sábado 02 de mayo de 2026

El director Cristian Ponce vuelve a sumergirse en ese mundo oscuro, analógico y fantasmal con La frecuencia Kirlian (2026), una película que expande el imaginario de la webserie y transforma la radio nocturna de Ingeniero Kirlian en una experiencia más ambiciosa: una antología de pesadillas atravesada por el miedo, la marginalidad y una persistente sensación de fin del mundo.

La película funciona como una transmisión maldita. Cada relato irrumpe como una interferencia distinta durante esa última noche al aire, en la que un cometa amenaza con borrar la ciudad entera. Entre monstruos, revistas poseídas, desapariciones y criaturas ocultas en los márgenes del pueblo, el verdadero terror emerge de aquello que nadie quiere mirar.

La animación conserva la textura áspera y artesanal de la serie original, mientras que las secuencias en acción real aportan una dimensión física y decadente que vuelve más tangible la amenaza constante. Todo parece existir en un limbo temporal: un pueblo detenido en los años ochenta, iluminado por tubos fluorescentes y atravesado por voces de radio que suenan como mensajes del apocalipsis.

La frecuencia Kirlian no intenta imitar modelos extranjeros ni disimular su identidad bajo códigos ajenos. Por el contrario, abraza el conurbano desolado, las rutas oscuras, las radios locales y el lenguaje cotidiano para construir un terror propio, incómodo y cercano.

Sin embargo, el formato episódico también juega en su contra por momentos. Algunas historias impactan más que otras, y ciertas referencias a clásicos del género resultan demasiado evidentes. La película nunca cae en el plagio, pero el eco de las grandes antologías de terror se hace sentir. Además, aunque la simpleza visual de la animación acompaña el tono artesanal del proyecto, hay escenas que se perciben limitadas y dejan la sensación de que la propuesta podría haber sido más arriesgada en lo visual.

Más que apoyarse en jumpscares o golpes de efecto, La frecuencia Kirlian construye el terror desde la incomodidad y la sensación de estar escuchando algo prohibido a las tres de la mañana. Allí reside buena parte de su encanto. Como toda obra de culto, le alcanza con tener una identidad propia, un universo reconocible y la capacidad de sugerir que, incluso después del final, la transmisión todavía sigue sonando en algún rincón perdido de la noche.