Sandra Hernández

Las legumbres tienen un problema de imagen. Se las asocia a comida pesada, antigua, que hincha y que cuesta digerir. Y mientras tanto, siguen siendo uno de los alimentos más completos y protectores que existen. Salena Sainz, nutricionista de Naturae Nutrición, lo dice sin rodeos: «Pocos alimentos combinan proteína, fibra, saciedad, efecto protector cardiovascular, bajo coste y beneficio metabólico y digestivo al mismo tiempo». Y a partir de los 45, ese perfil nutricional se vuelve especialmente relevante.

A partir de los 45, el metabolismo empieza a cambiar: se pierde masa muscular más fácilmente, aumenta la resistencia a la insulina, empeora el tránsito intestinal y se incrementa el riesgo cardiovascular. Las legumbres responden a todos esos frentes a la vez. Aportan proteína vegetal de calidad, son ricas en fibra, mejoran la saciedad, ayudan a controlar la glucosa, alimentan la microbiota intestinal, reducen el colesterol LDL y aportan hierro, magnesio, folatos y potasio. «Son uno de los alimentos más interesantes en esta etapa porque reúnen varios beneficios al mismo tiempo«, señala Sainz.

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Hay además un efecto indirecto que Sainz valora especialmente: las legumbres desplazan otros alimentos. Cuando ocupan más espacio en el plato, los ultraprocesados ocupan menos. Mejoran la calidad global de la dieta sin necesidad de restricciones ni prohibiciones, simplemente porque sacian bien y durante más tiempo. Para mujeres que a partir de los 45 notan que el peso se gestiona de forma diferente, ese efecto de saciedad sostenida tiene un valor práctico muy concreto.

El motivo por el que a algunas personas les sientan mal tiene una explicación digestiva muy concreta. Las legumbres contienen fibra fermentable y compuestos llamados oligosacáridos que llegan prácticamente intactos al colon, donde son fermentados por las bacterias intestinales, lo que produce gases.

«Esto no significa que las legumbres sean malas, sino que la microbiota está trabajando», explica Sainz. El problema aparece cuando la microbiota está poco adaptada, se consumen grandes cantidades de golpe, hay disbiosis o la persona apenas consume fibra habitualmente. En muchos casos, la tolerancia mejora enormemente cuando el intestino se adapta de forma progresiva.

Cómo prepararlas para que sienten mejor

La preparación marca una diferencia enorme en la digestibilidad. Dejarlas en remojo entre 12 y 24 horas y cambiar el agua del remojo reduce parte de los compuestos fermentables responsables de la hinchazón. Cocinarlas lentamente hasta que queden muy tiernas, usar olla a presión y añadir especias como comino, laurel, hinojo o jengibre son otras estrategias que mejoran significativamente su tolerancia. Para quienes empiezan desde cero, las variedades más suaves como la lenteja roja o pelada, o los formatos triturados como el hummus o las cremas, son el punto de partida más accesible.

La introducción progresiva es la clave para quienes no las toleran bien. «No suele funcionar pasar de no comer legumbres nunca a tomar un plato grande tres veces por semana», advierte Sainz. Lo recomendable es empezar con pequeñas cantidades, introducirlas dos veces por semana, priorizar los formatos triturados al principio y aumentar poco a poco la cantidad. Mantener una buena hidratación y masticar despacio son dos gestos sencillos que también marcan la diferencia. Con el tiempo, la microbiota se adapta y muchas personas notan que dejan de producirles tanta hinchazón.

El intestino aprende

El intestino aprende. Esa es quizá la idea más importante que Sainz transmite a quienes creen que las legumbres no son para ellas. La microbiota intestinal se adapta a los alimentos que recibe con regularidad, y las bacterias que fermentan la fibra de las legumbres proliferan cuando hay legumbres disponibles. Una microbiota poco habituada a la fibra reacciona con más gases al principio, pero esa reacción disminuye a medida que la dieta cambia. La hinchazón inicial no es un veredicto definitivo.

El bajo coste es otro argumento que Sainz menciona y que raramente aparece en los artículos de nutrición. Las legumbres son uno de los alimentos más económicos del supermercado y también de los más nutritivos. En un contexto donde muchos productos etiquetados como saludables tienen precios elevados, las lentejas, los garbanzos o las alubias ofrecen un perfil nutricional excepcional a un coste mínimo. Que sigan siendo infravaloradas frente a productos ultraprocesados que se venden como modernos o prácticos dice más del marketing que de la nutrición.

Después de los 45, pocas decisiones alimentarias tienen tanto impacto por tan poco esfuerzo como incorporar legumbres con regularidad. No hace falta comerlas todos los días ni en grandes cantidades. Hace falta empezar, hacerlo de forma progresiva y prepararlas bien. El resto lo hace el tiempo y la microbiota.

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