“De las que nos damos acá contra el Covid, esta vacuna no se parece a ninguna”. Juliana Cassataro es el tipo de persona que siempre se inclina hacia la mesura. No a los exabruptos, sí a la cautela y a las palabras justas. Pero este martes está exultante. Anunciaron que la vacuna en la que viene trabajando desde que comenzó la pandemia arrancará la fase 1, tras obtener una autorización de la ANMAT que abre las puertas para iniciar la llamada “fase clínica”. O sea, probarla en humanos.
Si todo sale como se espera, en un tiempo tal vez digamos “a mí me tocó la ARVAC”. El nombre completo del compuesto es ARVAC “Cecilia Grierson“, en homenaje a la primera médica argentina, un desarrollo conjunto de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), el Conicet y laboratorio Cassará.
La ARVAC no solo podría ser la primera vacuna argentina contra el coronavirus. También, la primera que haya alcanzado la fase 1 en el laboratorio que dirige Cassataro (dentro del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas de la UNSAM) y, aún más importante, una de las primeras de su tipo que haya llegado a la fase 1 en el país.
El laboratorio de Inmunología, Enfermedades Infecciosas y Desarrollo de Vacunas del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas de la UNSAM. Foto: Andrés D’Elía
“Podría equivocarme, pero creo que este es uno de los primeros desarrollos nacionales contra una enfermedad infecciosa a través de una vacuna preventiva. O sea, vacunas terapéuticas existen, pero preventivas que hayan llegado a fase 1, producidas y desarrolladas acá, salvo la que combate la fiebre hemorrágica argentina, creo que no hay”, apuntó.
Voluntarios
Lo que sigue para el equipo de nueve investigadores bajo el ala de Cassataro, más “unos 20 o 25 que se ocupan de temas diversos, desde médicos hasta expertos en temas regulatorios” es un trabajo arduo de unos tres meses de duración.
Seguirán el día a día de 80 voluntarios, “todos adultos sanos”, explicó. ¿Vacunados? “Sí, con dosis 1 y 2 de distintas marcas y plataformas. Además, podrían haber tenido Covid. No nos importa”, agregó.
Porque “la fase 1 es principalmente un ensayo de seguridad de la vacuna. Era importante tener una muestra razonable de la población argentina”.
El comentario hace alusión a dos hechos evidentes: buena parte de la población local (casi el 81%) tiene el esquema inicial de vacunas completo. Y, además, casi 9 millones de personas (20% de la población) están recuperadas de coronavirus, cifra que, como se sabe, acarrea un indescifrable subregistro.
Cassataro explicó a Clarín que van a probar dos formulaciones distintas, es decir, dos “cantidades” o dosis diferentes para la misma vacuna. En principio, en una sola dosis, aunque “podrían terminar siendo dos”.
Plataforma
¿A qué vacuna se parece la ARVAC? Al comienzo de estas líneas Cassataro explicaba que “a ninguna de las que hay en el país contra el Covid”.
Sin embargo, es una plataforma conocida por otras vacunas que se usan en forma masiva, como la que desde hace al menos dos décadas previene la hepatitis B o aquella que se aplica a chicos y adolescentes contra el HPV.
La tecnología se basa en el uso de proteínas recombinantes. Según Cassataro, “es una plataforma muy conocida y muy segura. Utiliza hidróxido de aluminio como adyuvante (N. de la R.: una suerte de “push-up” para que se eleve la respuesta inmunológica) y no lleva el virus entero sino una ‘partecita’ de virus purificado. Esto la vuelve especialmente segura, pensando en si uno tuviera que darse dosis seguido, cada cuatro meses, por ejemplo”.
¿Es esa la idea? ¿Dosis cada cuatro meses? La experta lanzó un inesperado “todavía no se sabe”, pero aclaró un punto central: este prototipo de vacuna les permitiría cambiar la variante que combate con relativa facilidad.
“Nosotros estamos haciendo una vacuna contra Ómicron, pero si viene una nueva variante, en tres meses la podríamos cambiar, por lo que puede ser un buen refuerzo para el futuro”, opinó.
Fábrica de vacunas
El paso que dan Cassataro y su equipo es de una trascendencia enorme, no del todo comparable a las otras etapas que implica fabricar una vacuna de cero.
“Depende de la vacuna, pero es verdad que pasar de la mesada del laboratorio a los ensayos preclínicos, y luego, de la fase preclínica a fase 1, son pasos importantes. Puede haber muchos problemas en el medio, sin contar el tema de conseguir una empresa que en el futuro pueda realmente fabricar la vacuna”, apuntó.
Lo último es clave y explica por qué eligieron la plataforma de proteínas recombinantes: “No es tan sencillo conseguir una compañía que pueda producir a escala, que tenga capacidad para producir lotes y lotes”.
“Estar en fase 1 es considerado como que el desarrollo va a ser un producto real”, dijo, entusiasmada, y agregó: “Justamente, el laboratorio Cassará tiene capacidad industrial instalada en el país, en el marco de lo que se consideran las ‘buenas prácticas de manufactura‘. Hoy está en condiciones de producir 10 millones de vacunas por mes. De entrada supimos que la plataforma que eligiéramos debía poder producirse acá”.
¿Se cuelan temores cuando todo marcha sobre ruedas? Cassataro admitió que sí: “Es un prototipo muy seguro y creo que todo va a avanzar bien, pero lo más difícil va a ser evaluar la respuesta inmune porque son todos voluntarios que recibieron distintos tipos de vacunas. Hay que poder hacerlo. Y, después, sumar individuos para poder sacar verdaderas conclusiones inmunológicas”.
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