La pintura del futuro podría ser sencillamente un documental sobre un artista plástico, pero no lo es; entre relatos de apariciones, cuadros cargados de símbolos y una vida marcada por el aislamiento y la incomprensión, la película dirigida por Alejandro Maly se adentra en el universo íntimo y desconcertante del pintor Edgardo Marranti. El film tendrá su estreno el 31 de mayo en el Cine Gaumont.

Marranti pinta desde finales de la década del 70 y acumula miles de obras realizadas, en su mayoría, de manera autodidacta. Él mismo afirma que nunca aprendió técnicamente a pintar y que todo surgió a partir de una experiencia transformadora vinculada a presencias que irrumpieron en su vida cotidiana. En ese marco espiritual, esos “seres” comenzaron a manifestarse cuando Marranti atravesaba una etapa personal compleja y terminaron convirtiéndose en una especie de guía. “Ellos son mi familia”, sostiene en uno de los momentos más impactantes de la película.

Lejos de buscar una explicación racional o convertir al protagonista en un personaje extravagante, La pintura del futuro elige observar y acompañar. La cámara escucha a Marranti sin juzgarlo, reconstruyendo tanto sus experiencias como el impacto que tuvieron en su entorno familiar y social. El documental muestra cómo el artista convivió durante años con el rechazo de quienes lo consideraban extraño, mientras él seguía desarrollando una obra que define como “anidimensional”, es decir, perteneciente a un espacio que está “en un lugar y en todos a la vez”.

La fascinación por esa historia fue justamente lo que llevó a Alejandro Maly, su director, a convertirla en una película. “Ovnis, mensajes, cuadros abstractos, locura, espiritualidad y otras dimensiones. Un combo que me seducía muchísimo para llevarlo al cine”, aseguró Maly. Para él, el gran desafío no consistía solamente en registrar la vida del pintor, sino en encontrar la manera de traducir ese universo simbólico al lenguaje audiovisual.

En un constante interrogante dentro de la creencia humana, su protagonista deja en claro que ya no necesita convencer a nadie sobre la veracidad de lo que vive. “Si no me creen, no importa”, afirma Marranti frente a cámara. Según cuenta Maly, esa tranquilidad fue clave para construir la relación entre ambos durante el rodaje. “Él ya atravesó completamente la etapa del ‘qué dirán’. Está seguro de lo que hace y de su misión”, explicó el realizador.

A pesar de ser uno de los principales puntos del filme, el documental evita pensar la obra desde el lugar tradicional del arte contemporáneo o del mercado cultural. Los cuadros no se exhiben en galerías ni fueron creados con una lógica comercial. De hecho, el propio pintor rechaza la idea de asumirse como artista en el sentido clásico. En la película se define más bien como un “copista”, alguien que reproduce imágenes que le son transmitidas desde otra dimensión y que no le pertenecen completamente.

La propuesta visual del documental también estuvo atravesada por desafíos particulares. Muchos de los cuadros de Marranti son verticales, mientras que el cine trabaja históricamente con encuadres horizontales. Esa diferencia llevó a Maly a considerar, durante un tiempo, la posibilidad de filmar la película en formato vertical. “Quería mostrar los cuadros completos y eso me obligaba a pensar cómo recorrerlos”, explicó. Finalmente, decidió conservar el formato cinematográfico tradicional y utilizar movimientos de cámara para desplazarse dentro de las pinturas, una decisión que terminó aportándole una sensación hipnótica al recorrido visual del film.

La producción se realizó además con un equipo mínimo y bajo una lógica casi artesanal. El rodaje contó con apenas cuatro personas y gran parte del trabajo técnico fue realizado por el propio director junto a Sebastián Betz, colaborador cercano y productor del proyecto. “Éramos los que entrábamos en un auto”, recordó Maly. Esa estructura reducida fue el escenario ideal para lograr la intimidad necesaria con el protagonista. “La idea era evitar una presencia invasiva dentro de la vida cotidiana de Marranti y permitir que las conversaciones surgieran de manera natural”, explicó el director.

Lejos de ofrecer respuestas definitivas, el filme no confirma ni niega las experiencias sobrenaturales de su protagonista, solo propone abrir la posibilidad de mirar aquello que normalmente queda por fuera de lo racional. Más allá de las creencias de cada espectador, y lidiando entre el descreimiento y el asombro, la película funciona como puente entre el mundo que transita un artista nacional.