar la lectura con el placer y no con la productividad. De hecho, una de las recomendaciones más habituales es dejar de pensar en cuántos libros leemos al año o en si estamos escogiendo los títulos «correctos». Igual que ocurre con cualquier afición, cuando se convierte en una obligación es mucho más fácil perder el interés.
También aconsejan empezar por libros que resulten fáciles de leer, permitirse abandonar una historia si no termina de convencer y recuperar el hábito poco a poco, sin marcarse grandes objetivos. La idea no es leer más, sino volver a disfrutar de ese rato de desconexión que ofrece un libro.
Con el tiempo me di cuenta de que el problema no era que hubiera dejado de gustarme leer. Simplemente había convertido una afición en otra cosa más de la lista de tareas pendientes. Quería leer los libros de los que todo el mundo hablaba, terminar todo lo que empezaba y mantener un ritmo que no siempre me apetecía.
Al final descubrí que salir del bloqueo lector no tenía mucho misterio. Dejé de obligarme a terminar novelas que no me convencían, escogí libros que de verdad me apetecía leer y acepté que diez páginas también cuentan.












