Sandra Hernández

El calor no solo incomoda: interfiere directamente en uno de los mecanismos más precisos del cuerpo, el descenso de temperatura que necesitamos para iniciar el sueño. El Dr. Francisco Mira, especialista en Neurocognición de ZEM Wellness Clinic Altea, lo explica así: «Al acercarse la noche, el organismo inicia un descenso progresivo de la temperatura corporal central. Este descenso facilita la transición hacia el sueño y favorece una mayor estabilidad del descanso nocturno«. Cuando la temperatura ambiental es elevada, ese proceso se bloquea y el cuerpo entra en un estado de activación fisiológica incompatible con un sueño profundo.

Para disipar calor, el cuerpo necesita vasodilatación periférica y sudoración. Cuando el ambiente es cálido, húmedo o está mal ventilado, esa pérdida de calor se dificulta. «El organismo tiene que hacer un esfuerzo mayor para regularse: aumenta la sudoración, puede incrementarse la frecuencia cardíaca y se mantiene un estado de activación fisiológica«, señala el Dr. Mira. El resultado es un sueño fragmentado, con más despertares nocturnos, menor eficiencia y la sensación de levantarse sin haber descansado. Este efecto es especialmente relevante en personas mayores, mujeres en menopausia, pacientes con enfermedades cardiovasculares o con tratamientos que alteran la regulación térmica.

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No existe una temperatura única válida para todos, pero muchas personas empiezan a notar peor descanso cuando la habitación supera los 24–25 ºC, especialmente si la humedad es alta o la ventilación insuficiente. «El umbral individual varía mucho. Depende de la edad, el sexo, la composición corporal, el estado hormonal, la presencia de sofocos y las enfermedades de base», explica el Dr. Mira. En términos generales, los consensos sitúan la temperatura ideal por debajo de los 21 ºC, aunque en verano el objetivo realista es evitar el sobrecalentamiento y reducir la humedad ambiental.

Entre los hábitos con más evidencia para facilitar el sueño en noches de calor, el Dr. Mira destaca la ducha tibia una o dos horas antes de acostarse. «No se trata de enfriar bruscamente el cuerpo, sino de favorecer su mecanismo natural de termorregulación», explica. La vasodilatación que provoca la ducha tibia facilita después la pérdida de calor corporal. También ayudan mantener la habitación ventilada, usar ropa ligera y transpirable, escoger sábanas frescas, evitar cenas copiosas o muy tardías y mantener una hidratación adecuada durante el día, sin beber grandes cantidades justo antes de acostarse.

Los errores más frecuentes que empeoran el insomnio de verano

Uno de los errores más comunes es poner el aire acondicionado demasiado bajo. «El problema no es el aire acondicionado en sí, sino usarlo de forma agresiva», señala el Dr. Mira. Una habitación muy fría, con corrientes directas, ruido o sequedad ambiental, puede provocar microdespertares y molestias respiratorias. Lo más recomendable es buscar una temperatura estable y fresca, evitando cambios bruscos. El alcohol es otro error habitual: puede inducir somnolencia inicial, pero fragmenta el sueño, altera la arquitectura del descanso y favorece los despertares nocturnos.


Dr. Francisco Mira, especialista en Neurocognición de ZEM Wellness Clinic Altea.


D.R.


Las siestas largas o tardías también pasan factura. «Si se prolongan demasiado o se realizan a última hora de la tarde, reducen la presión de sueño nocturna y retrasan la conciliación», advierte el Dr. Mira. Esto crea un círculo vicioso: se duerme mal por la noche, se duerme demasiado de día y la noche siguiente vuelve a ser difícil conciliar el sueño. Acostarse mucho antes para «recuperar», mirar pantallas en la cama o cambiar continuamente los horarios desorganiza el ritmo circadiano y condiciona al cerebro a asociar la cama con alerta en lugar de descanso.

Qué hacer si llevas semanas durmiendo mal

El protocolo que recomienda el Dr. Mira empieza por optimizar el entorno: habitación fresca, oscura, silenciosa y ventilada; ropa de cama ligera; cenas suaves y sin alcohol. El segundo paso es proteger el ritmo circadiano: mantener una hora de despertar estable, exponerse a luz natural por la mañana, reducir la luz intensa y las pantallas por la noche y limitar las siestas a unos veinte minutos antes de media tarde. El tercer paso es reducir la activación antes de dormir con una ducha tibia, respiración lenta, relajación muscular o una rutina breve y repetida que indique al cerebro que se acerca el momento de dormir.

Aunque el calor sea el desencadenante inicial del insomnio de verano, el problema puede cronificarse si aparecen ansiedad anticipatoria, miedo a no dormir u horarios irregulares. «En medicina del sueño hablamos de insomnio crónico cuando los síntomas se mantienen durante al menos tres meses y aparecen varias noches por semana, pero no hace falta esperar tanto para intervenir si la persona lleva semanas descansando mal«, advierte el Dr. Mira. La repercusión diurna, el cansancio persistente o la dificultad para concentrarse son señales de que es momento de actuar.

Si pese a esos hábitos el insomnio persiste, el Dr. Mira recomienda consultar con un profesional. «La terapia cognitivo-conductual para el insomnio, conocida como CBT-I, es el tratamiento de primera línea para el insomnio crónico«, explica. Su objetivo no es solo mejorar la higiene del sueño, sino corregir los mecanismos que mantienen el problema: horarios desorganizados, exceso de tiempo en cama, pensamientos anticipatorios y asociación negativa entre cama y vigilia. En muchos pacientes permite recuperar un patrón de sueño estable sin depender inicialmente de medicación.

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