
Las aulas y el entorno rural agropecuario se entrelazan en una misma historia con contradicciones entre la educación, las crecientes problemáticas ambientales y el sistema productivo del campo. A partir de esa realidad -y de una experiencia en primera persona en la ruralidad de Córdoba y Santa Fe- toma forma el documental Una canción para mi tierra (2024), una película que interpela desde lo cercano.
Ramiro Lezcano, el protagonista de este filme, es un maestro que propone acercar las maravillas de la creación musical a las infancias y que, en el proceso, descubre una problemática que amenaza la salud de niños y docentes: fumigaciones con agroquímicos en zonas cercanas a establecimientos educativos. En este marco -lejos de quedarse solamente en la denuncia del hecho- impulsa una propuesta creativa basada en componer canciones que reflejen lo que los estudiantes viven y sienten. Así la música deja de ser solo un contenido curricular y se transforma en un canal de expresión. Los chicos escriben letras, ensayan, intercambian ideas y construyen un relato propio sobre su realidad. En ese proceso incorporan herramientas musicales y, entre risas y juegos, desarrollan una mirada crítica sobre su entorno.
La iniciativa, sin embargo, encuentra obstáculos. Parte de la comunidad, ligada al modelo productivo local, no está del todo feliz con el proyecto. A eso se suma el silencio o la indiferencia de algunos medios, junto con las presiones de sectores que buscan evitar la exposición del tema. Frente a esas resistencias, el proyecto crece: Ramiro propone organizar un gran encuentro musical en el campo, un “Woodstock ambiental” donde las canciones funcionen como forma de concientización. La idea, disruptiva e idealista, busca interpelar a la comunidad, trascender el ámbito local y generar impacto en otros espacios.
Es en esa expansión donde comienzan a sumarse figuras que potencian la iniciativa, como Lito Vitale, Gustavo “Chizzo” Nápoli, Mavi Díaz, Andrea Echeverri, Héctor Buitrago y León Gieco quien ofició de “padrino” de la película: “A mí me convenció el proyecto de Ramiro. Esto empezó mucho antes, con canciones ya compuestas por los chicos, haciendo discos. Yo descubrí un disco un día, no recuerdo si me lo habían mandado. Vi la lista de artistas que había y pensé: es la primera vez que veo algo así, nadie había reunido tantos artistas invitados en un disco. Y yo no estaba. Entonces me puse un poco nervioso y dije: ‘¿por qué no estoy yo?’. Estaba Rubén Blades, muchos otros artistas, una cantidad increíble. Entonces lo llamé yo. Él me dijo que habían intentado contactarme, pero no me encontraban. Y le dije: ‘Che, quiero estar en esto’. Y acá estoy”, comentó Gieco.
Una canción para mi tierra sigue de cerca este proceso y construye un relato que busca perdurar en el tiempo. “Me hace acordar a mis canciones, que escribí en los 90 y siguen actuales. Esta película también lo va a ser. Y además es un incentivo para pensar otra forma de trabajar la tierra”, expresó Gieco sobre una producción que muestra el trabajo en el aula, los ensayos, los vínculos entre docentes y alumnos y los encuentros con artistas que se suman desde la mirada de los propios estudiantes. “Cuando Ramiro llega a la escuela, los chicos están concentrados en sus tareas. Pero cuando suena el primer acorde de la guitarra, aparece la sonrisa. La música genera algo inmediato, una conexión. Y a partir de ahí surgen cosas maravillosas”, agregó.
Los verdaderos protagonistas son los estudiantes. A través de sus canciones logran poner en palabras experiencias que muchas veces no encuentran otros canales de expresión, mientras que el documental funciona como una plataforma que amplifica esas voces. En ese sentido, Gieco expresó: “Yo fui alumno de una escuela de campo, y la maestra me pasaba a buscar porque veía algo en mí cuando tenía tres años. Eso me marcó mucho. Y veo eso en Ramiro: esa paciencia, ese compromiso. Creo que es una película emocionante desde el comienzo hasta el final. No hay golpes bajos. Es difícil encontrar material así. Para mí es una película para ganar el Oscar”.
El documental no busca ofrecer respuestas cerradas ni señalar culpables, sino abrir preguntas y generar conversación. Un camino que revaloriza el arte como herramienta de transformación social. “El mayor reconocimiento es que va a ser una película atemporal. Dentro de 40 años se va a poder ver en una escuela y va a seguir vigente, porque estos problemas van a seguir existiendo”, concluyó Gieco sobre el filme que visibiliza una realidad muchas veces ignorada: la de las comunidades rurales y, en particular, la de las infancias que habitan esos territorios.








