Ana Calvo


Ana Calvo


Decoración, interiorismo, arquitectura y pintura son cuatro caras de una misma realidad: el arte. No se puede concebir una sin la influencia de las otras. Porque entender los interiores que reflejan los grandes pintores en sus obras no es solo un ejercicio estético, es comprender el origen y la inspiración de muchas de las tendencias decorativas actuales.

Así que con la excusa de la exposición «El ojo que escucha» sobre Vilhelm Hammershøi que acoge el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid hasta finales del mes de mayo, vamos a intentar mirar nuestra casa con los ojos con los que lo haría el «maestro del silencio» y, también, una de las figuras que más influyó en su obra, Johannes Vermeer.

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Las claves deco en los interiores de Hammershøi

Enigmático, melancólico y con una producción artística caracterizada por una atmósfera de quietud general, la obra de Vilhelm Hammershøi transcurre, casi siempre, en el mismo lugar: su apartamento la calle Strandgade, 30, de Copenhague. Habitaciones casi vacías, puertas alineadas, paredes desnudas… Los espacios son radicales en su aparente simplicidad, no hay acumulación ni intención decorativa evidente. Todo se reduce a la arquitectura, a la proporción, al ritmo y a la perspectiva.


Open doors (1905).


Museo Thyssen-Bornemisza.


La paleta cromática que usa Hammershøi es una de sus señas de identidad. Contenida en una escala de grises, blancos rotos y beiges, los colores no buscan destacar, sino desaparecer. Sin embargo, el espacio que retrata estos cuadros no es frío, es profundamente atmosférico, y eso es gracias al magistral uso intimista que el danés hace de la luz, siempre natural y difusa, que no ilumina objetos, sino que construye silencio. De hecho, el propio artista lo relataba así: «Lo que me lleva a escoger un motivo son, en gran medida, las líneas que contiene, lo que llamaría la actitud arquitectónica de la imagen. Y luego la luz, claro».


Sunshine in the Drawing Room III


Museo Thyssen-Bornemisza


Esta aparente simplicidad, este despojo de ornamento sin motivo, esa paleta contenida y ese uso impecable de la luz son clave en el interiorismo contemporáneo, que apuesta por no añadir sin conciencia, sino saber qué eliminar. Así, podríamos decir que hace ya más de cien años, Hammershøi convertía los interiores un estado mental del que nacen muchas estéticas actuales como el minimalismo cálido nórdico, el Japandi o el tan en boga lujo silencioso.


Estilo Japandi actual.


PEXELS


El interiorismo en la obra de Vermeer

Ahora bien, para entender de dónde viene esta mirada de Hammershøi y trasladarla a las tendencias deco actuales, hay que viajar hasta la Edad de Oro del Barroco holandés y encontrarse con Johannes Vermeer que, como Hopper, fue uno de los grandes referentes artísticos del maestro del silencio.


Officer and laughing girl, Vermeer.


Vermeer trabaja exactamente el mismo escenario que Hammershøi, el interior doméstico, pero el holandés lo hace desde una sofisticación extraordinaria en términos de interiorismo. Su manera de tratar la luz y el color, su interés por la representación del espacio interior, por la geometría de la composición y por la representación de las texturas de los materiales hace que, aunque a primera vista parezcan opuestos, en realidad uno bebe del otro y lo reinterpreta.


El arte de la pintura, Vermeer.


Estos espacios interiores en las pinturas de Vermeer no son casuales, sino que están cuidadosamente compuestos como si fueran proyectos decorativos completos con una estructura muy clara: pared neutra, ventana lateral, la misma que retrata Hammershøi en algunas de sus obras más famosas, mesa en primer plano, figuras contenidas.


Mujer escribiendo una carta, Vermeer.


A partir de ahí, Vermeer construye capas con textiles rotundos, alfombras orientales sobre las mesas, cortinas que enmarcan la escena, cuadros dentro del cuadro o mapas como elementos decorativos y culturales. De este modo, introduce la idea de que el interior no solo se habita, también se representa.


Carta de amor, Vermeer.


Además, la paleta cromática de Vermeer no es decorativa en sentido superficial, es estratégica. Los azules profundos, los amarillos cálidos y los blancos luminosos organizan el espacio, generan jerarquías visuales y guían la mirada. Y después está la luz, siempre lateral y meticulósamente medida. Una luz que no solo ilumina, sino que revela materiales como el brillo de una mesa, la textura de una jarra, la rugosidad de una pared o la densidad de un tejido.


La lechera, Vermeer.


En la obra de Vermeer nada está colocado al azar: cada objeto tiene peso visual, cada material responde a la luz y cada elemento está ahí por algo. Y aquí es donde llegamos a la actualidad, ya que en términos contemporáneos, lo que hacía el holandés en el siglo XVII es lo que hoy conocemos como interiorismo sensorial y anticipa conceptos clave como la «casa curada», el estilismo consciente o el equilibrio entre función y estética que defendía, por ejemplo, Le Corbusier en la Bauhaus.


Espacio inspirado en el movimiento de la Bauhaus de Le Corbusier.


Hammershøi toma esa estructura impecable de Vermeer (la luz lateral, la composición rigurosa y el interior como universo íntimo) y la depura hasta el extremo: elimina el exceso, reduce el color, vacía el espacio y deja que la arquitectura respire utilizando la luz para crear atmósfera. Así que si observamos las tendencias contemporáneas nos damos cuenta de que todas están, de algún modo, dialogando entre estos dos mundos, entre la calma radical de Hammershøi y la riqueza silenciosa de Vermeer.

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