Sandra Hernández

Tumbada boca abajo, brazos cruzados, frente apoyada sobre ellos y respirando despacio. Eso es todo. La postura del cocodrilo, conocida en yoga como Makarasana, es uno de esos gestos que parecen insignificantes y que sin embargo cambian completamente el estado interno. Para Ale Llosa, creadora del Método KO y los KO Urban Detox Center, es una de sus favoritas: «Simple pero poderosa, personalmente la amo», dice. Y cuando se entiende lo que hace en el cuerpo, es fácil entender por qué.

A nivel biomecánico, la postura descarga la presión en las lumbares, permite que la pelvis se coloque mejor y relaja los músculos paravertebrales, que son los que acumulan buena parte de la tensión del día. Pero lo más valioso no está en la espalda, sino en la respiración. «Activa la respiración diafragmática real, que es transformadora y calmante«, explica Llosa. La zona abdominal se expande, la oxigenación mejora y el cuerpo empieza a soltar lo que lleva horas sosteniendo.

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La conexión entre respiración y sistema nervioso es directa. «Cuando respiras bien, tu cuerpo deja de defenderse y el sistema nervioso lo agradece», señala Llosa. La postura del cocodrilo activa el sistema parasimpático, lo que baja la activación del sistema y lo lleva a un estado de recuperación. No es una metáfora: es fisiología. Y es exactamente lo que el cuerpo necesita antes de intentar dormir.

En KO lo describen de una forma que lo resume bien: «Es una postura que enseña al cuerpo a dejar de sostener tensión», dice Llosa. Esa capacidad de soltar, de dejar de estar en modo alerta, es lo que la hace tan efectiva antes de dormir. Tranquiliza la mente, suelta la tensión acumulada durante el día y prepara el cuerpo para un descanso profundo. No es un ritual sofisticado ni requiere preparación especial. Solo unos minutos de presencia real.

Los casos en los que esta postura resulta especialmente útil son variados. Dolor lumbar leve o por tensión, estrés acumulado, ansiedad, insomnio y, sobre todo, personas que viven en modo alerta constante y no pueden parar. «Es una puerta de entrada para volver a ti», dice Llosa. Para quien tiene la mente acelerada al final del día, el cocodrilo ofrece una forma de bajar revoluciones sin esfuerzo, solo dejándose caer en la postura.

Cómo hacerlo bien

La ejecución correcta empieza por la posición: boca abajo, piernas ligeramente abiertas, brazos cruzados y frente apoyada sobre ellos. Lo siguiente es relajar glúteos y abdomen, que es donde la mayoría tensa sin darse cuenta. Y después, respirar lento y profundo. «En toda postura no debe haber tirón: hay que entrar respirando, calmando, con consciencia. El secreto siempre es habitar la postura«, explica Llosa.

Los errores más frecuentes son tres: tensar los glúteos, forzar la espalda y respirar de forma superficial. Los tres tienen el mismo efecto: anulan lo que la postura busca conseguir. Si hay tensión en el cuerpo, el sistema nervioso no recibe la señal de calma que necesita. «Debe sentirse armónico», insiste Llosa. No incómodo, no forzado. Si algo molesta, es una señal para ajustar, no para aguantar.

La postura del cocodrilo puede practicarse en cualquier momento del día, pero su momento más valioso es antes de dormir. Combinada con otros gestos sencillos —una ducha caliente, una infusión, una cena ligera unas dos horas antes de acostarse— puede cambiar completamente la calidad del descanso. «Dormir mejor empieza en cómo regulas tu cuerpo antes de ir a dormir», recuerda Llosa. El sueño no empieza cuando se apaga la luz, sino mucho antes.

Boca abajo, respirando despacio, dejando que la espalda se afloje y la mente se aquiete. Cinco minutos que el cuerpo agradece de una forma que pocas cosas consiguen. La postura del cocodrilo no promete milagros ni soluciones rápidas. Promete algo más valioso: recordarle al cuerpo que puede soltar.

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