El Cabo de Gata también es para el invierno, cuando las playas se quedan desiertas y todo el paisaje exhibe con descaro su desnudez de roca volcánica. Se ve perfectamente en Agua Amarga, nuestro destino. La Almería costera es así, nuestro Lejano Este, con mucho de wéstern y la música de Ennio Morricone. Silbar aquí es cantar. Pero es ahora con la primavera cuando sus calas secretas y paradisiacas resultan más tentadoras ante la posibilidad de bañarse en aguas transparentes y después secarse a un sol que todavía no es inclemente.
Lo que tiene este Mediterráneo es que a nada que te alejes de la orilla te parecerá que estás en alta mar, nadando sobre una pradera de posidonia oceánica, entre miles de peces y al resguardo de sus imponentes acantilados. Sí, el Parque Natural del Cabo de Gata sigue teniendo mucho de virginal, como recién descubierto y sin colonizar. Ninguna construcción a la vista, si acaso algún cortijo que apenas resalta. Casi cincuenta kilómetros de costa que son toda una lección de geología: coladas de lava, domos y playas fósiles. Las paredes rocosas muestran geometrías insólitas y formas caprichosas. Todo salvaguardado milagrosamente.
Esta vez no nos vamos a las conocidas playas de Mónsul y los Genoveses, en San José, sino a ese otro pueblo con encanto marinero que es Agua Amarga, rodeado igualmente de esta naturaleza salvaje en la que tan fácil resulta volver a los orígenes, recuperar la libertad. Este rincón de nuestra geografía marítima, al igual que el citado San José, pertenece al municipio de Níjar, el más extenso de Almería; comprende nada menos que treinta y siete localidades.
Por qué te va a encantar Agua Amarga
El mismo Níjar es un pueblo con un casco histórico muy auténtico, que le ha valido formar parte de la asociación Los Pueblos Más Bonitos de España. Blanco, con calles estrechas, casas típicas y muchas flores. Así es también Agua Amarga, solo que con la fortuna de estar junto al mar y de disponer de unos cuantos hoteles mediterráneos a más no poder, sumándose a la arquitectura popular vernácula, y unas terracitas donde tomarse algo mientras el sol vuelve a ponerse.
Esta localidad, que aún conserva su tradición pesquera, como delatan sus pequeñas barcas de colores, tiene algo de Calella de Palafrugell, el pueblo de la Costa Brava que más suena a habanera, pero a lo almeriense. Al pueblo blanco con puertas y ventanas azules en muchos casos, buganvillas por doquier, rincones pintorescos, tiendas de artesanía y vistas privilegiadas desde cualquier improvisado mirador, se suma el sobresaliente entorno.
La arquitectura de líneas rectas conforma el paisaje de Agua Amarga.
EL TÍO KIKO
Por un lado, la Mesa Roldán, ya perteneciente al vecino Carboneras, donde se alza un faro y una torre de vigilancia costera construida en el siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, sobre otra de origen árabe. Merece la pena subir porque las vistas son extraordinarias. A su lado, la famosa playa de las Muertos, presumiendo de extensión, agua azul y guijarros.
Senderismo por el Cabo de Gata
En la otra dirección, hacia las salinas y el faro del Cabo de Gata, por las venas y arterias del parque natural, es donde se encuentran los parajes más insólitos y apabullantes. Como leer unos versos de Hölderlin o ver El espejo de Tarkovski. Una emoción comparable. De Agua Amarga sale una ruta de senderismo que hará las delicias de quienes huyen del mundanal ruido. ¿Destino? La mítica cala de San Pedro, famosa por ser un reducto histórico de hippies y referente de nudismo. Su belleza está fuera de duda. En total, 16,6 kilómetros.
El camino sale de la margen derecha de la rambla de Agua Amarga, asciende en paralelo a una coqueta urbanización y gana altura enseguida. Desde arriba, nada más empezar a andar, ya se tiene el regalo de una panorámica magnífica. Un caserío totalmente blanco al abrigo de montañas casi negras. El paisaje es lunar y no hay ni la sombra de un árbol, por lo que no es recomendable hacerla en pleno verano, a no ser que se vaya directamente a la cala más cercana. El mar, que no se pierde de vista, no siempre queda a mano.
A la cala de Enmedio, junto a Agua Amarga, solo se puede llegar a pie o por mar.
WIKIPEDIA/MDEVICENTE
En apenas dos kilómetros se llega a la cala de Enmedio, a la que hay que bajar ex profeso y luego subir si se quiere continuar la ruta. Hay que decir que solo ella ya vale el viaje. Sus paredes son dunas fosilizadas que unas veces parecen olas y otras fauces, creando cavidades por donde el mar se cuela a su antojo. En medio, entre los cerros que la guarecen, despliega la playa su infinita y placentera arena. El baño, ni que decir tiene, es inolvidable.
La siguiente parada es la cala del Plomo, ya no tan recóndita porque se puede acceder a ella en coche por una pista de tierra, pero con mucho de idílica. En sus prolegómenos, se encuentran hermosos ejemplos de arquitectura rural almeriense. Habremos sumado hasta aquí otros dos kilómetros por este mapa geológico. La cala de San Pedro es ahora nuestro destino y, en principio, el final un tanto apoteósico de este recorrido.
Este rincón del hotel Real La Joya resume bien el espíritu de Agua Amarga.
REAL LA JOYA
Nos quedan por delante algo más de cuatro kilómetros. Sin olvidar en ningún momento que San Pedro es mucho más que una cala. Es un emblema del Cabo, con el regalo de una fuente natural de agua potable, exótica vegetación -muy de agradecer en estas latitudes-, las ruinas del castillo que le da nombre y algún improvisado bar tan sorprendente como todo alrededor. Se puede continuar hasta Las Negras, pueblo con mucho ambiente, o iniciar el camino de retorno, con la perspectiva diferente que siempre da la vuelta.
En Agua Amarga nos esperan los arroces y el pescado fresco del restaurante Los Tarahis, a pie de playa; el pulpo de Agua Amarga 3; las delicias, ya sean carne o pescado, del asador La Chumbera, frente al mar; el curri verde o el ajoblanco de mango con salmón y aguacate de La Cocina del Tío Kiko; y el puerro confitado acabado en brasa o la ensaladilla de atún rojo de La Villa. Como alojamiento se puede elegir entre el hotel Senderos, El Tío Kiko, Mika o el Real La Joya. Todos guardan la esencia mediterránea.












