
miércoles 06 de mayo de 2026
Alfred Hitchcock decía que no se podía hacer una gran película a partir de una gran obra; en todo caso, había que tomar una novela menor para convertirla en una gran película. Aunque la frase hacía referencia a la literatura, puede trasladarse a esta época de remakes innecesarias. La Ben-Hur (2016) jamás podría estar a la altura de la versión clásica protagonizada por Charlton Heston. La pregunta es: ¿realmente lo intenta?
La Ben-Hur (1959) de William Wyler es una película enorme más allá de su grandilocuencia temática y formal, algo muy difícil de igualar para el ruso Timur Bekmambetov, responsable de esta nueva adaptación y conocido por Abraham Lincoln: Cazador de vampiros (Abraham Lincoln: Vampire Hunter, 2012). La comparación es inevitable, y hasta los productores, faltos de ideas, apelan constantemente al recuerdo de aquella cinta para atraer al público.
Esta Ben-Hur del siglo XXI está concebida como una película de acción, poniendo el foco en la rivalidad entre los hermanos Judah Ben-Hur (Jack Huston) y Messala (Toby Kebbell), quien lo traiciona —motor central del clásico—, aunque aquí se incorpora una redención final en clara sintonía con las épicas bíblicas contemporáneas como Noé (Noah, 2014), Éxodo: Dioses y Reyes (Exodus: Gods and Kings, 2014) y La resurrección de Cristo (Risen, 2016). El film funciona en sus escenas de acción, pero resulta muy pobre en su dramatización histórica.
Existieron otras versiones de la novela de Lew Wallace: una adaptación no oficial de 1907, la protagonizada por Ramón Novarro en 1925 y la miniserie de 2010, que profundizaba la relación desde la infancia entre Judah y Messala. Esta nueva versión parece conocerlas a todas, aunque eso no implique interés alguno en serles fiel. El verdadero despliegue está puesto en el uso de CGI para las escenas de la batalla naval y, sobre todo, para la célebre carrera de cuadrigas del circo romano —algo evidente incluso desde el afiche—.
Todo, sin embargo, aparece exagerado. Ya no es una simple teja caída la que desencadena el conflicto y condena a Judah a la esclavitud, sino un atentado con flechas. La violencia es mucho más explícita, acorde a los tiempos políticos actuales y a cierta lectura sobre el terrorismo contemporáneo. Pero, al no existir un verdadero anclaje histórico, la referencia termina resultando acartonada, propia de una clase B que utiliza elementos históricos únicamente en función del entretenimiento más primitivo.
Esta versión de Ben-Hur jamás podrá igualar a su enorme antecesora ni a ninguna de las grandes épicas del Hollywood clásico. Hay que pensarla más bien en relación con las producciones bíblicas contemporáneas, con las que comparte un mismo denominador común: foco absoluto en la acción, reinterpretación histórica libre y un cristianismo de estética publicitaria. En ese sentido, termina siendo tan fea e intrascendente como muchas de ellas.








