
viernes 01 de mayo de 2026
El desprecio (Le Mépris, 1963) indaga tanto en las relaciones personales como en el propio lenguaje del cine. A través de una estética moderna y una puesta en escena de impronta teatral, la película construye un retrato íntimo donde lo emocional y lo cinematográfico se reflejan constantemente.
La historia sigue a Paul (Michel Piccoli), un guionista contratado para reescribir una adaptación de La Odisea, dirigida por Fritz Lang. Junto a su esposa Camille (Brigitte Bardot), viaja a Italia para trabajar en la producción. Sin embargo, la presencia de Jerry (Jack Palance), el productor norteamericano, introduce una tensión creciente: su interés por Camille desestabiliza el vínculo de la pareja, exponiendo fisuras que se profundizan a lo largo del relato.
Jean-Luc Godard articula la narración a partir de una constante referencia al cine dentro del cine. La producción de La Odisea no es solo un telón de fondo, sino un dispositivo que permite explorar conflictos más amplios: la tensión entre arte e industria, la relación entre director y productor, y las diferencias culturales que atraviesan el rodaje. En paralelo, el vínculo entre Paul y Camille se convierte en el eje emocional que organiza el ritmo de la película y da sentido a la presencia de los demás personajes.
El film establece un diálogo entre la historia mítica y la contemporánea. La odisea de Ulises encuentra un eco en la deriva afectiva de la pareja, generando una resonancia simbólica que amplifica el drama. A esto se suma una dimensión teatral en la puesta en escena, donde los cuerpos, los silencios y los espacios adquieren un peso expresivo fundamental.
En términos formales, El desprecio sigue un estilo visual riguroso: largos planos secuencia siguen a los personajes en sus desplazamientos, mientras que el uso del primer plano intensifica la carga emocional a través de miradas y gestos. Los espacios —tanto interiores como exteriores— no funcionan solo como escenarios, sino como verdaderos protagonistas que condicionan y reflejan los estados anímicos. La música, por su parte, subraya el tono melancólico y trágico del relato.
El montaje, de impronta personal, refuerza la idea de un cine que se piensa a sí mismo, consolidando una estructura donde forma y contenido se entrelazan de manera inseparable.
El desprecio examina la descomposición de una relación amorosa al mismo tiempo que reflexiona sobre el cine como arte y como industria. Godard logra así un film donde la intimidad de los personajes y los mecanismos de la creación cinematográfica convergen en un retrato tan lúcido como devastador.








