Patricia Martín

Pocas artistas renunciarían tan rápido a una fórmula de éxito como lo ha hecho Charli XCX. Después de convertir Brat en uno de los discos más influyentes de los últimos años, un álbum que acabó desbordando lo musical para instalarse en la moda, el lenguaje y la cultura pop, lo lógico habría sido alargar ese universo todo lo posible. La tentación era evidente: convertir Brat en una marca y seguir alimentando una identidad que había trascendido el propio disco.

Pero su nuevo disco, Music, Fashion, Film, no se parece en nada a Brat, y menos mal. El propio título ya funciona como una declaración de intenciones: las tres industrias que han convertido a Charli en un icono cultural aparecen aquí casi como escenarios de una misma representación. La música, la moda y el cine no son únicamente referencias estéticas, sino espacios donde la identidad acaba convirtiéndose en un producto y donde resulta cada vez más difícil distinguir entre la persona y el personaje. Es un disco que habla del éxito y del precio que tiene sostenerlo.

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Una portada icónica

Lo primero que llama la atención —y que considero un acierto absoluto— es la portada. En lugar de posar ella, Charli cede todo el protagonismo a tres figuras cuya influencia ha marcado la cultura contemporánea desde disciplinas distintas: el músico John Cale, miembro fundador de The Velvet Underground y una de las grandes referencias del rock experimental; el diseñador Marc Jacobs, responsable de algunas de las colecciones más influyentes de las últimas décadas; y el cineasta Martin Scorsese, uno de los directores más importantes de la historia del cine. Representan tres maneras de entender la creación artística y, al mismo tiempo, los tres mundos que articulan el álbum: la música, la moda y el cine.

Es una decisión interesante porque rompe con la idea de la estrella pop como figura individual. En Music, Fashion, Film todo parece responder a una misma pregunta: ¿quién construye realmente una imagen pública? ¿La artista? ¿La industria? ¿La moda? ¿Internet? La portada funciona casi como una extensión del propio álbum, recordando que detrás de cualquier ícono siempre existe una red de personas, influencias y expectativas que también forman parte del relato.

Si hay algo que diferencia este trabajo del anterior, es la escritura. Charli sigue siendo irónica, mordaz y tremendamente consciente de sí misma, pero aquí desaparece buena parte del descaro casi performático que dominaba Brat. En su lugar aparecen canciones que hablan del cansancio de vivir permanentemente expuesta, de la presión por reinventarse y de la sensación de estar interpretando una versión de una misma que cada vez cuesta más sostener.

Canciones como No One Lasts Forever o I’m Afraid giran alrededor de esa idea: el miedo a desaparecer, a dejar de ser relevante y a comprobar que el éxito nunca es un lugar permanente. No hay victimismo, sino una aceptación bastante lúcida de que toda estrella del pop acaba teniendo que enfrentarse a su propia fecha de caducidad. En SS26, Charli utiliza el lenguaje de las colecciones de moda para hablar de la obsesión por estar siempre un paso por delante, mientras que Camera convierte el objetivo de una cámara en una metáfora de esa vigilancia constante que acompaña a cualquier figura pública.

Un sonido más contenido

Si las letras reflejan una artista mucho más introspectiva, la producción hace exactamente lo mismo. Quien espere otro álbum construido a base de sintetizadores abrasivos y estribillos inmediatos se encontrará con un trabajo mucho más contenido, donde las guitarras ganan protagonismo y la electrónica deja de buscar el impacto constante que definía Brat. No significa que Charli renuncie al hiperpop —sería imposible desligarla por completo de un sonido que ella misma ha ayudado a redefinir durante la última década—, pero sí que lo empuja hacia un lugar menos explosivo y mucho más orgánico.

Buena parte de ese cambio pasa por la producción de A. G. Cook, colaborador habitual de la artista, que vuelve a demostrar por qué sigue siendo una de las figuras más interesantes del pop contemporáneo. Aquí combina bases electrónicas con guitarras distorsionadas, baterías más secas y arreglos que remiten al indie rock de finales de los noventa y principios de los dos mil, sin perder esa sensación futurista que siempre ha acompañado a Charli. El resultado es un disco que exige varias escuchas: no busca el golpe inmediato, sino canciones que crecen poco a poco y revelan nuevos matices cada vez que vuelves a ellas.

En una industria obsesionada con las secuelas, Music, Fashion, Film demuestra que el gesto más valiente no siempre consiste en reinventarse, sino en resistir la tentación de repetirse. Charli XCX podría haber firmado Brat 2 y probablemente habría vuelto a llenar titulares. En cambio, entrega un disco que mira hacia otro sitio: menos preocupado por convertirse en el próximo fenómeno de internet y mucho más interesado en preguntarse qué queda de una artista cuando el ruido se apaga.

Puede que no tenga el impacto inmediato de Brat. Tampoco parece quererlo. Y precisamente por eso, Music, Fashion, Film confirma algo que Charli lleva años demostrando: las mejores artistas no son las que encuentran una fórmula de éxito, sino las que saben abandonarla antes de que deje de sorprender.

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