Cuentan que con las naranjas recogidas en estos jardines se elaboraba la mermelada que consumía Isabel II de Inglaterra. Están en el palacio real más antiguo de Europa en uso. Un palacio que no tiene nada que ver con el resto. Lo mandó construir Abderramán III sobre la antigua basílica de San Vicente en los años 913-914. Lo habitaron califas, emires y reyes como Al-Mutamid, hasta que Fernando III el Santo conquistó la ciudad y se convirtió en residencia de los reyes de Castilla. Son los Reales Alcázares de Sevilla, en plural. Patrimonio de la Humanidad junto con la catedral, o sea, la Giralda, y el Archivo de Indias. «¡Sevilla para herir!», grita Federico García Lorca en el Poema del cante jondo.
Esa belleza que hiere está entre estos muros, no al cuadrado sino al cubo, mezcla soberbia de arte islámico, mudéjar, gótico, renacentista, manierista y, cómo no tratándose de Sevilla, barroco. Solo la puerta del León, que abre la muralla exterior, impresiona. Antiguamente se llamó la puerta de la Montería porque por aquí salía el rey de caza con sus monteros. El recinto sigue siendo de reyes. De hecho, aunque de titularidad municipal, oficia como residencia de los miembros de la familia real española cuando están de visita en la ciudad. Como lo fue de los Reyes Católicos, de Felipe V, Isabel de Farnesio y el futuro Carlos III, de Fernando VII y de Isabel II.
Hay mucho para ver en el Alcázar de Sevilla. La sala de Justicia, el patio del Yeso, el palacio de Pedro I, el patio de las Muñecas, el patio de las Doncellas, la alcoba real, el salón del Techo de Carlos V, el salón de Embajadores… y un larguísimo etcétera. Una auténtica exhibición de poderío, testimonio de un esplendor sin medida y de una suntuosidad propia de Las mil y una noches, enaltecida tras la conquista de América. De paso, una jugosa lección de historia.
Jardines reales
Sin embargo, son los jardines los que nos atraen por ser otoño y no primavera. Por tener Sevilla un color especial más allá del albero que luce la plaza de España y tantos edificios históricos. Los jardines del Alcázar de Sevilla, que pintó Sorolla, son los más antiguos de la ciudad y también han ido transformándose a través de los siglos. Ya en el X, los musulmanes dotaron a la fortaleza de pequeños patios ajardinados y grandes huertas. En el XVI fueron remodelados, conservando la herencia musulmana, tanto los jardines compartimentados como las fuentes bajas y la azulejería.
La galería del Grutesco con su órgano de agua es una de las joyas del Alcázar sevillano.
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No es un jardín, sino varios. Con todo tipo de elementos decorativos y rincones para el recreo. Ahí está el proverbial estanque de Mercurio, con la estatua renacentista del dios griego en medio y la galería del Grutesco al fondo, abierta por la puerta del Privilegio. Esta galería, a la que se puede subir para contemplar el recinto en su inmensidad, es un muro de 160 metros que fue un lienzo de la muralla almohade, decorada con hileras de piedras, imitaciones de mármoles y frescos con escenas mitológicas. Se suma un órgano de agua, que produce notas musicales. Es la llamada fuente de la Fama, única en España. Quizá sea el lugar más pintoresco del alcázar.
De Mercurio a Troya
Desde el estanque de Mercurio se baja al jardín de la Danza por unas escaleras. Se llama así por las estatuas de un sátiro y una ninfa bailando que hubo en la entrada, hoy desaparecidas. Es cuadrangular, tiene una fuente baja del siglo XVI y dos magnolios sobresalientes. Por aquí se accede a los baños de María Padilla, unos pasajes abovedados del siglo XII donde el agua hace de espejo. Por haber hay hasta un jardín de Troya, con una galería con arcos de medio punto y detalles grutescos, además de una fuente con taza de mármol.
Este último se comunica con el jardín de la Galera, con cuatro arriates, que a su vez da al fastuoso palacio de Pedro I. En el jardín de las Flores queda una pequeña gruta del siglo XVI, donde puede verse un busto de Carlos I. Desde este se va al jardín de la Cruz, tras pasar la puerta de Hércules en lo que se confirma como un paseo mítico. Al lado, está el jardín del Príncipe, llamado así porque se comunica con el cuarto del Príncipe, donde vino al mundo el príncipe Juan, el segundo hijo de los Reyes Católicos. Ya no son los jardines, sus parterres y arboledas, sino las fachadas que los contemplan, por lo general con columnas y arcadas.
El jardín de Victoria Eugenia
Todos, como se ve, tienen su lugar privilegiado en la historia. El de las Damas, un rectángulo dividido en ocho partes por setos de mirtos, con una gran fuente monumental en el centro, se configuró en 1526 para la boda de Carlos I e Isabel de Portugal. Se comunica con la galería de Grutesco. El jardín Inglés fue creado por deseo de Victoria Eugenia de Battenberg, junto al jardín de la Alcoba, de estilo mudéjar y renacentista, donde se alza el pabellón de Carlos V. Aquí se hallaron restos arqueológicos romanos, visigodos y de tres casas almohades.
El jardín de los Poetas lo creó uno de ellos, Romero Murube.
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También el jardín del Marqués de la Vega-Inclán fue primero una huerta, la del Retiro. Se entra por la bellísima puerta gótica de Marchena, procedente de un palacio abandonado de los duques de Arcos en la localidad sevillana de su nombre. Curiosamente, Alfonso XIII la adquirió en una subasta de bienes de la Casa de Osuna. No podía faltar un jardín de los Poetas, aunque todos lo son. Este fue obra del entonces conservador de los Reales Alcázares, el poeta sevillano Joaquín Romero Murube, miembro de la generación del 27. El mismo que llamó a los cedros «catedral de los bosques», «con memorias de siglos», que «van clavando en el cielo una ansiedad de fuente», donde «el sol se posa en ellos con claridad dormida».












