Con el verano llegan las vacaciones, los días sin prisa y el momento de ponernos al día con todas esas series que llevan meses acumulándose en la lista de pendientes. Cada temporada tiene sus series virales, y si tuviera que recomendar mi favorita de este año, sin duda sería Envidiosa. La serie argentina de Netflix, protagonizada por Griselda Siciliani, ha conquistado a miles de espectadores con una historia que, a primera vista, parece la de una comedia romántica más: una mujer que, tras una ruptura, intenta recomponer su vida mientras ve cómo todas sus amigas parecen avanzar hacia ese futuro que ella imaginaba para sí misma.
Pero basta ver un par de capítulos para darse cuenta de que la historia que cuenta Envidiosa va más allá. El verdadero corazón -y triunfo- de la serie está en su protagonista, Vicky, un personaje femenino poco habitual en televisión. Es contradictoria, insegura, impulsiva y toma decisiones que muchas veces la llevan a complicarse aún más la vida. Y precisamente por eso resulta tan fácil identificarse con ella.
En un momento en el que la ficción parece estar entendiendo que las protagonistas femeninas no necesitan ser impecables para sostener una historia, Envidiosa se ha convertido en uno de los mejores ejemplos de esa nueva forma de escribir mujeres: más complejas, más incómodas y, sobre todo, mucho más reales.
Personajes femeninos reales
Estamos acostumbradas a ver personajes femeninos perfectos, que además de ser interesantes tenían que caer bien. Si se equivocaban, el guion se encargaba de justificar sus decisiones. Si eran egoístas, acababan aprendiendo una lección. Y si atravesaban una crisis, esta terminaba convirtiéndose en una historia de superación.
Vicky no encaja dentro de esta protagonista perfecta, y por eso gusta tanto. Desde el primer capítulo deja claro que es una mujer llena de contradicciones. Quiere encontrar pareja, pero toma decisiones que complican aún más sus relaciones. Se alegra por los éxitos de sus amigas, pero no puede evitar compararse con ellas. Va a terapia, intenta cambiar, pero vuelve a caer en los mismos patrones. Hay momentos en los que tiene razón y otros en los que es ella misma quien provoca el desastre.
La serie tampoco intenta que el espectador la admire constantemente. Hay escenas en las que resulta entrañable y otras en las que puede desesperar. Y ahí está precisamente uno de sus mayores aciertos. Envidiosa entiende que un personaje femenino no tiene por qué convertirse en un referente para resultar interesante.
En los últimos años la ficción ha empezado a alejarse de las protagonistas que parecían tener siempre la respuesta correcta para dar paso a mujeres más complejas, con zonas grises y decisiones cuestionables. Vicky forma parte de esa generación de personajes que no están escritos para ser perfectos, sino creíbles. Y eso hace que, incluso cuando uno no comparte sus decisiones, sea fácil entender de dónde vienen.
Hablar de la envidia sin convertirla en un tabú
El propio título de la serie deja claro cuál es uno de sus grandes temas. Vicky siente envidia. Lo reconoce, la avergüenza y, aun así, no puede evitarlo. No es la envidia entendida como el deseo de que a los demás les vaya mal, sino esa sensación mucho más cotidiana que aparece cuando una amiga anuncia que se casa, otra tiene un hijo o parece que todo el mundo está construyendo la vida que uno imaginaba para sí mismo.
No es una emoción de la que se suela hablar demasiado. De hecho, admitirla suele generar cierta culpa, especialmente entre mujeres, a quienes durante años se les ha asociado con la idea de ser siempre comprensivas, generosas y felices por los logros ajenos. Como si reconocer que el éxito de otra persona puede hacerte cuestionar el tuyo fuera incompatible con quererla.
Envidiosa se aleja de esa visión tan simplista. Vicky quiere a sus amigas y celebra sus alegrías, pero también se pregunta por qué ellas parecen haber encontrado esa estabilidad que ella sigue buscando. La serie no convierte esa contradicción en un defecto de su personalidad, sino en el reflejo de una inseguridad que resulta bastante reconocible.
Al final, la envidia funciona casi como un síntoma. No habla tanto de los demás como de las expectativas que cada uno tiene sobre su propia vida. Y ahí es donde la serie acierta: utiliza una emoción de la que casi nadie presume para hablar de algo mucho más amplio, como la presión por cumplir ciertas expectativas, el miedo a quedarse atrás o la tendencia a medir nuestro éxito comparándolo con el de quienes tenemos alrededor.
Entender la terapia como un proceso
Más allá de las relaciones sentimentales, hay otro vínculo que sostiene buena parte de Envidiosa: el que Vicky mantiene con su terapeuta, Fernanda. En una serie en la que la protagonista pasa gran parte del tiempo dejándose llevar por la ansiedad, la impulsividad o la necesidad de controlar lo que ocurre a su alrededor, las sesiones de terapia funcionan como un contrapunto. Son el espacio en el que alguien le devuelve una mirada más objetiva sobre lo que está viviendo, incluso cuando ella no quiere escucharla.
Fernanda no aparece para darle respuestas ni para resolverle la vida. De hecho, buena parte de las conversaciones entre ambas consisten en desmontar las historias que Vicky se cuenta a sí misma: la idea de que necesita una pareja para ser feliz, de que siempre llega tarde o de que el éxito de los demás dice algo sobre su propio fracaso.
La serie también acierta al mostrar la terapia sin convertirla en una solución inmediata. Vicky entiende muchas cosas sobre sí misma, identifica patrones y trata de cambiar, pero eso no evita que vuelva a cometer los mismos errores una y otra vez. Porque saber por qué hacemos algo no significa dejar de hacerlo de un día para otro.
En ese sentido, Envidiosa se aleja de una idea bastante habitual en la ficción: la de que basta con empezar terapia para que todo encaje. Aquí el proceso es mucho más reconocible, con avances, retrocesos y recaídas. Es decir, muestra la realidad de lo que significa ir a trapia. Fernanda no está para transformar a Vicky en otra persona, sino para ayudarla a entenderse mejor. El cambio, cuando llega, lo hace poco a poco, igual que ocurre fuera de la pantalla.










