Cansancio que no mejora con descanso, infecciones que se repiten más de lo normal, uñas que se rompen sin motivo aparente. Son síntomas que muchas personas atribuyen al estrés, al ritmo de vida o simplemente a la edad. María Valero, del equipo de endocrino y nutrición del Hospital Universitari Dexeus, pone el foco en otro factor que con frecuencia pasa desapercibido: el zinc bajo.
«El déficit leve o moderado de zinc puede cursar sin signos evidentes, pero con repercusiones funcionales relevantes», explica. Y eso lo convierte en uno de los déficits más difíciles de detectar a tiempo.
Para qué sirve el zinc y por qué es importante
El zinc no es un mineral secundario. Participa en procesos tan distintos como la defensa del sistema inmunitario, la reparación de tejidos, el equilibrio hormonal y el mantenimiento de la piel. «Es esencial para la función de linfocitos T y B, la actividad de células NK y la producción de citoquinas», señala Valero. También modula hormonas como la insulina, la testosterona y la hormona del crecimiento. Un mineral con tantas funciones acaba notándose cuando empieza a faltar.
Lo primero que se resiente cuando el zinc baja es el sistema inmunitario. Las defensas bajan, la respuesta inmune se desequilibra y el cuerpo pierde parte de su capacidad para combatir infecciones. Lo que suele notarse son infecciones recurrentes, especialmente respiratorias, y una respuesta inflamatoria que no funciona como debería. No es que el cuerpo esté enfermo: es que sus mecanismos de defensa están trabajando por debajo de su capacidad real.
La piel y el cabello son otro termómetro del zinc. La alopecia difusa, el retraso en la cicatrización de heridas y la fragilidad de uñas y cabello son manifestaciones frecuentes que raramente se asocian a un déficit nutricional. «La piel depende directamente del zinc para mantenerse íntegra», explica Valero. Cuando los niveles bajan, las heridas tardan más en cerrar y el cabello puede perder densidad de forma gradual y poco llamativa, lo que hace que muchas personas lo normalicen sin investigar la causa.
Los síntomas que más se pasan por alto
Hay un segundo grupo de síntomas que Valero llama manifestaciones subclínicas o inespecíficas, y son precisamente los que más se infradiagnostican. La disminución del rendimiento cognitivo, los cambios en el estado de ánimo como apatía o irritabilidad, la disminución de la libido o las alteraciones leves del apetito y la digestión son señales que el cuerpo manda pero que difícilmente se asocian a un déficit de zinc. «Desde un punto de vista clínico es difícil de diagnosticar porque estas manifestaciones tienen muy baja especificidad clínica», señala Valero.
Otro síntoma poco conocido es la alteración del gusto y el olfato. La hipogeusia, que es la reducción de la percepción del sabor, y la hiposmia, que es la disminución del olfato, son consecuencias directas del déficit de zinc que muchas personas experimentan sin relacionarlas con ninguna deficiencia nutricional. También puede aparecer dificultad en la recuperación muscular y sarcopenia leve, especialmente relevante en personas mayores o deportistas que no entienden por qué su cuerpo no responde como esperan.
Hay perfiles con mayor riesgo de presentar niveles bajos de zinc. Las personas mayores, por menor ingesta y absorción; los vegetarianos y veganos, porque las fuentes vegetales de zinc tienen menor biodisponibilidad debido a su contenido en fitatos; los pacientes con enfermedades gastrointestinales como Crohn o celiaquía; las mujeres embarazadas o en lactancia, con requerimientos aumentados; y quienes tienen antecedentes de alcoholismo crónico o cirugías bariátricas. En todos estos casos, el déficit puede instalarse de forma silenciosa durante meses.
Las mejores fuentes de zinc son principalmente de origen animal. Los mariscos encabezan la lista, especialmente las ostras, con valores excepcionalmente altos. Las carnes rojas, el hígado, el cangrejo y la langosta también son fuentes muy concentradas. Entre las opciones vegetales destacan las semillas de calabaza, el sésamo, los anacardos o la cúrcuma, aunque su biodisponibilidad es menor. «La diferencia en absorción entre fuentes animales y vegetales es relevante, especialmente en personas que no consumen proteína animal», explica Valero.
El zinc bajo no siempre se ve en una analítica convencional, y sus síntomas raramente apuntan a él de forma directa. Por eso Valero insiste en que muchas de sus consecuencias se infradiagnostican: el cuerpo funciona, pero por debajo de su potencial real. Fatiga, infecciones frecuentes, cambios de humor, piel que no cicatriza bien. Síntomas dispersos que, juntos, pueden tener una causa común y una solución concreta.












