Sandra Hernández

PrObióticos con O, prEbióticos con E. La diferencia no es solo ortográfica. Irene Domínguez, responsable del departamento de Alimentación Saludable de Palasiet, lo explica de forma muy directa: «Los prObióticos, con O, hacen referencia a Organismo vivo: aportamos bacterias externas mediante alimentos fermentados. Los prEbióticos, con E, son la fibra, la comidita para que las bacterias beneficiosas que ya habitan en nuestro colon crezcan y se multipliquen». Uno siembra nuevas especies. El otro alimenta el terreno existente. Métodos distintos, puntos de partida distintos.

Entender esa diferencia importa más de lo que parece. Un error de estrategia puede sabotear cualquier tratamiento digestivo. «Consumir únicamente prObióticos sin aportar prEbióticos es el equivalente a plantar semillas en un suelo seco sin abono», señala Domínguez. Las bacterias mueren y el esfuerzo es en vano. Al revés, introducir fibra en una microbiota debilitada o con sobrecrecimiento bacteriano como el SIBO puede disparar una fermentación descontrolada que empeore los gases, el dolor y la inflamación. No son intercambiables. Cada uno tiene su momento y su función.

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Los alimentos fermentados llevan siglos en la dieta mediterránea. Yogur natural, kéfir, encurtidos, aceitunas en salmuera. A los que se pueden sumar el chucrut alemán o el kimchi coreano. Pero hay una trampa: «No todos los productos del supermercado conservan sus propiedades. Si tras su elaboración sufren un proceso de esterilización, todas las bacterias mueren y dejan de ser un prObiótico», advierte Domínguez. El famoso marketing de «pasteurizado después de la fermentación» en yogures que no necesitaban nevera es el ejemplo más claro. En ellos no vive ninguna bacteria. Es fundamental comprar fermentados de verdad.


Irene Domínguez, responsable del departamento de Alimentación Saludable de Palasiet.


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En cuanto a los prebióticos, no toda la fibra cuenta igual. «Para ser prebiótico, la ciencia exige que alimente selectivamente a las bacterias buenas», explica Domínguez. Cebolla, puerro, espárragos, avena, plátano. Son buenas elecciones. Incluirlos en la dieta diaria es la base para mantener el equilibrio y prevenir problemas digestivos. Pero cuando se busca solucionar una patología concreta, la cantidad y calidad que aporta la comida no siempre produce un efecto terapéutico real. Un tratamiento clínico requiere cepas específicas, seleccionadas para una dolencia concreta y protegidas para que lleguen vivas a su destino.

Cuándo suplementarse y cuándo no

Francisco Gómez, experto en nutrición y PNIE en Palasiet, es claro desde el principio: «Los probióticos no son vitaminas ni un seguro de salud que debamos tomar de forma permanente. Son herramientas terapéuticas útiles cuando existe una indicación concreta«. La evidencia científica respalda su uso en prevención de diarrea asociada a antibióticos, determinadas infecciones gastrointestinales, síndrome de intestino irritable y procesos donde la microbiota ha sufrido una alteración importante. Una persona sana con buenos hábitos probablemente obtenga más beneficios reforzando esos pilares que tomando un probiótico de forma indefinida.

El mercado ha convertido la microbiota en una tendencia comercial muy atractiva. «Se genera la sensación de que todo el mundo necesita suplementarse. Y la realidad es que no siempre necesitamos añadir bacterias: en muchas ocasiones necesitamos crear las condiciones adecuadas para que las que ya viven con nosotros puedan desarrollar correctamente sus funciones«, señala Gómez. Más bacterias no siempre es la respuesta. A veces el problema es el terreno.


Francisco Gómez, experto en nutrición y PNIE en Palasiet.


D.R.


Cómo elegir un probiótico que realmente funcione

El error más frecuente al comprar un probiótico es fijarse en el número de bacterias. Más millones no significa más eficacia. «En microbiota, la calidad de la evidencia científica es mucho más importante que la cantidad de UFC declaradas en la etiqueta», explica Gómez. La cepa concreta es lo que determina si un probiótico funciona o no. No basta con leer Lactobacillus o Bifidobacterium: hay que conocer la identificación completa. «En microbiota el apellido importa tanto como el nombre«, señala Gómez. Una cepa eficaz para la diarrea puede no tener ningún efecto sobre el intestino irritable.

La evidencia científica para el objetivo buscado es imprescindible. Y también la viabilidad: el probiótico debe llegar vivo al intestino. Eso exige valorar la estabilidad durante el almacenamiento, las condiciones de conservación y los recubrimientos gastrorresistentes que permitan superar la acidez del estómago. «Muchos suplementos del mercado aportan información incompleta sobre las cepas o basan toda su estrategia comercial en cifras muy elevadas de UFC sin evidencia clínica de calidad», advierte Gómez. La pregunta no debería ser cuántas bacterias contiene, sino qué cepa contiene y para qué ha demostrado utilidad.

Probióticos y prebióticos producen efectos reales en contextos concretos. La investigación ha demostrado beneficios sobre síntomas digestivos, función inmunitaria y producción de metabolitos beneficiosos. «Pero la popularidad de la microbiota ha avanzado mucho más rápido que la capacidad de la ciencia para comprender toda su complejidad», matiza Gómez. No existe una bacteria mágica capaz de resolver todos los problemas. Sí existen intervenciones bien diseñadas que pueden ayudar a que ese ecosistema recupere su equilibrio. Y eso, por ahora, es lo que la ciencia puede confirmar.

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