
sábado 04 de abril de 2026
En el cine contemporáneo, el punto de vista lo es todo. La subjetividad desde donde se cuenta la historia abre un abanico de posibilidades y refresca el tradicional relato de supervivencia de 40 Acres (2024).
Los Freeman son los últimos descendientes de granjeros afroamericanos que se establecieron en las zonas rurales de Canadá en 1875, tras la Primera Guerra Civil. Después de la debacle, esta familia sobrevive como puede a los ataques de foráneos que intentan saquear sus escasas pertenencias. Mientras permanezcan unidos bajo el mando de la matriarca Hailey (Danielle Deadwyler), la seguridad parece estar garantizada. Pero Manny (Kataem O’Connor), su hijo adolescente, conoce a una chica (Milcania Diaz-Rojas) y pone en crisis los rígidos parámetros que la familia había establecido para mantener el peligro afuera.
Con inteligencia, la película va contando su historia a través de los distintos personajes. Después de una truculenta escena de acción, en la que la familia demuestra no tener piedad con los extraños que invaden su territorio, asesinándolos a sangre fría, empezamos a ver el punto de vista de cada uno. Primero el de la madre y su lucha desesperada por mantener unida a la familia: la líder, la leona valiente y aguerrida que será implacable con sus vecinos. Luego será el turno de Manny, su hijo adolescente y mano derecha que, por su edad, siente curiosidad por el mundo exterior y comienza a desconfiar de la veracidad de los peligros externos. Después llegará el turno de la chica que Manny conoce en las afueras del rancho y que romperá, como en un buen melodrama, la armonía familiar.
Esta estructura narrativa reelabora por retazos una trama bastante convencional, dándole realismo, peligros inminentes desde el siempre desconocido mundo exterior y un par de vueltas de tuerca que mantienen la tensión siempre en vilo.
El escritor y director canadiense RT Thorne refresca el relato de supervivencia post-apocalíptico y lo transforma en una historia sobre los sobrevivientes de los márgenes de la historia. No por nada los “buenos” son descendientes de afroamericanos o de pueblos nativos, mientras que los peligrosos vecinos son blancos, manipuladores y violentos bajo un discurso del bien. Vale remarcar que este discurso ideológico se filtra en la trama —y no al revés— funcionando como un subtexto para quien quiera verlo, sin subrayados.
Con un presupuesto de apenas ocho millones de dólares, la película logra capturar la atención con un pulso narrativo envolvente y arrollador.








