Este fin de semana he cumplido uno de mis sueños musicales: ver a Lily Allen en concierto. Soy fan desde hace muchos años y, cuando me enteré de que formaba parte del cartel del BBK Live, me compré la entrada al instante. Además he estado obsesionada con su último disco, West End Girl, desde que salió, quizá porque no se parecía en nada a lo que había hecho anteriormente.
En West End Girl Lily Allen cuenta, con todo lujo de detalles, la ruptura de su matrimonio con David Harbour. El disco funciona como una novela y te va contando toda la historia, introduciendo a las amantes de su marido, el momento en el que descubre la infidelidad, la espiral de pensamientos que desencadena esa revelación y la forma en la que todo ello termina afectando a su salud mental. Tiene todos los ingredientes de un gran cotilleo —personajes, traiciones, giros inesperados y conversaciones que desearías haber presenciado—, pero está escrito con tanta inteligencia y honestidad que acaba trascendiendo el morbo para convertirse en un retrato profundamente humano del duelo amoroso.
Precisamente por eso tenía tantas ganas de ver cómo trasladaba ese universo al directo. Sin embargo, antes incluso de llegar al festival ya había leído las críticas que estaba recibiendo la gira. Había quien la tachaba de fría por apenas dirigirse al público, quien se quejaba de que el concierto duraba poco más de una hora y, sobre todo, quien no entendía que hubiera decidido no cantar ninguno de los éxitos que la convirtieron en una de las artistas más importantes del pop británico de los 2000. Yo también iba con ganas de escuchar Smile, The Fear o Not Fair. Sería absurdo decir lo contrario. Pero también me intrigaba que una artista asumiera el riesgo de volver a los escenarios sin recurrir a la nostalgia. Después de verla, entendí por qué había tomado esa decisión.
Más que un concierto, una obra de teatro
Nada más empezar el concierto quedó claro que la propuesta de Lily Allen era comploetamente diferente a lo que estamos acostumbrados. Sobre el escenario no había una gran producción diseñada para impresionar, sino una habitación. Una cama, una mesa, una lámpara y ella moviéndose por ese espacio como si el público no existiera, como si nosotros fuéramos simples observadores de una escena profundamente íntima. Durante algo más de una hora interpretó West End Girl exactamente en el mismo orden en el que aparece en el disco. Apenas habló entre canción y canción y solo al final, cuando todo terminó, se acercó a saludar con una timidez que casi descolocaba después de una actuación tan emocional.
Estamos tan acostumbrados a que un concierto sea un intercambio constante entre el artista y el público que el silencio resulta extraño. Como todos los que estábamos allí, esperaba algún comentario, alguna broma, algún momento para romper la tensión. Pero cuanto más avanzaba el espectáculo, más entendía que cualquier interrupción habría roto la historia que estaba contando. No era una falta de cercanía. Era una decisión narrativa.
Mucha gente esperaba una celebración de la carrera de Lily Allen y ella, en cambio, ha decidido hacer algo mucho más incómodo: invitar al público a entrar durante una hora en uno de los momentos más dolorosos de su vida. No ha vuelto para recordar quién fue hace quince años, sino para explicar quién es ahora.
Puede parecer una decisión arriesgada, y seguramente lo sea. Habría sido mucho más fácil construir una gira basada en la nostalgia, regalar al público los éxitos de siempre y salir del escenario entre una ovación. Sin embargo, decidió confiar en un disco nuevo, profundamente personal, aun sabiendo que eso significaría decepcionar a parte de quienes habían comprado una entrada esperando otra cosa.
Una nueva forma de entender la música en directo
El show de Lily Allen cobraba mucho más sentido si lo compas con otros del propio festival. En especial me gustó la contraposición que hacía con el de Robbie Williams. Ya le había visto hacía dos semanas en el Icónica Fest en Sevilla, por lo que era la segunda vez que asistía al espectáculo. Me lo pasé igual de bien las dos veces. Sigue siendo uno de los mejores showman que existen y pocas personas saben manejar un escenario como él. Pero al verlo por segunda vez me di cuenta de algo que la primera había pasado completamente por alto: las bromas eran las mismas. También las pausas, las historias que contaba y hasta esos momentos que parecían completamente improvisados.
Entiendo que sería imposible levantar una gira de ese tamaño sin un guion perfectamente ensayado, pero me hizo pensar hasta qué punto hemos confundido la espontaneidad con la sensación de espontaneidad. Hoy muchos artistas buscan que sintamos que estamos viviendo una noche única, cuando en realidad ese mismo espectáculo viajará idéntico a la siguiente ciudad.Por eso el concierto de Lily Allen me resultó tan refrescante, porque no necesita fabricar un momento viral ni una conversación distinta con cada público. Simplemente defiende una idea y es fiel a ella de principio a fin.
Los conciertos nunca habían sido tan espectaculares como ahora. Hay pantallas gigantes, cambios de vestuario, invitados sorpresa y momentos diseñados para convertirse en el vídeo que todos compartiremos al día siguiente. Muchas veces salimos hablando del espectáculo antes que de las canciones. Hemos convertido la música en directo en una experiencia que tiene que sorprender constantemente para justificar el precio de la entrada.
No creo que haya nada malo en ello. Yo también disfruto de esos conciertos y seguiré emocionándome cuando todo un estadio cante ulos grandes éxitos de una banda de música. Pero precisamente por eso agradezco que todavía existan artistas que se atrevan a proponer algo distinto. Lily Allen me recordó que un concierto también puede ser un espacio para contar una historia, que un disco puede seguir siendo una obra completa y que, a veces, el gesto más valiente no consiste en hacer el espectáculo más grande, sino en resistirse a dar al público exactamente lo que espera.












