Son puro siglo XIX. Un ambiente glamuroso a más no poder. El colmo del buen gusto. No están en el extrarradio, sino en el centro histórico, uniendo calles y barrios. Los pasajes comerciales sublimaban el mero hecho de comprar. Solo hay que ver la Galleria Vittorio Emanuele II de Milán para constatar hasta qué punto se alzan como catedrales laicas. A esta la tenemos en uno de los lados de la Piazza del Duomo, obra de Giuseppe Mengoni (1865-1877), a imagen y semejanza de la Burlington Arcade de Londres (1819), el prototipo de las galerías acristaladas. Conecta el Duomo y el teatro de La Scala, pero sus cuatro pisos con tiendas de alta costura, librerías y restaurantes invitan a quedarse.
Otro buen ejemplo de obra maestra al servicio del comercio es el Passage Pommeraye de Nantes, que hace de nexo entre el barrio cultural de Graslin y el barrio Commerce. Tiene tres niveles repletos de esculturas, filigranas, lámparas y espejos. Subir y bajar por sus escaleras, más allá de las tiendas, es todo un lujo. Si fuiste con la idea de comprar, es probable que se te olvide ante tal alarde de creatividad. Pero no hay que irse ni a Italia ni a Francia. En España tenemos ejemplos de lo artística que puede llegar a ser una galería comercial.
En Albacete se encuentra el Pasaje de Lodares, que nos lleva a imaginar lo esplendorosa que era la vida urbana a principios del siglo XX. En Valladolid, entre su inacabable catálogo monumental, sale a relucir el Pasaje Gutiérrez, tan del gusto decimonónico. Y en la ilustre Zaragoza, junto al Ebro, el Pasaje del Comercio y de la Industria, bautizado como el Pasaje del Ciclón por la histórica juguetería que albergaba. Los tres dan cuenta de la gran ambición estética de la época.
Pasaje de Lodares, en Albacete
La estética es modernista, de rico ornamento. Alumbrando una galería comercial y residencial del casco antiguo de Albacete. El Pasaje de Lodares, entre las calles Tinte y Mayor, hace las delicias de los fotógrafos y pone los dientes largos a los amantes de lo artístico. No extraña que haya sido proclamado una de las calles más bonitas de España, además de constituir, como puede imaginarse, un emblema de la ciudad, como el Gran Hotel, la Fábrica de Harinas Fontecha, hoy sede del Gobierno Regional, o la catedral de San Juan Bautista.
El Pasaje de Lodares tiene fama de ser la calle más bonita de España.
BERHO/PIXABAY
Lo diseñó Buenaventura Ferrando Castell a instancias del empresario Gabriel Lodares, con tres plantas coronadas por una cúpula de hierro y vidrio que deja colarse la luz por los 90 metros de su recorrido. Resaltando las columnas y pilastras que enmarcan los escaparates, las figuras alegóricas en forma de cariátides de inspiración clásica (la Industria, la Riqueza de la Tierra, las Artes Poéticas y las Artes Liberales), los balcones de hierro forjado y las sobresalientes molduras.
Una joya levantada entre 1925 y 1929 con guiños escultóricos al dios Mercurio, por ser el protector del comercio, y perfectamente integrada en el nuevo urbanismo de entonces. Sigue siendo centro comercial, con pequeñas tiendas y cafeterías. Presenta dos fachadas: la de la calle del Tinte, más apoteósica; la de la calle Mayor, más modesta.
Pasaje Gutiérrez, en Valladolid
Al igual que el de Lodares, el Pasaje Gutiérrez es una galería comercial y residencial cubierta que comunica dos calles, Fray Luis de León y Castelar, uniendo la catedral y la plaza Mayor. Está en Valladolid y se inauguró unos años antes, en 1886, para que la alta y media burguesía pudiera deleitarse con los productos llegados de la efervescente Europa. De nuevo, fue un empresario quien estuvo detrás de su construcción, el mismo que le dio nombre.
El Pasaje Gutiérrez de Valladolid dio alas a la burguesía de la época.
TKIRKGOZ/PEXELS
Gutiérrez le encargó el proyecto al arquitecto Jerónimo Ortiz de Urbina. Esta vez con solo dos alturas, unidas por una escalera aderezada con balaustrada y un zócalo de azulejos. El primer piso está abierto a los escaparates, separados por pilastras rematadas con capiteles de decoración vegetal, al capricho de aquellos años. El segundo piso quedó reservado a viviendas.
Las cubiertas están soportadas por una estructura de madera, excepto la de la rotonda central, hecha de hierro y teja de vidrio, que era lo más. Bajo esa cúpula, una escultura de Mercurio. Para colmo, pinturas de Salvador Seijas embellecen los techos con temas mitológicos y alegóricos, entre estucos y motivos vegetales. La entrada al pasaje es de rejería, con la inscripción del nombre y fecha de su nacimiento. Pasados los años de bonanza, dejó de funcionar y cayó en el olvido, hasta que fue restaurado a finales del siglo XX, reanudándose la actividad comercial.
Pasaje del Ciclón, en Zaragoza
El Pasaje del Comercio y de la Industria, que tomó el nombre de la antigua juguetería que animaba su interior, también se halla en el centro de la ciudad, haciendo gala de su arquitectura modernista, del art nouveau, el arte que trajo la renovación y tuvo su eclosión a finales del siglo XIX y principios del XX, inspirado en la naturaleza y con los materiales que había traído consigo la Revolución industrial. También este es galería comercial y edificio de viviendas, originario de los años 1882 y 1883, y firmado por el arquitecto zaragozano Fernando de Yarza.
El Pasaje del Ciclón de Zaragoza recuerda el glamour decimonónico.
AYUNTAMIENTO ZARAGOZA
¿Su propietario? Juan María Jordán de Urriés y Ruiz de Arana, marqués de Ayerbe, que quiso para la ciudad aragonesa el glamour que derrochaban las galerías que triunfaban en Europa. Un lugar para que la pequeña nobleza y la burguesía se paseasen para ver y ser vistos, como en el ciclo de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Funcionaba con reclamo la elegante decoración geométrica y floral, las columnas neoclásicas y los techos ornamentados.
Lo mismo que el Pasaje Gutiérrez, vivió años de abandono, limitándose a ser lugar de paso. Pero llegó la Expo de 2008 y lo cambió todo. Recuperó su espíritu de tesoro arquitectónico finisecular con aire clasicista y de centro comercial, dando cobijo a tiendas, bares y restaurantes. Son dos galerías que se cruzan en el centro, con cuatro entradas, desde la plaza del Pilar, la calle Santiago, la calle Alfonso I y la Delegación del Gobierno.












